SOCIEDADES DE PENSAMIENTO. Los Guadalupes

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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La independencia de Hispanoamérica fue resultado de un largo proceso cuyo inicio lo podemos situar en los primeros años del siglo XVIII, cuando en la Corona Española la Casa de Austria o Casa de Habsburgo fue sustituida por la francesa Casa de Borbón. El espíritu galicano-regalista de los nuevos gobernantes les llevó a concebir a los «reinos» de ultramar como meras «colonias», las cuales debían ser mejor administradas para beneficio de la Metrópoli. Dicho de otro modo, Hispanoamérica pasó de ser considerada «parte» de «las Españas», a ser tratada como «propiedad» de «España».

En tiempos de los Austria se hablaba de «las Españas» en plural, pues gobernantes y gobernados concebían a la Nación como una unidad de «reinos», cada uno con sus propias características situados a ambos lados del Océano, que tenían una unicidad moral formada por los vínculos dados por la religión y los valores morales y espirituales, en donde el rey daba la cohesión y unidad institucional desde la concepción cristiana de la autoridad según la cual el sentido profundo y único del «regnare» es el «servire».[1]

Por eso los reyes de la Casa de Austria siempre vieron en las «Indias Occidentales» a «reinos» que formaban parte de la Corona y sobre los cuales tenían la responsabilidad de promover su bien, su desarrollo y su crecimiento, tanto en el orden material como en el espiritual; por lo mismo se preocuparon intensamente por la evangelización.

Pero los reyes de la Casa de Borbón aunque conservaron mucho del tradicional léxico político español (como el «virreinato»), imbuidos en el galicanismo césaro-papista que prevalecía en la corte de París, «abandonaron» la misión que la Providencia había señalado a España, trocándola en objetivos mercantilistas que buscaban ya no el bien de Hispanoamérica sino su utilización.

“La España oficial abandona (a los Reinos de Indias), Y digo que los abandona en el estricto sentido del término que quiere decir «dejar» en poder de otro o, mejor aún, dejar alguna obra ya emprendida como misión. Paradójicamente, alguien que sólo observa las apariencias, podría sostener que ahora la España borbónica se ocupa mucho más de sus dominios que antes (…) El intento heroico del Imperio espiritual que somete el bienestar somático al dominio del espíritu ha sido, poco a poco, abandonado; de ahí que sea posible «ocuparse» con aparentemente mayor empeño del pueblo español y de los pueblos de Indias habiéndolos abandonado. Pero semejante abandono enmascara un abandono todavía mayor: el abandono de Sí misma”.[2]

Aunque en justicia se debe reconocer que los reyes borbones nunca aceptaron la falsa doctrina de un supuesto «derecho divino de los reyes» -doctrina surgida en la Corte de Jacobo I de Inglaterra en el siglo XVII y adoptada posteriormente en la de Luis XIV en París- su afrancesada política «regalista» si enfrió el celo evangelizador, además de generar entre los criollos hispanoamericanos un sentimiento de agravio al verse tratados como personas casi insignificantes, a pesar de que ellos constituían en América las clases más instruidas y preparadas. La expulsión de los jesuitas de los territorios de la Corona decretada en 1767 por Carlos III, concretizó y evidenció el espíritu colonialista y las consecuencias de la política regalista impuesta en la Corte de Madrid, con la cual los Borbones gobernaron sus «colonias».

Las «Sociedades de Pensamiento»

Aún antes de que Napoleón invadiera la Península Ibérica en 1808 y con ello desencadenara los movimientos de independencia en Hispanoamérica, la preocupación por la política colonialista y regalista que los borbones venían aplicando, provocó que en Hispanoamérica los criollos, en cuanto eran los mejor formados e informados, se reunieran a comentar y analizar la situación que se iba generando. Tertulias de diversa índole tenían como centro de conversación la política de la Corona para con los ya entonces reinos degradados a colonias.

