TRATA DE ESCLAVOS; Juicio de San Juan Pablo II

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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El hecho de la trata atlántica de esclavos: los números

Durante su visita a Gambia y Senegal en 1992, Juan Pablo II pidió perdón por el «holocausto desconocido» de esclavos perpetrado por “personas bautizadas que no vivieron de acuerdo con su fe”. Se refería al tráfico de esclavos negros de África a América.

En su libro «La trata de esclavos. Historia del tráfico de seres humanos de 1440 a 1870», Hugh Thomas afirma que en ese periodo fueron arrancadas de África unos once millones de personas para esclavizarlas en América. Otros, como la Trans-Atlantic Slave Trade Database, calculan aproximadamente que entre 1525 y 1866, en toda la historia del tráfico esclavista al Nuevo Mundo, 12.5 millones de africanos fueron embarcados al Nuevo Mundo. 10.7 millones sobrevivieron la travesía, desembarcando en América del Norte, el Caribe y América del Sur.

De ellos fueron enviados directamente a América del Norte unos 388,000, ciertamente un porcentaje muy pequeño. En realidad, la abrumadora mayoría de esclavos africanos fueron embarcados directamente al Caribe y América del Sur. Tan solo Brasil habría recibido 4.86 millones de africanos. Algunos estudiosos estiman que otros 60,000 o 70,000 terminaron en los Estados Unidos luego de haber llegado primero al Caribe, por lo que la cifra total de africanos que habrían sido vendidos a los Estados Unidos sería de 450,000.

Según las mismas fuentes, la gran mayoría de los 42 millones de miembros de la comunidad Afroamericana en los Estados Unidos descienden de este grupo. En la actualidad los afroamericanos del Continente americano constituyen alrededor del 30% de su población. Los números barajados estadísticamente por los diversos autores varían notablemente. Incluso algunos exageradamente apuntan que entre 1540 y 1850 habrían sido llevados violentamente de África a América sesenta millones de esclavos negros.

Recluidos en fuertes como el de Elmina, construido por los portugueses en 1482 en el litoral de Ghana, los esclavos debían esperar, a veces varios meses, antes de ser enviados a América a través de la tortuosa travesía atlántica. Apretujados y hacinados en oscuros calabozos, ahí comían y vivían como bestias. Aquellos que trataban de resistirse eran golpeados, torturados y encadenados; incluso se les abandonaba al sol inclemente para que murieran de hambre y sed.

Los enfermos eran arrojados al mar y las mujeres violadas por esclavistas o negreros y su soldadesca. Miles murieron por las insalubres condiciones de los campos de concentración construidos en la costa oeste africana por Portugal, Holanda e Inglaterra. Portugueses, franceses, holandeses, ingleses, daneses, incluso algunos españoles a los que se unieron más tarde los habitantes de las Trece Colonias anglosajonas norteamericanas, capturaban o compraban en África a miles de hombres y mujeres libres para venderlos a los colonos americanos, quienes los obligaban a trabajar en plantaciones y minas, así como en la servidumbre.

El tráfico de esclavos fue un negocio que enriqueció a Gobiernos y comerciantes. En América la mano de obra forzada apuntaló las nacientes economías a lo largo y ancho del Nuevo Mundo. No fue sino hasta 1780 cuando de Europa llegaron las primeras prohibiciones de poseer esclavos negro-africanos. En el siglo XIX, el movimiento antiesclavista fue extendiéndose en los Estados europeos que la fueron prohibiendo; en el mismo periodo fue creciendo un movimiento abolicionista.

También en el Continente americano las nuevas repúblicas lentamente la fueron aboliendo de manera formal, pero de hecho seguirá practicándose hasta casi finales del siglo XIX. En 1860 el primer presidente republicano de Estados Unidos, Abraham Lincoln, lo haría con lo que empezaría a cambiar muy lentamente la condición de los afroamericanos; ello no significó la superación de una discriminación racial que durará en muchos aspectos hasta los años 60 del siglo XX. La segregación racial práctica ha permanecido viva en muchos sectores sociales y legalmente tales prácticas llegaron a ser abolidas en la década señalada de 1960.

El fuerte-campo de concentración de esclavos de Elmina

En la costa de Ghana (antigua Costa de Oro), Elmina fue una de las primeras estaciones o enclaves estables europeas en las costas occidentales del África subsahariana. Su nombre podría derivarse del portugués «a mina» (la mina), pero también del árabe «al-mina» (el puerto). Su nombre corriente en la Ghana actual es Edina. Fue base principal del comercio de los portugueses en sus periplos africanos a partir de 1471, y en 1482 edificaron un fuerte-castillo llamado São Jorge da Mina, como punto de apoyo en su ruta marítima hacia las Indias orientales.

