SINALOA; LAS MISIONES JESUITAS

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Se encontraba en Zacatecas el Padre jesuita Gonzalo Tapia, cuando recibió por escrito la orden del Padre Provincial de presentarse ante el Gobernador de la Nueva Vizcaya junto con el también jesuita Padre Martín Pérez. En 1591 ambos llegaron a la ciudad de Guadiana; fueron bien recibidos por el Gobernador el cual les informo sobre los nuevos planes que tenía destinado para ellos. Para este momento ya había cambiado de parecer, pues su primer proyecto había sido mandarlos a realizar la misión con los Tepehuanes, pero consideró que era mejor que ayudaran en la conversión de los gentiles de la Provincia de Sinaloa.

Los Padres Jesuitas permanecieron unos meses en la capital de la Nueva Vizcaya, y a mediados de mayo de 1591 partieron rumbo a la Provincia Felipe y Santiago de Sinaloa. El día 6 de julio de 1591, llegaron a su destino. Fueron recibidos por los 5 sobrevivientes españoles que se encontraban en el lugar, y tomaron posesión de sus jacales, que serían su casa e Iglesia.[1]

Primer contacto con los gentiles Sinaloenses.

En una carta de relación en el año de 1592 dirigida al Padre General de la Compañía, el Padre Tapia describe cómo fue su primer encuentro con los naturales de la región. La gente andaba casi completamente desnuda, las mujeres un poco más cubiertas tapaban las partes más íntimas, vivían en las riberas de los ríos. En su forma de gobierno no tenían príncipes ni reconocían algún superior, tenían una gran variedad de lenguas. Contaban con agricultura pero era de temporal, cosechaban el maíz dos veces al año.

En tiempo de guerra contaban con una forma especial de organización: por elección escogían a su capitán, para que los mantuviera unidos y dirigiera la batalla contra el enemigo. Era obedecido en todo, pero pasada la guerra todo volvía a la normalidad, volvían a ser iguales en cuanto a derechos.

En cuanto a su religión no tenían ídolos; existía para ellos un Dios que era el hacedor de todo, pero que no se metía con ellos. Vivía lejos atrás de las montañas, no le rendían ningún culto. Después de la muerte para ellos solo existía la miseria, no había felicidad más allá de la vida; en su personalidad eran vivos y curiosos y le gustaba mucho platicar; eran capaces para aprender rápido.[2]

Apenas llegados, los Padres se informaron sobre los pueblos y naciones que estaban a lo largo del Río Petatlán hasta su desembocadura. Después de darse una idea de la realidad, se distribuyeron el trabajo. El Padre Martín Pérez trabajaría con los pueblos de Cubirí, Bamoa y los pequeños que se encontraban en los alrededores de estos. El Padre Gonzalo Tapia trabajaría con los pueblos río arriba, en los pueblos llamados Baboria, Deboropa, Lopoche, Matapan y Pueblos de Ocoroni.

Le tuvieron que dedicar mucho tiempo al estudio de las lenguas. Debido a que eran demasiadas, escogieron solamente las principales. Apoyados por los españoles que ya tenían tiempo en este lugar y conocían bien las lenguas, iniciaron a escribir algunos catecismos en los diferentes dialectos. También en un principio les ayudaban como intérpretes en las catequesis. El Padre Tapia conocía la lengua Tarasca y la Mexicana. En Sinaloa aprendió el Tehueco y el Vacoregue o Guasave. El padre Martín Pérez, que ya conocía la lengua Mexicana, también aprendió las dos lenguas mencionadas.[3]

Realizaron los primeros Bautismos a las mujeres que vivían en unión libre con los hombres españoles. Primero recibían el Bautismo y por su puesto como siguiente paso, regularizaban su matrimonio por la Iglesia. Esto sirvió como punto de partida para que muchos indígenas pidieran el Bautismo. Los padres dividían a los indígenas en grupos y los iban preparando en la catequesis. Se aprovechó también la estima que los indígenas tenían de los españoles. Ellos fungían como padrinos y por el respeto que le tenían al parentesco espiritual, el Padrino tenía mucha injerencia dentro de la familia Así se lograba una conversión más rápida de toda la familia.

Fundación de la Primera escuela

Como parte de su proyecto de Evangelización realizaron la fundación del primer centro educativo, que serviría para instruir a pequeños y grandes en la catequesis y en algún oficio determinado. Como centro escogieron el pueblo de Ocoroni. Las materias que enseñaban eran: Carpintería, herrería, albañilería, agricultura y ganadería. La finalidad de este colegio fue cristianizar e instruir a los indígenas de la región, para que pudieran cambiar sus hábitos de vida, ya que ellos dependían de la naturaleza, se adaptaban y se conformaban con lo que ella les daba.

