HUERTA GUTIÉRREZ, Ezequiel y Salvador

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Beatos hermanos mártires[1]

Antecedentes familiares

Quien conoce México sabe muy bien que Jalisco es tierra de gente recia. Sabe también que la doblez o la mediocridad está muy lejos de ser vicio tolerado. Reciedumbre y fortaleza han pasado a formar parte también del temperamento cristiano de sus gentes. No es extraño que por ello haya sido fecunda tierra de mártires cristianos. A este pueblo pertenecía la familia formada por Isaac Huerta Tomé y Florencia Gutiérrez Oliva, vecinos de Magdalena. De esta raíz saldrán los hermanos mártires Ezequiel y Salvador.

El padre, Isaac Huerta Tomé, se dedicó con habilidad al comercio en la región de Etzatlán, Ameca y Magdalena. Poseía una recua de bestias de carga con las que transportaba los productos, sobre todo minerales, a Guadalajara y traía de vuelta las mercancías con las que comerciaba en aquellos pueblos mineros de la región. Se había casado con la señorita Florencia Gutiérrez Oliva, de Tequila (Jalisco) y habían establecido su hogar en Magdalena. Allí habían abierto un buen almacén comercial donde vendían de todo. La familia Huerta Gutiérrez era respetada por todos y además daba ejemplo notable de vida cristiana. Participaban a diario a la misa en la parroquia y abrían sus puertas a cuantos acudían por cualquier necesidad. Doña Florencia era conocida por su generosidad con los necesitados y la firmeza de su temperamento, que tendrá una importancia e influjo notable en la educación de sus hijos. El matrimonio tuvo cinco hijos: José Refugio, Eduardo, Ezequiel, Salvador y Carmen.

EZEQUIEL HUERTA GUTIÉRREZ. (Magdalena, 1876; Guadalajara, 1927)

Ezequiel nació en la ciudad de Magdalena (Jalisco), el 7 de enero de 1876. Fue bautizado dos días después de su nacimiento en la iglesia parroquial del lugar por el sacerdote José María Rojas, recibiendo el nombre de José Luciano Ezequiel. Fueron sus padrinos los señores Agapito Sánchez y Blasa Gutiérrez. Como se usaba en aquellos entonces fue confirmado cuando tenía solo 23 meses.

Los testigos en el proceso de su martirio nos lo describen como un muchacho de temperamento tranquilo, generoso, sociable. En la medida en que fue creciendo, su sensibilidad por lo lindo y lo bello en todas sus dimensiones se manifestaba con premura. En esta sensibilidad se mostraba también su apertura hacia el sentido religioso y la piedad. En ello tuvo una parte notable su madre, que le educó en una especial devoción a la Virgen María, que le acompañaría durante toda su vida. “Ezequiel vivió su infancia en la población de Magdalena, Jalisco, sus papás se ocupaban de su primera educación y después en la escuela parroquial (...) Fue muy obediente y dócil con sus padres y educadores. Hizo estudios de canto del que hizo su adicción preferida (...) Tuvo una piedad muy fuerte y según tengo entendido de niño se le inculcó la devoción a la Virgen y la oración con Dios”[2].


Los hijos iban a determinar un cambio notable en la vida de toda la familia Huerta Gutiérrez. Quisieron que estudiaran en escuelas de mejor nivel de las que podían gozar en Magdalena; siendo la madre la que más insistía en ello. Por eso Don Isaac cedió ante los ruegos de la esposa y vendió sus propiedades para establecerse en Guadalajara. Dos de sus hijos, José Refugio y Eduardo, ingresaron en el Seminario de Guadalajara, que como en muchos otros lugares y no sólo de México, era uno de los centros educativos mejores del Estado, y en la práctica era una de las posibilidades que tenía la mayor parte de los hijos del pueblo de conseguir una educación media y superior notable. Así declaraba uno de los sobrinos nietos: “Cuando sus dos hermanos se fueron al seminario a Guadalajara, mi abuela prefirió irse a vivir a la ciudad y aprovechar para que los demás tuvieran una mejor educación”[3].