No es de extrañar que en dichas tertulias, en las que abundaban los exalumnos de los jesuitas, se recordara y revitalizara la filosofía del derecho expuesta por el «Doctor Eximius», el jesuita español Francisco Suárez S.J. (1548-1617) quien siglo y medio antes, en su obra «Tractatus de legibus ac deo legislatore» (1612), se había opuesto al «derecho divino de los reyes» afirmando que si bien toda autoridad proviene de lo alto (cfr. Jn. 19,11), Dios no la otorga al Rey sino al pueblo, y que es el pueblo quien legitima al Rey. Esa doctrina había sido enseñada en las mejores instituciones educativas de Hispanoamérica: los « Colegios Mayores» de la Compañía y los Seminarios donde los jesuitas participaban como maestros.

Sin una estructura formal, las tertulias de los criollos fueron evolucionando en periodicidad y número, haciendo surgir en las capitales de los virreinatos hispanoamericanos (México, Lima, Buenos Aires y Bogotá) y en otras ciudades importantes (Caracas, Quito, Querétaro, Santiago de Chile, etc.) verdaderas «sociedades de pensamiento», donde se comentaban lo mismo principios doctrinales que las preocupantes noticias sobre los acontecimientos en Europa, provocados por las incursiones de Napoleón más allá de la fronteras de Francia, así como la difusión del pensamiento revolucionario.[3] Por ello la imagen que los criollos tenían de Napoleón era la de un «Robespierre a caballo» al cual habría que resistir.

Debido a que las autoridades regalistas podrían tener algo más que recelos sobre las reuniones de los criollos (de hecho, el pensamiento de los teólogos jesuitas como el de Suárez fue prohibido y desterrado a la par de la expulsión de la Compañía), dichas «sociedades» empezaron a reunirse de manera cada vez más discreta y reservada, dando pie a que algunos historiadores las señalen erróneamente como «masónicas». El pensamiento que se seguía en esas sociedades estaba inspirado en Tomás de Aquino y Francisco Suárez; no en Rousseau o Voltaire.

Los «Guadalupes»

En la ciudad de México se formó una sociedad de pensamiento que se dio a sí misma el nombre de «los Guadalupes» en razón a la ferviente devoción que los criollos novohispanos tenían hacia la Virgen de Guadalupe, mientras que los españoles residentes en México profesaban una mayor devoción a la Virgen de los Remedios. Por ello algunos historiadores hablan de que en México se llegó una especie de «guerra de Vírgenes»,[4]lo cual es una falsa interpretación pues la devoción guadalupana era común a todas las razas y clases sociales, incluidos los peninsulares, y todos sabían perfectamente y sin discrepancia alguna que todas las devociones marianas se refieren precisamente a la Virgen María, Madre de Jesucristo.

Aunque no hay documentos propios de la sociedad de «los Guadalupes» -hecho explicable por la informalidad de su origen y de su funcionamiento- si es posible inferir la importancia que algunos acontecimientos tuvieron en su desarrollo y actuación. Uno de ellos es el siguiente: por cédula real del 26 de diciembre de 1804 el rey Carlos IV ordenó que todos los fondos de las fundaciones piadosas fueran recogidas en una «caja de consolidación de vales reales» y remitida a Madrid, y que las fincas propiedad de esas mismas fundaciones fueran enajenadas.

Lo anterior fue motivado por “las exigencias continuas e imperiosas de su aliado Napoleón (y el rey Carlos IV) se aventuró a dar un poderoso motivo de descontento (…) El virrey Iturrigaray encontró en esto una ocasión para manifestar su celo por el cumplimiento de las disposiciones de la Corte, y de satisfacer a un tiempo su codicia.”[5]Una persona que litigó contra el virrey fue el Corregidor de Querétaro Miguel Domínguez “que a la sazón se hallaba enfermo en la capital (y el virrey) lo suspendió de aquel empleo y no quiso reponerlo…”[6]

Como había sucedido con los jesuitas en el exilio tras su expulsión en 1767 que ante los atropellos de una autoridad que se encontraba al otro lado del Océano, también en las sociedades de pensamiento se fue consolidando un sentimiento patriótico de afirmación de la propia identidad. Es en este contexto donde la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe tomaba una especial importancia pues simbolizaba plenamente la identidad de la Nación nacida en el Tepeyac en 1531.

Los acontecimientos de 1808 y su repercusión en América

El 27 de octubre de 1807 en la ciudad francesa de Fontainebleau, el Primer Ministro de España Manuel Godoy firmó con Napoleón Bonaparte un vergonzoso e inmoral «tratado», según el cual los ejércitos españoles y franceses invadirían Portugal para repartirse su territorio; esto significaba, además, que se permitía al ejército francés entrar y atravesar España. Así resulta que el ejército francés no invadió España: el Rey Carlos IV y su primer ministro les abrió las puertas.