Los Padres querían enseñarlos en el aprovechamiento de las tierras con nuevas técnicas de agricultura, en la formación de pequeñas presas para utilizar el agua para riego y otras necesidades, a transformar la materia prima. En pocas palabras, los enseñaban a transformar la naturaleza utilizando su inteligencia para bien de los demás. El problema que se presentó fue que el número de alumnos eran demasiados y no contaban con las suficientes aulas y maestros.

Por otro lado ellos tenían que realizar su trabajo misionero visitando los pueblos diariamente, trataron de formar una empresa de tipo piramidal, la cual ellos mismos enseñaban en la escuela y estos alumnos, una vez aprendido el oficio, deberían de ser los predicadores de sus hermanos transmitiéndoles el Evangelio y el oficio que habían aprendido. Como parte de su plan a los alumnos más sobresalientes en las catequesis que se daba en los pueblos, eran escogidos para formar parte del colegio Ocoroni.[4]

Viaje del Padre Tapia a Topia, y su primera Navidad en el Noroeste.

A los tres meses de iniciado el trabajo, los padres pidieron apoyo a la Compañía ya que era demasiado el trabajo para ellos. Veían con tristeza que todavía quedaban muchos por bautizar e instruir en la sana doctrina, como lo expresa en su carta al Padre Tapia al Padre Provincial: “Va nuestro señor abriendo en esta provincia una tan gran puerta que, aunque dos tantos de los que acá ay, no bastaban para la conversión de ellos. Porque, en la provincia de Zinaloa debe aver pasados de cuarenta mill infiles, todos tan dispuestos a recibir el evangelio, que, teniendo noticias de dos padres de los nuestros, les salieron más de 20 leguas, a recibir, pidiendo, con estraña ansia, se fuesen con ellos. Y en poco más de tres meses que ha están, con ellos, el Padre Gonzalo de Tapia y el Padre Martín Pérez, saben dos lenguas y tienen bautizados pasados de mill quinientos adultos; y por ser tan pocos, y las lenguas tantas, no están bautizados. Y aunque claman y padecen, no ay quien los pueda ayudar...”[5]

A los cuatro meses de llegados y de iniciada su labor, se descubrieron algunas minas en Topia. Era difícil el trabajo ya que los indígenas del lugar eran hostiles. La comunidad española pidió ayuda al Padre Tapia para que fuera a ayudarlos. Dejando al Padre Martín Pérez a cargo de todo, el Padre Tapia decidió ir a la pequeña misión con los nativos de aquella región.[6]

Al enterarse los españoles de que se acercaba el Padre Tapia salieron a su encuentro con gran alegría. Permaneció algunos días con ellos confesándolos y predicándoles. También había un grupo de Tarascos trabajando en las minas que él había conocido en una de sus misiones pasadas, a los cuales consoló y les administro los sacramentos con alegría.

Después se dirigió al Valle de Topia, donde habitaba una población grande de gentiles. Descubrió algunos que ya estaban bautizados, debido al acercamiento que tenían con los españoles. Pero aún estos ocupaban ser adoctrinados ya que conocían poco de la fe. Inicio un trabajo fuerte de predicación, del cual obtuvo como resultado el bautizo de algunos adultos. Antes de partir se enteró por medio de la gente que debajo de un árbol muchos de los indígenas frecuentemente iban a ofrecer sus ofrendas a los ídolos. El Padre Gonzalo tomo una cruz de madera y con cantos la llevó en procesión hasta el árbol, lo derribaron y en su lugar acomodaron la cruz. Abandonó el lugar dejándoles las esperanzas de que vendrían algunos Padres a continuar con el afianzamiento de la fe.

A su regreso paso por la Villa de Culiacán, allí les pidió que le permitieran llevar algunos cantores y músicos para poder celebrar la primera Navidad en Sinaloa. Se eligió el templo más grande que fue el de Opochi. Al iniciar la misa fue un momento especial ya que fue la primera vez que los nativos escuchaban la misa cantada. Quedaron maravillados. Al final de la misa la fiesta continuó, se realizaron danzas, la gran solemnidad de la misa y la alegría motivaron a muchos gentiles a recibir el bautizo. En 8 meses el número de bautizados aumentó a 5 000 y se erigieron 13 capillas, entre los ríos Petatlán, Mocorito y Ocorni.[7]

Apoyo del padre Visitador.