Hacia 1884 la familia se trasladó a Guadalajara, en el barrio del Santuario. Ezequiel entró en el Liceo de Varones para continuar sus estudios. Enseguida sus maestros se dieron cuenta de sus cualidades musicales y de su voz estupenda, por lo que le dirigieron hacia los estudios de música, composición y canto. Enseguida empezó a mostrar sus cualidades como organista. La música sería por ello su pasión y su vocación. Entró en el coro de la catedral metropolitana y a él pertenecerá durante toda su vida. Tenía que ganarse la vida para poder seguir con sus estudios. Encontró un trabajo como sacristán en el templo de Capuchinas; allí uno de sus maestros era cantor oficial, por lo que podía seguirle de cerca. Gran parte de su vida la pasará en Guadalajara.

Su hermano José Refugio fue ordenado sacerdote y entonces su madre, Doña Florencia, y su hija Carmen lo acompañaron a su destino en Atotonilco el Alto. En Guadalajara permaneció el padre, Don Isaac con sus otros dos hijos, Ezequiel y Salvador, que debían continuar sus estudios. De los rasgos que vemos emerge un joven piadoso y más bien recogido. De hecho no sólo era sacristán en un templo, cantor y músico. Participaba también en la vida cristiana organizada de su ciudad; pertenecía a la Adoración Nocturna, de la que amaba llevar su gran escapulario, y a la Congregación Mariana; los testigos que le conocieron hablan de su devoción eucarística, de su amor a la Virgen de Guadalupe y de su confianza en la Divina Providencia[4].

La música era su gran pasión; cuando vivía en Magdalena y venía a Guadalajara no se perdía asistir a ninguna opera. No tenía vicio alguno; ni tomaba ni fumaba[5]. Poseía una voz estupenda y sus cualidades musicales eran notables. En varias ocasiones lo invitarán a abrirse camino en el mundo de la música. Declinará las propuestas, sobre todo cuando contrajo matrimonio pondrá ante todo el bien de su familia, y su servicio como cantor; algo que él consideraba como su vocación peculiar. En el campo de la música sus estudios fueron sencillos y puede decirse que fue en un cierto sentido autodidacta, aunque hubiese hecho algunos estudios. “No hizo propiamente estudios superiores; estudió música, composición y canto con mucho éxito. Llegaron a ofrecerle trabajo en una compañía de ópera que venía de Italia pero él siempre sostuvo que su voz era para Dios. Él hacía sus propias partituras para diferentes voces y preparaba sus propios cantos para las iglesias, sobre todo para los días de fiesta”[6].

La ocasión de aquel ofrecimiento de dedicarse a la ópera ocurrió cuando llegó a Guadalajara una compañía italiana; el tenor principal se enfermó y trataron de conseguir a alguien, “de inmediato recurrieron a mi papá que fue el más recomendado”, recuerda uno de sus hijos: “La obra salió con mucho éxito a tal grado que lo invitaban a irse con la compañía de opera italiana, pero él no se interesó. El siempre sostuvo lo que decía: que su voz era para Dios en los coros de las iglesias”[7].

Pero también estaba comprometido en la vida pública, participando y siendo miembro del sindicato de obreros católicos. Su compromiso religioso cristiano lo llevaba a veces a quitarse incluso el pan de la boca para dárselo a los más menesterosos y a preocuparse por los más necesitados de entre sus compañeros[8]. La gente lo estimaba debido sobre todo a su exactitud en el trabajo y a que era un joven muy formal. Ya desde muy temprano se hacía respetar y por ello la gente enseguida le comenzó a llamar “Don Ezequiel”. Aquella seriedad suya inspiraba confianza en la gente. Durante la persecución religiosa incluso le confiaron la custodia de uno de los conventos[9].

Entabló una relación de noviazgo con una señorita originaria de Tepic. Se llamaba María Eugenia García, quien vivía en Guadalajara con sus padres Plutarco García y María Trinidad Ochoa. Es elocuente el recuerdo que nos ha dejado uno de sus hijos en el Proceso de martirio: “Mi papá trabajaba con mi abuelo materno y ahí conoció a mi madre. Siempre fueron de un trato muy respetuoso, sólo se veían por las tardes y cuando iban a misa; así era la usanza [...] Él tenía un gran respeto por la mujer; siempre decía que a la mujer no se le toca ni con el pétalo de una flor. Yo jamás oí de sus amigos ningún comentario negativo, jamás”[10].