Por ello se convertirá en un punto de enlace y encuentro comercial y humano entre el mundo africano y el europeo a través de los portugueses, que arrendaban aquel enlace anualmente con los jefes locales. Más tarde la Compañía holandesa de las Indias Occidentales arrancaría a los portugueses aquel fuerte en 1637, convirtiéndolo en su principal base marítima en la ruta hacia el norte de Ciudad del Cabo.

Los holandeses construyeron en 1652 un nuevo fuerte, Coenraadsburg, antes Fort São Tiago da Mina. En 1782, durante los varios choques internacionales que se produjeron con motivo de la Guerra de independencia norteamericana, la armada británica lo atacó sin lograr conquistarlo. Los holandeses la venderán a los británicos en 1872 junto con toda la Costa de Oro holandesa, y los británicos la conservarán como colonia hasta la independencia de Ghana en 1957.

Elmina se convierte en a partir del siglo XVII en el gran mercado negrero, y también de marfil y de oro. Por ello el lugar fue un punto de asimilación de elementos culturales y religiosos europeos. Fue también aliada de Ashante, y su principal salida comercial en la costa en concurrencia con Ciudad del Cabo. A lo largo del siglo XIX Elmina crece como una de las mayores ciudades de la costa, con una prospera burguesía comercial indígena y afro-europea. En 1872 rechazó el paso a manos inglesas por lo que estos le prendieron fuego, reconstruyendo en 1873 otra nueva en la parte norte de la laguna vecina. Hoy, se conserva su famoso castillo, unido a la triste memoria de la trata negrera y al Fuerte holandés de Coenraadsburg.

En la antigua Elmina portuguesa se erigió el primer templo católico en la África subsahariana, en uno de cuyos muros aún se lee la inscripción «Dios está aquí». Con esa burda justificación los religiosos hacían la vista gorda ante el tráfico de esclavos y su sufrimiento. Y contradictoriamente los piadosos cristianos oraban en medio de tormentos, violaciones y asesinatos.

Fue este lugar de sufrimientos e injusticias increíbles el que visitó San Juan Pablo II en 1992, y donde antes de concluir su visita leyó la inscripción en uno de los antiguos enclaves militares y comerciales: “A la memoria eterna de la angustia de nuestros ancestros. Que quienes murieron descansen en paz. Que quienes regresen encuentren sus raíces. Que la humanidad nunca más cometa semejante injusticia contra la humanidad. Nosotros, los vivos, juramos no hacerlo”.

Mensaje del Papa San Juan Pablo II durante su visitaa los lugares tristemente marcados por la trata atlántica de esclavos:

“1. Déjenme contarles mi alegría y mi emoción al visitarles en esta famosa isla de Gorée, que su historia y la calidad arquitectónica de sus viejas edificios han sido declarados Patrimonio de la Humanidad.

Sí, junto con mi alegría, quiero compartir con ustedes mi profunda emoción, la emoción que se experimenta en un lugar como éste, profundamente marcado por las incoherencias del corazón humano, el escenario de una lucha eterna entre la luz y las tinieblas, entre el bien y el mal, entre la gracia y el pecado. Goree, símbolo de la venida del evangelio de la libertad, es también, por desgracia, el símbolo del terrible error de quienes esclavizaron hermanos y hermanas a quienes estaba destinado el evangelio de la libertad.

El Papa, que siente profundamente las alegrías y las esperanzas como también el dolor y la angustia de los hombres, no puede permanecer indiferente a todo lo que representa Gorée.

2. […] Desde el siglo XV, Gorée recibió los primeros sacerdotes católicos, capellanes de las carabelas portuguesas que hacían escala. Es cierto que la Buena Nueva de Jesucristo no se extendió inmediatamente en el continente, pero, a partir de entonces, Goree y St. Louis se convirtió en verdaderos centros de evangelización, el Papa se complace en honrar su influencia. Además, Goree reclama el honor de haber dado a la Iglesia los primeros sacerdotes senegaleses de los tiempos modernos, y es en Goree que los misioneros del Venerable Padre Libermann fundaron en 1846 la misión de Dakar. […]

Estoy feliz de dar gracias por todo lo que han hecho generaciones de misioneros, catequistas y sacerdotes, religiosos y religiosas, como la hermosa figura de la Beata Anne-Marie Javouhey, que dio un ejemplo notable, como tantos otros, de verdadero amor a Dios y al prójimo […].

3. Pero al llegar a Gorée, donde seríamos capaces de participar plenamente en la alegría de la acción de gracias, ¿cómo no sentir tristeza al pensar en los demás hechos que evoca este lugar? La visita a los «la casa de los esclavos» nos recuerda la trata de negros, que Pío II, escribiendo en 1462 a un obispo misionero que partió a Guinea, calificó de «crimen enorme», «magnum scelus». A lo largo de un periodo de la historia de África, hombres, mujeres y niños negros fueron traídos en este terreno estrecho, arrancados de su tierra, separados de sus familias, para ser vendidos como mercancías. Venían de todos los países y, encadenados, partían a otros lugares, guardaban como la última imagen del África natal la masa de roca basáltica de Goree. Podemos decir que esta isla permanece en la memoria y el corazón de toda la diáspora negra.

