SANTUARIOS EN CHILE

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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La evangelización de la población que habitaba el actual territorio de Chile, como en toda América, se apoyó decididamente en el uso de las imágenes, tanto para explicar mejor la doctrina como para fomentar la piedad religiosa. Uno de los resultados de este proceso fue el surgimiento, a lo largo de los siglos, de manifestaciones espontáneas de devoción respecto de algunas imágenes que, por razones muy diversas, alcanzaron una especialísima consideración a los ojos de la comunidad. En torno a estas manifestaciones surge, ya desde tiempos coloniales, una verdadera geografía de santuarios que jalona el territorio con su presencia física y marca el calendario con sus fiestas y peregrinaciones.

Entre los siglos XVI y XVIII se consolida el prestigio de algunas imágenes, la mayoría de las veces por la constatación de un hecho excepcional asociado a ella. La imagen de la Candelaria de Copiapó es encontrada en 1780 por Mariano Caro en unas murallas de piedra, cerca del salar de Maricunga. En Livílcar Nuestra Señora toma la forma de una paloma blanca que se posa sobre una peña, en el lugar de la aparición se talla una imagen y se construye una iglesia. El santuario de la Tirana fue construido en el lugar donde, durante el siglo XVI, el portugués Vasco Almeida bautizó a la Ñusta Huillac, siendo asesinados por los incas al terminar el sacramento. En Ayquina una hermosa señora entrega hierbas curativas que permiten sanar milagrosamente a una mujer muy enferma. En Yumbel es encontrada la imagen de san Sebastián que los vecinos de Chillán habían escondido durante los levantamientos indígenas de 1553; el hallazgo es considerado como una señal de que el santo quiere ser venerado en ese lugar. En Andacollo un indio viejo que trabajaba en minas escucha en sueños a una señora que le promete encontrar un tesoro mayor que el oro y la plata, siguiendo las indicaciones de la visión se dirigió a un alto promontorio donde encontró una imagen de la Virgen del Rosario. El aprecio por lo maravilloso o, expresado de otra manera, la sensibilidad para leer en hechos sencillos la mano de la providencia, sirvió, durante los siglos coloniales, para impulsar centros de devoción que por su arraigo popular terminarían constituyéndose en santuarios que mantienen su vitalidad hasta el día de hoy.

Un caso excepcional y que pareciera inaugurar un nuevo período en la formación de santuarios es el del Nazareno de Caguach. No se trata en este caso de un centro devocional surgido a partir de la iniciativa de los fieles, sino de una decisión pastoral muy bien pensada. La escultura fue encargada por el franciscano fray Hilario Martínez, entre muchas otras obras artísticas, con el objeto de dotar de imágenes las capillas que los jesuitas habían levantado en el archipiélago de Chiloé. Es evidente en este caso la voluntad de forjar un foco devocional que irradie vida religiosa, como efectivamente lo ha hecho el santuario de Caguach desde finales del siglo XVIII. Fray Hilario Martínez habría ubicado la emblemática imagen en un punto en el que podían confluir, por vía marítima, los habitantes de diversas comunidades, portando con ellos las imágenes tutelares que el mismo franciscano les habría entregado.

Durante el siglo XIX surgen algunos centros de devoción importantes, algunos de ellos se originan a partir de algún hecho excepcional, como en las centurias anteriores; es el caso de la imagen de la Purísima de las cuarenta horas de Limache, cuya imagen fue encontrada flotando en el mar, o el origen de la devoción al Niño Dios en Sotaquí, escultura que fue descubierta por unos niños que se pusieron a jugar con ella. Sin embargo, la mayoría de los santuarios de origen decimonónico se explican por la necesidad de promover una devoción o de cumplir una promesa.

En este último sentido, el ejemplo más relevante es el del Santuario de Nuestra Señora del Carmen de Maipú, íntimamente entroncado con la historia del Chile independiente; el año 1817, en las vísperas de la batalla de Chacabuco, el general Bernardo O’Higgins puso al ejército libertado bajo el patrocinio de la Virgen del Carmen. Algunos meses después el pueblo de Santiago se agolpó en la Catedral para orar por el triunfo de las armas chilenas, comprometiéndose a levantar un templo en el lugar donde las armas chilenas vencieran a las fuerzas realistas. El santuario de la población de Lo Vásquez (Comuna de Casablanca), en honor a la Inmaculada Concepción, tiene su origen en la iniciativa de un vecino del lugar que levantó una ermita en las inmediaciones de su casa para incentivar la devoción de los que pasaban por el lugar. A fines del siglo XIX, con el objeto de promover la devoción a las apariciones de la Virgen en Lourdes, se construyó una iglesia en Santiago que posteriormente, en razón del arraigo popular, fue designada como santuario. Ya en el siglo XX, el 8 de diciembre de 1908, se inauguró, en la cumbre del cerro san Cristóbal, la imagen monumental de la Inmaculada, escultura en torno a la cual se articularía un dinámico y emblemático santuario.

La mayoría de los santuarios que tienen su origen en el período colonial o en el siglo XIX están dedicados a alguna advocación de la Virgen María, algunos de ellos, como Caguach y Sotaquí, promueven el culto al Cristo de la pasión o al Cristo niño, siendo una excepción el santuario de Yumbel dedicado a promover la devoción a san Sebastián. En las últimas décadas del siglo XX esta situación va a sufrir un cambio significativo de la mano de la beatificación de los primeros chilenos. Se han organizado santuarios que promueven su culto, presentándolos como modelos de verdadera intimidad con Cristo. En 1988 abrió sus puertas el santuario de Auco, dedicado a Santa Teresa de los Andes, carmelita beatificada en 1987 y canonizada en 1993. Unos años más tarde, en 1995, se inauguró el santuario de san Alberto Hurtado, jesuita beatificado en 1994 y canonizado el año 2005. Posteriormente, el año 2000, se levantó un santuario en honor a la beata Laura Vicuña, beatificada en 1988.

La devoción a los santos tiene otros dos ejemplos en los santuarios dedicados a san Pio de Pietrelcina y san Expedito, erigidos en Talca y Reñaca, respectivamente. Se puede afirmar que la creación de estos santuarios ha promovido una dimensión nueva en la espiritualidad de los chilenos, la conciencia de que la santidad, la identificación con Cristo no es algo lejano, se trata, en el caso de los santos y la beata chilena, de personas que vivieron en el siglo XX, cuyo recuerdo aún está presente en algunos fieles.

BIBLIOGRAFÍA

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FERNANDO GUZMÁN