Se casaron el 17 de septiembre de 1904 en el templo de las Madres Capuchinas ante su hermano, el Padre José Refugio[11]. María Eugenia tenía entonces 16 años y Ezequiel 28 años. Eran muy diferentes los dos. Ella era de carácter fuerte, enérgico y disciplinado. Él era bondadoso, afable y muy idealista. Se complementaban mutuamente. Se fueron a vivir en la calle Independencia, número 866. Enseguida se vio la actuación de una mujer realista como María Eugenia ante el temperamento un poco idealista y romántico de su esposo. Ezequiel actuaba con frecuencia por amor al arte, sin preocuparse de exigir nada por su trabajo. Ella enseguida comenzó a pedir la firma de contratos de trabajo y el pago de los servicios correspondientes; necesitaban entradas económicas para poder mantener a la familia.

Vivieron veintitrés años casados y tuvieron diez hijos: José Ezequiel Manuel (1905), María Guadalupe (1907) que murió al cabo de un año, José de Jesús (1909), María del Carmen (1911), José (1913), José Ignacio (1915), María Teresa de Jesús (1918) que murió en 1920; Ezequiel de Jesús (1920), que entraría como hermano en la Compañía de Jesús, María Trinidad (1922) y María Rosalía (1925). Era una familia unida y donde reinaba la alegría, sostenida por la dedicación total de una madre fuerte y la sensibilidad de artista de un padre muy hogareño. De él sus hijos recordaban su trato alegre, suave y cariñoso, su elegancia en el hablar y en el trato y hasta en las correcciones, como recuerda uno de ellos: “Tenía estilo muy bonito para corregir que a uno hasta las ganas de cometer travesuras se nos quitaban”[12].


Cuando José Refugio, su hermano sacerdote, fue destinado a la parroquia del Santo Nombre de Jesús, llevó a vivir consigo a sus padres. Aquella parroquia estaba cerca del domicilio de Ezequiel; ello facilitaba las visitas frecuentes y una relación más intensa con su familia. De hecho, Ezequiel iba todos los días muy temprano a oír misa acompañado por alguno de sus hijos. Luego debía asistir a una segunda misa donde él debía participar como cantor. También le gustaba leer, y sus lecturas preferidas eran las vidas de santos, que luego él explicaba a sus hijos.

Trascribimos cuanto declaraba una de sus hijas en el Proceso de Martirio a este respecto: “Todos los días iba a misa y comulgaba, yo misma lo acompañaba, después iba a las misas que le tocaba cantar, Era una costumbre entre la familia la de rezar el santo rosario todos los días de la semana, incluyendo los domingos. (...) tenia mucha devoción a la Eucaristía por lo de la adoración nocturna, donde aprendió esa amistad con Dios, a la santísima Virgen no se diga. Le gustaba leer las vidas ejemplares”[13]. Un cristiano de este tenor de vida es lógico que desease manifestar su fe, sin miedo alguno. Una de sus hijas declaró en el Proceso de su martirio que para obtener precisamente el don del martirio añadía un padre nuestro en el rezo del rosario que recitaba en familia todos los días: Rezábamos el rosario de rodillas. Una de las cosas que me impresionaron mucho y que mi madre me contó es que cuando rezábamos el rosario, él añadía un padre nuestro para obtener el martirio ya que para él era un honor que alguno de la familia fuera un mártir. Casi todos nosotros aprendimos más de su ejemplo. Él respetaba mucho tanto a los sacerdotes como a la Iglesia[14].


Un día, estando en la iglesia de Santa Teresa, escuchó a un hombre blasfemando desaforadamente. Salió y lo recriminó. Ezequiel recibió como respuesta una cuchillada en el abdomen. Se supo que el atentado había sido urdido por un músico envidioso. Ezequiel lo perdonó y nunca quiso tomar venganza. Ezequiel era un hombre profundamente sensible y delicado; no era en absoluto un mojigato ni su devoción era amanerada. Todo lo contrario; la suya era una fe recia en un carácter fuerte y sin miedo a manifestar su fe. Así declaraba uno de los testigos: “Siempre observó sus obligaciones como cristiano siguiendo firmemente los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia (...) Siempre manifestó una firme convicción en sus ideas y en su fe aun en el momento mismo que derramó su sangre. Fue torturado y hasta el momento mismo de su muerte se manifestó fuerte en sus ideales. Jamás lo escuché o supe que él haya manifestado algún desaliento o desánimo en sus convicciones hacia Dios y hacia la Iglesia”[15].