Después de que mandó a los Padres a misionar Sinaloa, el Padre Visitador Avellaneda no se olvidaba de ellos. Su principal preocupación era que se reforzaran todas las misiones, pero principalmente la de los Padres que estaban en Zacatecas y en Sinaloa, tal como lo demuestra esta carta dirigida al Padre General Acquaviva el 1 de marzo de 1592, que entre tantas cosas decía:

“Y así en esto de Sinaloa como de Zacatecas, deseo V. paternidad considere no sólo el ponernos en camino de ayudar, más que hasta aquí, a la conversión de indios, que es lo que V. Paternidad, con tanta razón desea, sino que, también, los nuestros y, especialmente, los nacidos en esta tierra no estén tan amigos de México, que les parezca no pueden vivir en otra parte; porque, ciertamente, se engañan que, en las partes que he visitado, como Michoacán, Guadalajara y Guajaca, el temple es tan bueno y mejor que el de México, y nuestra materia para nuestro ministerio más ventajada y necesitada que la de aquí; y para destentarlos desta ciudad cum suavitate, el Padre Agustín Cano, nacido aquí fue, como dixe a Zacatecas; y los Padres Alonso de Santiago y Padre Velasco van libenter, ahora a Sinaloa…[8]

También en ésta misma fecha escribe el Padre Avellaneda al Rey Felipe II, primero para pedir su intervención sobre una disputa que tienen con las tres órdenes religiosas, por la fundación de una casa. Aprovecha para informarle sobre el buen desempeño que se estaba realizando con los gentiles de Zacatecas y de Sinaloa. También sobre la buena respuesta de los indígenas y sobre el rápido aprendizaje en la fe.[9]

Regreso del Padre Gonzalo Tapia a la región de Topia

Estando enfermo de un ojo, el Padre Tapia fue a atenderse a la región de Topia. De regreso no tomó el camino más corto para llegar a Sinaloa, sino que aprovecho para visitar una comunidad de indígenas gentiles. En ella permaneció 20 días, los cuales fueron bien aprovechados para sembrar la semilla cristiana.

No conocía la lengua de esta población, pero eso no fue impedimento. Busco un intérprete que le fue de gran ayuda. Satisfecho de su trabajo regreso a Sinaloa, pero en el camino decidió pasar por la región de los Zuaques y permanecer con ellos algunos días. Los Zauques estaban enemistados con los españoles, pero quedaron maravillados por la predicación y humildad del Padre Tapia, y no querían dejarlo partir, le tomaron un profundo cariño.[10]

Llegada de nuevos Misioneros a Sinaloa.

En 1592 durante la Cuaresma llegó el segundo grupo de misioneros formados por el Padre Juan Bautista, originario de Oaxaca, Lingüista y Catedrático del Colegio de México, y por el Padre Alonso de Santiago, los cuales al parecer no fueron del agrado del Padre Tapia, porque uno de ellos lo habían mandado involuntariamente. El rector había pedido que se lo quitaran del Colegio, y como si fuera un castigo o la última opción lo mandaron a Sinaloa. El segundo Padre venía a probar, no traía una mentalidad convencida. Según la primera entrevista que le hizo el Padre Tapia, nunca se había imaginado semejantes ocupaciones.[11]

Pero, a pesar de todo fueron de gran ayuda para la provincia; se distinguieron por ser celosos misioneros. Al Padre Bautista de Velasco se le encomendó el primer río de Sebastián de Ebora, con los pueblos de Buritu y Orobatu y algunos otros menores, con residencia en Mocorito. Al Padre Alonso de Santiago los pueblos de Ocoroni y Lopoche, y al Padre Martín Pérez las comunidades indias de la parte baja del río Sinaloa. El Padre Tapia supervisaría las labores en toda la región.

Al poco tiempo partiría a la capital para entrevistarse con el Virrey y con el Padre Provincial. Lo acompañaron un grupo de convertidos. Pidió al Virrey que se destinaran más obreros para las sementeras y algunos ornamentos para sus pobres Iglesias; al Padre Provincial le Pidió que lo apoyara con más ministros.[12]

La Provincia azotada por una fuerte epidemia.

A su regreso a Sinaloa, el Padre Tapia encontró la Provincia azotada por una terrible epidemia que hasta ese momento no era conocida por los indígenas. Les iniciaba como fiebre, y después de dos o tres días de delirio pasaba a una viruela pestilente, que les cubría todo el cuerpo. Muchos hombres, para no contagiar a sus familias, salían fuera del pueblo y morían en los campos llenos de llagas y gusanos.