Estos hombres, mujeres y niños fueron víctimas de un vergonzoso comercio, del que hicieron parte personas bautizadas pero que no vivían su fe. ¿Cómo olvidar los enormes sufrimientos infligidos, en violación de los derechos humanos más básicos, a los pueblos deportados del continente africano? ¿Cómo no recordar las vidas humanas destruidas por la esclavitud?

Hay que confesar con toda verdad y humildad este pecado del hombre contra el hombre, este pecado del hombre contra Dios. ¡Que es largo el camino que la familia humana debe pasar antes de que sus miembros aprendan a mirarse y respetarse como imágenes de Dios, para amarse finalmente como hijos e hijas del mismo Padre celestial! Desde este santuario africano del dolor negro, pedimos perdón del cielo.

4. Para concluir este encuentro, después de nuestra oración universal, invocamos María, Madre de Misericordia. En nuestro profundo arrepentimiento por los pecados del pasado, en especial los que nos recuerda este lugar, le pedimos que sea «nuestra abogada» ante su Hijo. Oramos para que cese la violencia y la injusticia entre los hombres, para que no se vuelvan a cavar nuevas trincheras de odio y venganza, sino que progresen el respeto, la armonía y la amistad entre todos los pueblos.” ________________________________________

Mensaje de San Juan Pablo II a los Afroamericanos. Durante Su Viaje Apostólico a Santo Domingo:

“1. El V Centenario de la Evangelización del Nuevo Mundo es ocasión propicia para dirigiros, desde la ciudad de Santo Domingo, mi mensaje de aliento que acreciente vuestra esperanza y sostenga vuestro empeño cristiano en dar renovada vitalidad a vuestras comunidades, a las que, como Sucesor de Pedro, envío un saludo entrañable y afectuoso con las palabras del apóstol san Pablo: «Que la gracia y la paz sea con vosotros de parte de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo» (Ga 1, 3).

La evangelización de América es motivo de profunda acción de gracias a Dios que, en su infinita misericordia, quiso que el mensaje de salvación llegara a los habitantes de estas benditas tierras, fecundadas por la cruz de Cristo, que ha marcado la vida y la historia de sus gentes, y que tan abundantes frutos de santidad y virtudes ha dado a lo largo de estos cinco siglos.

La fecha del 12 de octubre de 1492 señala el inicio del encuentro de razas y culturas que configurarían la historia de estos quinientos años, en los que la penetrante mirada cristiana nos permite descubrir la intervención amorosa de Dios, a pesar de las limitaciones e infidelidades de los hombres. En efecto, en el cauce de la historia se da una confluencia misteriosa de pecado y de gracia, pero, a lo largo de la misma, la gracia triunfa sobre el poder del pecado. Como nos dice san Pablo: «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5, 20).

2. En las celebraciones de este V Centenario no podía faltar mi mensaje de cercanía y vivo afecto a las poblaciones afroamericanas, que representan una parte relevante en el conjunto del Continente y que con sus valores humanos y cristianos, y también con su cultura, enriquecen a la Iglesia y a la sociedad en tantos países. A este propósito, vienen a mi mente aquellas palabras de Simón Bolívar afirmando que «América es el resultado de la unión de Europa y África con elementos aborígenes. Por eso, en ella no caben los prejuicios de raza y, si cupiesen, América volvería al caos primitivo».

De todos es conocida la gravísima injusticia cometida contra aquellas poblaciones negras del continente africano, que fueron arrancadas con violencia de sus tierras, de sus culturas y de sus tradiciones, y traídos como esclavos a América. En mi reciente viaje apostólico a Senegal no quise dejar de visitar la isla de Gorea, donde se desarrolló parte de aquel ignominioso comercio, y quise dejar constancia del firme repudio de la Iglesia con las palabras que ahora deseo recordar nuevamente: «La visita a la Casa de los Esclavos nos trae a la memoria esa trata de negros que Pío II, en una carta dirigida a un misionero que partía hacia Guinea, califica de crimen enorme.

Durante todo un período de la historia del continente africano, hombres, mujeres y niños fueron traídos aquí, arrancados de su tierra y separados de sus familias para ser vendidos como mercancía. Estos hombres y mujeres han sido víctimas de un vergonzoso comercio en el que han tomado parte personas bautizadas que no han vivido según su fe. ¿Cómo olvidar los enormes sufrimientos infligidos a la población deportada del continente africano, despreciando los derechos humanos más elementales? ¿Cómo olvidar las vidas humanas aniquiladas por la esclavitud? Hay que confesar con toda verdad y humildad este pecado del hombre contra el hombre» (Discurso a la comunidad católica de la isla de Gorée, n. 3, 22 de febrero de 1992) .