La Eucaristía: fuente de su fuerza y de su martirio

Esa fe viva, sobre todo en la Eucaristía que fue sin duda la matriz de su fortaleza en los momentos de la prueba y del martirio, la sabía transmitir a quienes lo conocían o se acercaban a él. Es cuanto emerge del testimonio de uno de los testigos que le conocieron bien, el ingeniero Miguel Francisco Saavedra Sáenz. Lo había conocido en su juventud, en Guadalajara, donde vivía con sus padres llegados desde Zacatecas en los días aciagos de la revolución. Este maduro ingeniero, recordaba ya en su ancianidad que Ezequiel era un hombre de oración y de gran convicción y firmeza en su fe. Afirmaba también que toda la vida de Ezequiel había sido un himno de alabanza y de esperanza en Dios. Le llamaba la atención la gran fortaleza con la que afrontó las torturas y el martirio, e indica explícitamente la Eucarística como la fuente de tal fuerza sobrenatural. A la pregunta precisa del juez sobre este punto en el Proceso de Martirio, el señor Saavedra respondió con fuerza: “Claro, señor, claro. No sólo frecuentaba (los sacramentos), sino que los vivía y los transmitía a todos, era de una asistencia diaria a su misa, y no sólo a una sino que además de la que él oía, participaba en no sé cuantas más, porque tenía que cantar en ellas. Todos los padres y párrocos lo querían mucho y se lo peleaban para que cantara en sus misas. Yo lo conocí por su obra, por su misión, por su actuar, pero lo que sí puedo decir es que era una maravilla. Su vicio, sí señor, el canto, la música y su enloquecido amor a su Dios”[16].

En una ciudad y región donde los franciscanos tuvieron un papel de evangelizadores pioneros, su presencia ha impregnado desde siempre la vida espiritual de muchos fieles, especialmente a través de fraternidades y asociaciones, como la Tercera Orden Franciscana. Ezequiel entró en ésta el 2 de diciembre de 1923 y en ella «profesó» el 1 de febrero de 1925, ya en plena persecución religiosa. Entramos aquí en uno de los aspectos más delicados y significativos de la vida de Ezequiel y de su esposa: su decisión de vivir una radical consagración a Dios también en el campo de una práctica de la castidad matrimonial en la forma práctica que se asemeja a la de los votos religiosos. Uno de sus últimos hijos, Ezequiel, nacido el 5 de julio de 1920, luego hermano jesuita, comunicó ante los jueces un testimonio recibido de su madre y que él mismo consideraba sumamente delicado y heroico: “Aquí es muy importante comunicarles a ustedes (dijo a los jueces) algo muy secreto y muy íntimo. Después que nació la última de mis hermanas, llamada Rosalía, mi padre y mi madre hicieron una promesa de castidad por mutuo acuerdo. Se separaron las camas y esto duró hasta la muerte de mi padre. Estamos hablando de los años 1925 hasta 1927. Esto yo lo tomo como una consagración de ambos y una preparación a lo que sería su martirio”[17].

A comienzos de 1926, las medidas opresivas de los gobiernos contra la Iglesia, las continuas represiones contra los obispos, sacerdotes, y todos los fieles, llevaron a los obispos mexicanos a tomar una decisión que ha hecho época: ordenaron la suspensión del culto público, cerrando indefinidamente todas las iglesias. La medida fue como una bomba que despertó las conciencias de muchos y alarmó sobremanera al gobierno del país que decidió llevar hasta el extremo su represión sangrienta. Los sacerdotes debieron escapar o esconderse para ejercer su ministerio clandestinamente. También los dos hermanos de Ezequiel debieron seguir el camino azaroso y peligroso de la clandestinidad.