Los padres con profunda tristeza apoyaban lo más que podían sin miedo al contagio, de día y de noche recorrían todas las casas y pueblos, bautizando a los niños y a los adultos, dando unción de enfermos o enterrándolos. La epidemia se extendió a todos los pueblos de Petatlán.[13]Fue necesario, por lo pronto, dar una pausa a las catequesis para consolar a las familias que lloraban amargamente la muerte de un hijo, esposo o hermano No existía mujer tranquila en el pueblo u hombre que no se hubiera cortado las trenzas en señal de luto.

Fundación del Seminario de Santiago de Cubiri

En 1593 se daría la fundación que llevaría el nombre de «Seminario de Santiago de Cubiri». En el seminario se enseñaba el idioma español. A escribir, leer, contar, cantar y tocar algunos instrumentos musicales, a hacer juguetes de papel, de madera, retablos e imágenes, pintura y pequeñas esculturas. Tenían la confesión diaria y la comunión en determinadas festividades. Como buenos misioneros los alumnos terminaban sus clases y partían a sus casas, llevando Oraciones y Catecismos.[14]

También durante ese año en el mes de Febrero, la Villa de San Felipe y Santiago de Sinaloa comenzó a tomar forma de municipio. El Virrey Don Luis Velasco juzgó prudente enviar un Capitán con seis soldados españoles y un Alcalde Mayor para que velaran por los derechos de los naturales.

Visita la región de los Zauques y Sinaloas.

El Padre Tapia se dio tiempo para visitar a los Zauques y después a la tribu de los Sinaloas, que se encontraban a gran distancia entre los márgenes del río Zauque. En su trayecto se encontró con una cruz. Quedo admirado de que alguien del lugar conociera este símbolo. Al poco tiempo fue alcanzado por los naturales del lugar, los cuales le explicaron que pertenecían a la provincia de Culiacán, pero que habían escapado de los malos tratos de los españoles.

Estos hombres le rogaron para que se quedara con ellos a pasar la noche; habían preparado una ramada especial para que le celebrara la misa, y otra choza para que se quedara a dormir. El Padre Tapia celebró la Misa, bautizó a los niños del pequeño poblado. Este poblado se llamaba Cacalotlán, «Valle del Cuervo», estos indígenas pertenecían a la Raza Noha y hablaban esa lengua. El Padre Tapia les prometió que regresaría con más tiempo y que les mandaría un misionero para que los atendiera. Tiempo después llegó el Padre Martín Pérez para adoctrinarlos.

A su llegada a tierras de la tribu Sinaloas, fue acogido con alegría. Predico incansablemente durante noche y día, los invitó a abandonar la vida que llevaban y les enseño las reglas de la moral cristiana. Los bautizó y les enseñó a orar en favor de la salvación de las almas. Realizó una exitosa misión en estas regiones, ya que los Sinaloas estaban constituidas por veinticuatro pueblos, grandes y pequeños.

Cuando el Padre Tapia regreso por segunda vez a los Sinaloas, éstos ya no le recibieron tan contentos. El Caique principal del lugar lo recibió con agresiones verbales, amenazándolo con quitarle la Vida sino salía de su territorio. El Padre Tapia salió, pero se dirigió a otros poblados vecinos donde si fue aceptado. Le presentaron numerosos niños para que los bautizara.

Al poco tiempo el Cacique en unas de sus borracheras quiso mostrar su bravura; saltó desde lo alto de una peña para conocer qué tan profundo era, pero el resultado fue la perdida de la vida. La gente del lugar atribuyó esto al enojo del Padre Tapia y trataron rápidamente de reconciliarse con él para que no hubiera más desgracias en sus aldeas. El Padre Tapia de buen corazón nuevamente regreso a ellos. Tiempo después volvió a pasar lo mismo. Apenas se les pasaba el miedo y el recuerdo de los acontecimientos dolorosos regresaban a su vida hostil. Esto se debía a que su fe estaba profundamente enraizada en los hechiceros de la región, sentían que no necesitaban sacerdotes católicos si ya tenían a sus hechiceros, que eran equiparables a los sacerdotes. El Padre Tapia conociendo esta realidad inició una fuerte predicación en contra de los hechiceros.[15]