Las tropas francesas al mando del Mariscal Jean Junot apoyado por tres divisiones españolas tomaron Lisboa el 30 de noviembre de 1807. Unas horas antes de la entrada de las tropas franco-españolas, el Rey Juan VI de Portugal, su madre la Reina y la Corte portuguesa en pleno, habían zarpado hacia el Brasil. Durante seis años la Corona portuguesa tuvo su sede en Río de Janeiro. El rey Carlos IV, su esposa la reina María Luisa de Parma y el primer ministro Manuel Godoy se encontraban en la población de Aranjuez, cercana a Madrid; el 18 de marzo de 1808 un populacho instigado por el príncipe heredero Fernando asaltó el palacio donde se encontraban sus padres y Manuel Godoy, quien fue capturado escondido debajo de una escalera. Mediante amenazas, al día siguiente Fernando obligó a su padre a abdicar en su favor, convirtiéndose así en el rey Fernando VII.

Tres días después Carlos IV escribió una carta a Napoleón en la que le comunicaba que su abdicación fue forzada y por tanto sin valor. Por su parte también Fernando VII le escribió a Napoleón afirmando que la abdicación de su padre era válida y que ahora el rey era él, y en prueba de ello le envió como prisionero a Manuel Godoy, razónes por las que le solicitaba su reconocimiento.[7]Ante esta situación en la que los borbones españoles ponían como «árbitro» a Napoleón, éste los invitó por separado a la ciudad de Bayona, mientras enviaba al general Marat para hacerse cargo de las tropas francesas en España, ordenándole entrar Madrid.

Fernando VII y su comitiva llegaron a Bayona el 20 de abril; su padre Carlos IV y su esposa arribaron diez días después, el 30 de abril. También Manuel Godoy, amante de la Reina, había ya sido trasladado a Bayona. Las tropas francesas entraron en Madrid el 2 de mayo en medio del repudio popular. Ante Napoleón y sus acompañantes, los monarcas españoles, padre e hijo, se lanzaron toda clase de insultos y reproches, incluyendo Fernando los amoríos entre su madre la Reina y el Ministro Godoy. El 5 de mayo Napoleón exigió las abdicaciones de ambos monarcas en su favor, designando como nuevo rey de España a su hermano José Bonaparte. Carlos IV, su esposa María Luisa y Manuel Godoy fueron llevados prisioneros a Nápoles; a Fernando VII y su familia se les asignó como prisión el Castillo de Valençay en Francia, donde permanecería recluido hasta 1814.

Las élites hispanoamericanas habían recibido la noticia de la proclamación de Fernando VII como nuevo rey, pero desconocedores en un principio de los detalles de las abyectas «abdicaciones de Bayona», consideraron a Fernando VII como la autoridad legítima y a José Bonaparte un usurpador. Esto desató en Hispanoamérica todos los movimientos de independencia, los cuales se proclamaron precisamente en nombre de Fernando VII, e hicieron que éstos tomaran “el aspecto de una cruzada católica contra los impíos en Madrid y París”.[8]

Los «Guadalupes» en el inicio de la independencia.

La «Gaceta de México» del sábado 16 de julio de 1808, publicó “que ya no había rey ni gobierno legítimo metropolitano”. Esta noticia causó gran expectación en toda la población, especialmente entre los funcionarios de dos instituciones: la Audiencia, dominada por españoles peninsulares, y el Ayuntamiento de la ciudad de México donde prevalecían los criollos. En ambas instituciones se vislumbró fácilmente las posibles consecuencias de la noticia: la independencia «de facto» de la Nueva España.

La valoración de los acontecimientos sería especialmente amplia y profunda en el Ayuntamiento, y la influencia de «los Guadalupes» debió haber sido grande dada su experiencia en el análisis de ideas filosóficas y políticas. Aunque –como ya señalamos- no hay documentos «formales» de esa Sociedad, serán los escritos de fray Melchor de Talamantes titulados «Congreso Nacional» y «Representación nacional de las colonias. Discurso filosófico», dedicado expresamente al Ayuntamiento de la ciudad de México, los que nos permitan tener una visión bastante aproximada de la actuación de «los Guadalupes» en el inicio de la independencia.