3. Mirando la realidad actual del Nuevo Mundo, vemos pujantes y vivas comunidades afroamericanas que, sin olvidar su pasado histórico, aportan la riqueza de su cultura a la variedad multiforme del continente. Con tenacidad no exenta de sacrificios contribuyen al bien común integrándose en el conjunto social, pero manteniendo su identidad, usos y costumbres. Esta fidelidad a su propio ser y patrimonio espiritual es algo que la Iglesia no sólo respeta sino que alienta y quiere potenciar, pues siendo el hombre –todo hombre– creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26-27), toda realidad auténticamente humana es expresión de dicha imagen, que Cristo ha regenerado con su sacrificio redentor.

Gracias a la redención de Cristo, amados hermanas y hermanos afroamericanos, todos los hombres hemos pasado de las tinieblas a la luz, de ser «no-mi-pueblo» a llamarnos «hijos-de-Dios-vivo» (cf. Os 2, 1). Como «elegidos de Dios» formamos un solo cuerpo que es la Iglesia (cf. Col 3, 12-15) en la cual, en palabras de san Pablo, «no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo en todos» (Ibíd., 3, 11).

En efecto, la fe supera las diferencias entre los hombres y da vida a un pueblo nuevo que es el pueblo de los hijos de Dios. Sin embargo, aun superando las diferencias en la común condición de cristianos, la fe no las destruye sino que las respeta y dignifica.

Por eso, en esta conmemoración del V Centenario, os aliento a defender vuestra identidad, a ser conscientes de vuestros valores y hacerlos fructificar. Pero, como Pastor de la Iglesia, os exhorto sobre todo a ser conscientes del gran tesoro que, por la gracia de Dios, habéis recibido: vuestra fe católica. A la luz de Cristo, lograréis que vuestras comunidades crezcan y progresen tanto en lo espiritual como en lo material, difundiendo así los dones que Dios os ha otorgado. Iluminados por la fe cristiana, veréis a los demás hombres, por encima de cualquier diferencia de raza o cultura, como a hermanos vuestros, hijos del mismo Padre.

4. La solicitud de la Iglesia por vosotros y vuestras comunidades con miras a la nueva evangelización, promoción humana y cultura cristiana, será puesta de manifiesto en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que ayer tuve la dicha de inaugurar. Sin olvidar que muchos valores evangélicos han penetrado y enriquecido la cultura, la mentalidad y la vida de los afroamericanos, se desea potenciar la atención pastoral y favorecer los elementos específicos de las comunidades eclesiales con rostro propio.

La obra evangelizadora no destruye, sino que se encarna en vuestros valores, los consolida y fortalece; hace crecer las semillas esparcidas por el «Verbo de Dios, que antes de hacerse carne para salvarlo todo y recapitularlo todo en Él, estaba en el mundo como luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Gaudium et spes, 57). La Iglesia, fiel a la universalidad de su misión, anuncia a Jesucristo e invita a los hombres de todas las razas y condición a aceptar su mensaje.

Como afirmaron los Obispos latinoamericanos en la Conferencia General de Puebla de los Ángeles, «la Iglesia tiene la misión de dar testimonio del verdadero Dios y del único Señor. Por lo cual, no puede verse como un atropello la evangelización que invita a abandonar falsas concepciones de Dios, conductas antinaturales y aberrantes manipulaciones del hombre por el hombre» (Puebla, 406). En efecto, con la evangelización, la Iglesia renueva las culturas, combate los errores, purifica y eleva la moral de los pueblos, fecunda las tradiciones, las consolida y restaura en Cristo (cf. Gaudium et spes, 58).

5. Sé que la vida de muchos afroamericanos en los diversos países no está exenta de dificultades y problemas. La Iglesia, bien consciente de ello, comparte vuestros sufrimientos y os acompaña y apoya en vuestras legítimas aspiraciones a una vida más justa y digna para todos. A este propósito, no puedo por menos de expresar viva gratitud y alentar la acción apostólica de tantos sacerdotes, religiosos y religiosas que ejercen su ministerio con los más pobres y necesitados. Pido a Dios que en vuestras comunidades cristianas surjan también numerosas vocaciones sacerdotales y religiosas, para que los afro–americanos del continente puedan contar con ministros que hayan salido de vuestras propias familias.

Mientras os encomiendo a la maternal protección de la Santísima Virgen, cuya devoción está tan arraigada en la vida y prácticas cristianas de los católicos afroamericanos, os bendigo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Dado en Santo Domingo, el día 12 de octubre de 1992, V Centenario de la Evangelización de América.”

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