En 1593, los azotó otra epidemia de viruela y sarampión, en la cual murieron muchos convertidos. Los indígenas recién bautizados pensaron que era un castigo divino por haberse dejado bautizar. Otros ya no quisieron aceptar el bautismo. Los Padres fueron culpados de estas calamidades, e incluso recibieron muchas amenazas de muerte.[16]

Muerte del Padre Tapia

En el año de 1594 el Padre Tapia había iniciado su predicación en contra de la superstición y la hechicería. Por tal motivo surgieron algunos enemigos. Pasados dos años desde el día de su llegada, el Padre Tapia decidió abandonar la Villa de San Felipe y Santiago de Sinaloa, y resolvió irse a vivir entre los indígenas de la comarca. Escogió el pueblo de Toborapa, que estaba más o menos a una legua de distancia de Sinaloa.

En este pueblo vivía uno de los hechiceros llamado Nacabeva, hombre respetado y temido en el pueblo por su valentía en el combate. Era completamente distante de la doctrina cristiana. No quería bautizarse ni dejar a otros que se acercaran a la fe. Fue un gran obstáculo para la evangelización.

A los ya convertidos los asustaba argumentando que la predicación de los Padres era falsa y dañosa para la comunidad. Argumentaba que estos padres apenas habían llegado, no los conocía nadie. Solamente llegaban bautizaban e imponían sus nuevas normas que nadie conocía. Eran inventadas por ellos mismos. Una forma que usaba para tentar a los hombres era decirles que los pueblos vecinos los miraban como afeminados, porque no realizan más sus borracheras y bailes, y por tener prohibido realizar las guerras.[17]

El Padre Tapia sabía que Nacabeva era una mala influencia para el pueblo, y que tenía un grupo que se le había unido, en su mayoría viejos, e iban a los lugares apartados en donde realizaban sus antiguos ritos, se emborrachaban bailaban y se burlaban de la doctrina del Padre Tapia. El Padre Tapia, trató de hacer las paces con Nacabeva y de hacerle entender el error en que estaba, pero no entendía. El Padre viendo que no podía hacer nada lo dejo en paz, sólo le pidió que no molestara a los bautizados. Pero Nacabeva no lo escuchaba. Se aprovechó aún más de la bondad del Padre y lo insultaba más fuerte.

Nacabeva planea dar muerte al Padre Tapia.

El Padre Tapia se convenció de que Nacabeva no cambiaría; por tanto hablo con el Alcalde Mayor de la Provincia para que lo amonestara, y que si seguía en su necedad los expulsara del pueblo. El Alcalde Mayor y los españoles le tenían odio a este hombre por algunas rencillas que habían tenido en el pasado, y aprovecharon este problema que tenía con el Padre Tapia para aplicar todo el peso de la ley.

Cuando lo amenazaron, Nacabeva huyó con algunas mujeres cristianas que había secuestrado. Lo buscaron hasta que lo encontraron y le hicieron la ofensa más grave que se le puede hacer a un indígena de la región, que es el azotarlos y cortarles el cabello. Para ellos el morir ahorcado es más leve que lo otro. Nacabeva huyó de nuevo a los montes a afrontar su vergüenza. Reunió a todos sus parientes y amigos, les contó la afrenta grave que el Padre Tapia le había hecho, les rogó para que los ayudaran a vengarse y convocaron a todos los indios de los pueblos vecinos que eran enemigos de los cristianos.[18]

Su plan era dar muerte a los Padres y echar de las regiones a los españoles, de una vez por todas. Pero los indígenas de la comarca no lo apoyaron en su empresa. Prefirieron permanecer en paz con los españoles, por tanto Nacabeva tuvo que conformarse sólo con el plan el asesinar al Padre Tapia y a los españoles que lo habían humillado.

Asesinato del Padre Tapia.

El padre Tapia se enteró que querían darle muerte. No dio importancia al asunto y siguió su vida tranquila. El lunes 11 de Julio de 1594 bajó el Padre y celebró misa en Ocoroni. Don Pedro, principal de este lugar, preocupado porque sabía que lo querían matar, le ofreció refugiarse en sus pueblos en donde estaría más seguro. Don Pedro se fue triste por la respuesta negativa que le dio el Padre Tapia.

El Padre permaneció aquel día en el Pueblo, donde predico y adoctrinó a sus feligreses. Llegada la noche, cuando estaba rezando su rosario en casa, llegó Nacaveba con sus hombres; rodearon la casa y entraron dos de ellos. Al verlos el Padre Tapia les preguntó quiénes eran, estos respondieron con un fuerte golpe de macana en la cabeza, directamente a la frente, cayó al suelo aturdido.