Fray Melchor de Talamantes era en esos momentos sin la menor duda, el mejor exponente del pensamiento político de los criollos en México, y muy probablemente era un asiduo participante en las tertulias de «los Guadalupes». El 9 de agosto de 1808 el síndico del Ayuntamiento Francisco Primo Verdad propuso en la «Junta General» la necesidad de un gobierno provisional ya que “la soberanía estaba y había recaído en el pueblo americano”. Afloraba el pensamiento del «Doctor eximius» Francisco Suárez; como también lo haría cinco años después José María Morelos y Pavón en su «Manifiesto a los habitantes de Oaxaca».

En México, el 16 de septiembre de 1808, el intento de establecer en la Nueva España una «Junta Suprema» -que sería una independencia «de facto»-, fracasó; Primo Verdad y Fray Melchor fueron aprendidos por la Audiencia y encarcelados. Primo Verdad fue asesinado en su celda unos días después. Exactamente dos años después, el 16 de septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo iniciaba en la parroquia de Dolores otro movimiento de independencia al grito de “¡Viva la Virgen de Guadalupe, Viva Fernando VII, Muera el mal gobierno.”

Los «Guadalupes» en la consumación de la independencia.

El 19 de octubre de 1813 Napoleón fue derrotado en Leipzig por las tropas aliadas de Inglaterra, Prusia y Rusia; Napoleón tuvo que abdicar y devolverle a Fernando VII el trono español, pudiendo regresar a Madrid el 13 de mayo de 1814. En Hispanoamérica los movimientos insurgentes vinieron a menos: José María Morelos y Pavón fue derrotado y fusilado en 1815; dos años después los anglosajones quisieron soplar las brasas independentistas mediante una expedición de mercenarios al mando de Francisco Javier Mina, pero fracasó estrepitosamente.

Solo estaba fuera del control de Fernando VII el antiguo Virreinato de La Plata, de hecho independiente desde 1808 con el nombre de «Provincias Unidas del Río de la Plata».[9]Pero en Nueva Granada, Simón Bolívar derrotó a los realistas en la «batalla de Boyacá» el 7 de agosto de 1819. Fernando VII preparó entonces un ejército para que fuese a Sudamérica a restablecer su dominio y reforzar a sus alicaídas tropas, poniendo al frente de esta fuerza al capitán general de Andalucía, y antiguo virrey de México Félix María Calleja, quien llevaba como uno de sus principales oficiales al coronel Rafael Riego, comandante del Segundo Batallón.

En lugar de embarcar a sus tropas en el puerto de Cabezas de san Juan como le estaba ordenado, Riego, militante de la masonería y profesando una ideología liberal radical, se «pronunció» contra Fernando VII generando una serie de levantamientos por varias regiones, obligándole a restaurar la Constitución de 1812, misma que él había derogado a su regreso del exilio en Francia en 1814. En la Nueva España las personas analíticas –como los Guadalupes- interpretaron esos hechos como un nuevo cautiverio del rey, aunque ahora no por un gobierno extranjero sino por sus propios súbditos encandilados por los revolucionarios franceses. El rumor acerca de una supuesta carta enviada por Fernando VII al virrey Apodaca en la que le decía ser víctima de violencia y le hacía saber de sus intenciones de evadirse de España para trasladarse a México «donde encontraría vasallos más fieles», parecía confirmar esas interpretaciones.[10]

En la ciudad de México un grupo en el que muy probablemente los Guadalupes formaban parte, empezó a reunirse secretamente en la Iglesia de «La Profesa» bajo la dirección del canónigo Matías de Monteagudo, criollo capellán de ese templo. De esas «juntas» surgió la idea de de preparar un movimiento de independencia que le ofreciera el gobierno de la Nueva España a Fernando VII, a quien seguían considerando la autoridad legítima. La secrecía de los participantes en las Juntas de la Profesa fue de tal manera eficaz que las autoridades virreinales no tuvieron nunca la menor sospecha de su realización. Por la misma razón tampoco se tienen documentos sobre ellas.