Como pudo se dirigió a la Iglesia donde lo alcanzaron todos y lo derribaron a golpes mientras lo asesinaban. El padre les predicaba en español diciéndoles que cometían un gran error, que el moría con gusto por la fe y el Evangelio. Le cortaron la cabeza y la mano izquierda, intentaron cortarle también la mano derecha con la cual se persignaba y mantenía los dedos en forma de cruz, pero no pudieron por más golpes que le daban. Lo desnudaron sin dejarle nada, solo una pequeña cruz al cuello.[19]

Pánico en la región.

El temor se apoderó de todos los pueblitos vecinos, pues pensaban que el ejército llegaría y que sin ninguna piedad arrasaría con todos, culpables e inocentes. También los españoles que estaban en la comarca sentían miedo, pensaba que era un alzamiento de todas las tribus y esperaban también un ataque sorpresivo.

Permanecieron en vela y atentos a los percances. Mandaron una comitiva para que fuera a buscar a los padres que estaban misionando los pueblos, y si estaban vivos les dijeran que vinieran a Sinaloa. Mandaron otra comitiva a recoger el cuerpo del padre Tapia que yacía todavía en tierra, desnudo y mutilado.

Los Zuaques al ver lo que habían hecho y no queriendo tener problemas con los españoles, deliberaron dar muerte a esos asesinos que estaban en sus tierras, pero fueron avisados y salieron del territorio antes que llegaran por ellos los Zuaques. Como no tenían a dónde ir, los asesinos decidieron acabar su trabajo y se dirigieron a dar muerte a los españoles en su Villa, solo que una fuerte lluvia que duró tres días, no los dejó llevar a cabo su fechoría, y solo alcanzaron a herir algunos caballos.

Tristes por su fracaso, no sabían por dónde andar pues estaban desprotegidos. Fueron a buscar ayuda en la región de los Tehuecos, pidiéndoles que los protegieran de los españoles. No solo los asesinos andaban huyendo, sino también los que no tenían culpa, los habitantes de Tovopora, y los vecinos Lepoche, Baboria, y Cubri, tenían miedo al ejército español.

Por ser todos de la misma raza pensaban que también ellos pagarían las consecuencias. Los Tehuecos aceptaron darles protección pero cambio les pedían que les ofrecieran sus mujeres y sus hijas. Los asesinos y los inocentes, pensando que no había otro refugio aceptaron el trato. Los Tehuecos no respetaron a las mujeres sin querer saber si eran casadas o solteras, bautizadas o no bautizadas. También muchos de los hombres que ya estaban bautizados, haciendo caso omiso a las enseñanzas que les habían inculcado los misioneros, regresaron a sus antiguos ritos, emborrachándose y realizando sus danzas, desnudos regresaron a sus prácticas de poligamia; con esto también daban muerte a la doctrina cristina que les había heredado el Padre Tapia.[20]

Se trató de hacer regresar a los habitantes del pueblo de Tovoropa y sus pueblos vecinos, que sin tener alguna culpa andaban huyendo. Los Padres Jesuitas y el Teniente General divulgaron la noticia que no tomarían represalias contra los no culpables. Cuando se enteraron de esto algunos dudaron de la buena voluntad de los españoles; pensaban que era una trampa y no regresaron. Fueron pocos los que sí confiaron. La mayoría intentó regresar pero aquí surgió un fuerte problema. Los Tehuecos no los querían dejar salir de sus tierras, los tenían sometidos. El motivo era que no querían perder a las hijas ni a las esposas de ellos de las cuales se aprovechaban.

Los soldados españoles intercedieron por ellos, exigiendo su liberación y que les entregaran a los asesinos, pero haciendo alarde de su fuerza y valentía los Tehuecos no hicieron caso. Tomaron sus armas y los desafiaron. El teniente general que estaba a cargo para hacer respetar la justicia, queriendo hacer las cosas de la mejor manera pidió el consejo al Padre Peláez sobre ¿si es justo entrar con las armas y aprender a los culpables? La respuesta del Padre Peláez fue afirmativa, pero puso una condición, la cual era que lo llevaran y lo dejaran intervenir primero con el dialogo, condición que fue aceptada. Partieron en dirección del territorio de los Tehuecos, al llegar a los primeros pueblos los habitantes los recibieron con mucha amabilidad, ya que la figura de los misioneros era bien vista y respetada por la mayoría en todo el territorio.

El Gobernador de los Tehuecos reaccionó de forma positiva, evitando una guerra con los españoles. Ordenó la libertad de los indígenas, dando la oportunidad al que se quiera ir de hacerlo libremente, y también dio la oportunidad de quedarse al que lo quisiera. Así se unían nuevamente los lazos de amistad entre españoles y Tehuecos, y se daba la oportunidad para continuar la misión en estas tierras.

Salieron los Tevoropas y pueblos vecinos felices por retornar a sus casas, después de haber soportado tan malos tratos de los Tehuecos. Al poco tiempo se reinició la misión, continuaron con sus clases de catequesis. Se logró recuperar la cabeza del Padre Tapia, que estaba en posesión de los Zauques; la tenían en lo alto de un palo. También se recuperaron los ornamentos, o lo que quedaba de ellos, y el Cáliz que tenía la esposa de Nacaveba, que lo utilizaba para beber.[21]

El cuerpo del Padre fue trasladado a Ocoroni en donde le dieron sepultura, con gran tristeza y lágrimas de todos. Los asesinos huyeron a las regiones gentiles en donde fueron recibidos con una grande fiesta, como si fueran vencedores de una guerra.[22]Algunos terminaron muertos, la gente supersticiosa hablaba de un castigo divino, ya que uno de ellos se quitó la vida, otros dos murieron flechados por sus enemigos, la mujer de Nacaveba fue degollada y la nuera fue arrastrada por un caballo.

Captura de Nacabeva.

Los Tehuecos habían ofrecido protección a Nacabeva, pero después de haber tratado la paz con los españoles se retractaron de su promesa. Apenas lo tuvieron cerca lo capturaron y amarraron para que no escapara. Le pusieron guardias día y noche y dieron aviso al ejército español para que viniera por él. El Teniente General Alonso Díaz no se encontraba por la región, así que correspondió apresarlo al Cabo Diego Martinez de Hurdaide, quien partió con 12 soldados. Al llegar le recibió el Cacique Lanzarote quién le entrego a Nacabeva. Lo llevaron a la Villa de Sinaloa, junto con una hija suya y otras mujeres que andaban con él.

Nacabeva y un sobrino suyo, que también había participado en el asesinato del Padre Tapia, fueron sentenciados a morir en la horca. Cuando se enteraron de la sentencia, los Padres Jesuitas sin pensarlo dos veces fueron a darle los auxilios espirituales. Los catequizaron y Nacabeva aceptó la enseñanza, y el sobrino, que era bautizado, acepto la confesión. Ambos murieron en gracia de Dios.

Llegada de nuevos Sacerdotes

Antes de su muerte el Padre Gonzalo Tapia había escrito su última carta solicitando más misioneros para Sinaloa, pero no alcanzó a enviarla. El no alcanzó a ver su deseo realizado. El día de su muerte habían llegado desde México los Padres Pedro Méndez y Fernando de Santarén, (este último también daría la vida en testimonio da la fe), según la narra en su carta el Padre Pedro.

Llegaron primero a la Villa de Culiacán el 27 de Junio de 1594. Fueron muy bien recibidos pues la gente tenía mucho afecto a la Compañía. Los alcanzó en este lugar el Hermano Castro. Emprendieron su camino en dirección hacia Sinaloa el 12 de Julio. Llegaron al ingenio de un español devoto, y poco después los alcanzó el alguacil de Culiacán mandado por el Alcalde Mayor, el cual les dijo de permanecieron en este lugar hasta que llegaran 30 o 40 soldados.

Les informó sobre la muerte del Padre Tapia, y que no se tenía noticias de los demás padres. No sabían si estaban vivos o muertos. Obedeciendo la orden esperaron unos días. Un día, habiendo celebrado la misa llegaron dos hombres que traían una carta enviada por los Padres Jesuitas, en donde les informaban que era cierta la muerte del Padre Tapia, pero que los Indígenas no andaban en rebelión, simplemente algunos por miedo habían corrido a esconderse. También les daban instrucciones para que partieran y se encontraron con ellos en la Villa de Sinaloa, donde visitaron el sepulcro del Padre Tapia.[23]

NUEVO PROVINCIAL

A la muerte del Padre Gonzalo el 5 de Mayo de 1596,[24]la responsabilidad de la Compañía en esa provincia quedó en manos del Padre Martín Pérez, cofundador de ella. Fue nombrado por comisión del padre Esteban Páez, Provincial de la Nueva España. Era un hombre de admirable ingenio, recorría toda la provincia bautizando, confesando y sirviendo en todo lo que se pudiera.