Se presupone que en las Juntas secretas de la Profesa participaron entre otros: fray Mariano López de Bravo y Pimentel, Miguel Bataller, Juan José Espinosa de los Monteros, Antonio de Mier y Villagómez, José Bermúdez Zozaya, Juan Gómez de Navarrete y el obispo de Puebla Antonio Joaquín Pérez Martínez y Robles. Los conspiradores tenían al tanto de sus planes al arzobispo de Guadalajara, Juan Ruiz de Cabañas y Crespo, que en razón a la distancia de su diócesis no podía participar en las reuniones.

El «Plan de la Profesa» tenía como puntos básicos los siguientes: ofrecer la Corona de Nueva España a Fernando VII, o si éste no aceptara a alguna persona de la familia real o incluso de la Casa de los Austria, señalándose expresamente al Archiduque Carlos de Austria; que se llevara a cabo con la menor cantidad posible de sangre derramada; que se garantizara el ejercicio de la religión católica y la unidad social, evitando el pillaje que había acompañado los movimientos insurgentes anteriores; que el movimiento lo encabezara un militar y no un eclesiástico.

Finalmente el «Plan de la Profesa» ya estructurado, fue publicado con el nombre de «Plan de Independencia de la América Septentrional», más conocido como «Plan de Iguala», proclamado por Agustín de Iturbide el 24 de febrero de 1821 en la población de Iguala. A su vez el Plan de iguala «protocolizado» en los «Tratados de Córdoba», “menos en lo referente al Archiduque Carlos de Austria, que quedó eliminado, y en el caso de que el rey de España o sus parientes rehusasen aceptar el trono de México, no habría necesidad de que las Cortes nombrasen a un miembro de alguna Casa reinante.”[11]firmados por el propio Iturbide y el último virrey de la Nueva España, don Juan O´Donojú, en la ciudad de Córdoba el 24 de agosto de 1821. El 27 de septiembre el ejército de Iturbide entró pacíficamente en la ciudad de México. La Nueva España consumó su independencia como lo habían planeado en las Juntas de la Profesa: sin derramamiento de sangre.

NOTAS

  1. Cfr. Mc.9, 30-37, y la amplia explicación que hace SS Pío XII en Con Sempre 54. (1943)
  2. Alberto Caturelli. El Nuevo Mundo, Ed. Edamex-Upaep, México, 1991, p.410
  3. Italia fue invadida por Napoleón en 1796, y Egipto lo fue al año siguiente. En noviembre de 1799 instauró el «Directorio» y luego el «Consulado» y en 1804 fue promulgado el «Código napoleónico» el cual, se fundamentaba e imponía los principios de la Revolución Francesa de 1789.
  4. Por ejemplo, S. Meier, Matt. ¨ María Insurgente ¨ COLMEX Vol. 23, Núm. 3: (91) Año: enero - marzo 1974.
  5. Lucas Alamán. Historia de Méjico. Ed. Gobierno del Estado de Guanajuato, 1989, pp.108-109
  6. Ibídem.
  7. Cfr. Francisco José Fernández de la Cigoña. EL Reinado de Carlos IV. Verbo No. 265, Madrid
  8. Jean Meyer. Historia de los Cristianos en América Latina. Ed. Vuelta. México, 1989, p. 17.
  9. El nombre se adoptó en mayo de 1810 y sigue siendo uno de los nombres alternativos de la República Argentina
  10. Lucas Alamán señala que el mismo Fernando VII tuvo que negar la existencia de esa carta, y que lo más probable es que la misma nunca existió. (Cfr. Lucas Alamán, Obra citada, p. 344)
  11. Joseph H. L. Schlarman, México, tierra de volcanes. Ed. Porrúa, México 14 ed., p. 260


BIBLIOGRAFÍA

ALAMÁN Lucas. Historia de Méjico. Ed. Gobierno del Estado de Guanajuato, 1989

CATURELLI Alberto. El Nuevo Mundo, Ed. Edamex-Upaep, México, 1991

FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA Francisco José. EL Reinado de Carlos IV. Verbo No. 265, Madrid

MEYER Jean. Historia de los Cristianos en América Latina. Ed. Vuelta. México, 1989

SCHLARMAN Joseph H. L., México, tierra de volcanes. Ed. Porrúa, 14 ed. México, 1987


JUAN LOUVIER CALDERÓN