Fue el fundador de varios pueblos, sacaba a los indígenas de los lugares más inhóspitos, los instruía en la fe y en los sacramentos. Los enseño a construir iglesias, en un principio las hacían, de madera pero después las hacían de material más duradero. Les enseño técnicas nuevas de agricultura y agricultura y la ganadería, cosas en que prosperaron.

Fundación del Colegio de San Felipe y Santiago de Sinaloa.

Por los acontecimientos ocurridos en la provincia de Sinaloa y por precaución de los padres, se trasladó el colegio de Ocoroni y el seminario de Santiago de Cubiri, a la Villa de San Felipe y Santiago de Sinaloa. Se fusionaron el día 15 de Mayo de 1595 para dar vida al Colegio de San Felipe y Santiago de Sinaloa. Fue el centro de todas las misiones en la Provincia, su primer rector fue el Padre Juan Bautista de Velasco. El trabajo del Rector consistía: en responder por la dirección del Colegio, dentro y fuera de clases, Además supervisaba las misiones que dependían del Colegio. Era auxiliado por dos Hermanos coadjutores, quienes se encargaban de impartir la enseñanza de las primeras letras. Dos veces al año, el Colegio servía como centro de reunión de todos los misioneros que vivían en los otros pueblos. Acudían a este Colegio los españoles de la misma Villa para solicitar apoyo espiritual.

Los Jesuitas por su experiencia consideraron que era mejor la separación entre los Indígenas y los españoles. Consideraban que el contacto entre ellos era perjudicial para la Evangelización. Por tanto se crearon comunidades indígenas, cerradas al contacto con los españoles. A diario se impartían lecciones a los hijos de españoles, de Doctrina Cristiana, de lectura, Matemáticas y de Canto.

En las escuelas de indios las clases eran en su lengua, no en español. Los confesaban frecuentemente. El horario y el proceso de estudio era el mismo para las escuelas de indígenas y de españoles. Iniciaban a las 9:00 de la mañana, a las 9:30 comenzaban operaciones de aritmética, a las 10:30 se recogían las planas, se revisaban las cuentas y se tomaba lección a los de lectura. A las 11:00 horas de la mañana los escolares se retiraban de la casa escolar. Regresaban por la tarde. A las 15:30 les explicaba el profesor la doctrina que en la mañana habían leído. Los estudios de «primeras letras» se complementaban a los 14 años. Como siguiente paso ingresaban al seminario donde estudiaban gramática y retórica latina; los discípulos externos recibían el nombre de «Seculares» mientras que los internos el de «Becarios, porcionistas o Mercenarios».

Después de haber cursado los tres años de enseñanza, iniciaban los estudios de Arte, Filosofía, Lógica, Filosofía Moral, Física, Metafísica, Aritmética, Álgebra y Geografía. No se admitía a los que padecían alguna enfermedad notoria, ni a minusválidos o a los hijos que tenían padres que habían cometido algún delito.[25]

Fundación del Primer Presidio en Sinaloa

En 1596, el Virrey Don Luis de Velasco envió al Teniente General Alfonso Díaz, con 24 soldados, para fundar el primer presidio en Sinaloa. Con ello la confianza renacía nuevamente. La gente se sentía segura, no se sentían abandonados, el pánico que habían causado los alzados había desaparecido. Comenzaba una nueva etapa de seguridad. El presidio no solo sirvió para dar seguridad a la Provincia, sino que también ayudó en la Evangelización de los pueblos. El ejército y los Jesuitas formaron un equipo unido. El principal trabajo que esperaba de ambos el gobernador de la Nueva Vizcaya y el Virrey era la pacificación a los pueblos rebeldes, ya fuera por las armas o por la fe.

NOTAS

  1. TRUEBA, Alfonso, «Cabalgata Heroica, Misioneros Jesuitas en el Noroeste I» en Figuras y episodios de la historia de México, Ed. Campeador (1955), 16-17.
  2. El padre Gonzalo Tapia, al Padre Acquaviva, Gen. Junio 1592, 4v a cargo de Félix Zubillaga, en Monumental Mexicana Vol. V (1592-1596), Institutum Historicum Societatis Iesu, doc. 91, Romae 1973, 79-80
  3. Zubillaga Felix., S.I., Monumental Mexicana Vol IV (1590-1592) Institutum Historicum Societatis Iesu ,Romae, 1971, 173.
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ZUBILLAGA Félix, Monumental Mexicana Vols. IV, V , Institutum Historicum Societatis Iesu. Romae 1973


JOEL MEZA REYES