Al cerrarse las iglesias, también Ezequiel quedó sin trabajo, ya que el suyo era el de cantor y sacristán en los templos. Sin embargo, ello no le encerró en sí mismo ni le llevó a esconder su fe cristiana; todo lo contrario, fue ocasión para jugar claramente su pertenencia eclesial. En el barrio de Mezquitán de Guadalajara había un convento de monjas carmelitas descalzas, llamado “Monasterio de la Hoguera”. La familia de los Huerta y García permutó su casa con las religiosas de la calle Independencia, con su convento. Además, Ezequiel aceptó ser el guardián del templo de San Felipe Neri. Todo el mundo lo conocía y sabía cuál era su vínculo de siempre con los sacerdotes y los templos por haber sido desde siempre cantor en ellos. Además el hecho de tener dos hermanos sacerdotes, lo ponía en entredicho. Ezequiel continuó asistiendo al culto privado en las casas y cantando en ellas. Era también una manera elemental de ganarse algo para la manutención de su familia numerosa.

Crece y se encrespa la persecución

Los dos hijos mayores de Ezequiel, Manuel y José de Jesús, eran miembros activos de la Unión Popular, movimiento de sentido católico que luchaba por la libertad política y religiosa. Los dos hermanos, junto con su primo suyo Salvador, hijo de quien también sería mártir junto con Ezequiel, entraron en la resistencia pacífica activa promovida por la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. Uno de los hijos del mártir Ezequiel así recuerda aquellos dramáticos momentos en el Proceso de martirio (12 nov. 1994):

“Me llamo Manuel Huerta García, soy ingeniero, tengo 89 años cumplidos; nací en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, México. Soy católico. Estudié la carrera de ingeniería (...) En mi juventud pertenecí a la Adoración Nocturna; fui miembro de la A.C.J.M.; fui miembro activo del movimiento cristero en el sur de Jalisco (...) Soy padre de once hijos y abuelo de más de veinte nietos. Soy hijo del Siervo de Dios Ezequiel Huerta Gutiérrez. Conviví con él desde que nacía, hasta la edad de 18 años, Mi trato fue muy estrecho ya que fui su hijo mayor... Me siento orgulloso de ser hijo del Siervo de Dios. Yo creo que el testimonio de sus mártires siempre servirá de ejemplo para las generaciones posteriores, como para toda la Iglesia. Mi declaración la fundamento en mi convivencia con mi padre, en el trato que tuve con él en los momentos de intimidad y diálogo que juntamente compartimos, en la misma vivencia de familia que nos tocó vivir. He tenido la oportunidad de leer cuanto libro se ha publicado de los cristeros, como de las biografías que se han publicado tanto de mi padre como de mi tío Salvador (el otro hermano mártir)”[18].

Ezequiel, al igual que su hermano Salvador, no participaron en el conflicto religioso. Lo dicen claramente sus hijas María Rosalía y María del Carmen en el Proceso de Martirio; la primera declaraba: “Él no participó en el conflicto religioso, aunque sus hijos Manuel y Jesús sí participaron en el movimiento armado de la cristiana; al inicio sin la autorización de mi padre; después no le quedó otro remedio más que aceptar, pero él era enemigo de la violencia”[19].


El 1 de abril de 1927 la ciudad de Guadalajara vivió una jornada de terror ante el asesinato perpetrado por el poder público de cuatro conocidos jóvenes católicos de la ciudad: Anacleto González Flores, Luís Padilla y los hermanos Jorge y Ramón Vargas González. Aquella misma tarde, Ezequiel fue a visitar a su hermano Salvador, tremendamente conmovido por aquellos dramáticos hechos. Llegaron dos de sus hijos, casi adolescentes, Manuel y Salvador, que se habían unido a los cristeros. Ezequiel temía también por su otro hijo José de Jesús, que tenía apenas 18 años y que se había unido también a los cristeros y servía como enlace en su intendencia y que había mostrado, como muchos de los jóvenes que se habían unido a aquellas formaciones de aguerridos luchadores, una habilidad y valor no comunes. Ante el peligro que corrían sus jóvenes hijos, las pesquisas y registros continuos de la policía en las casas, los dos hermanos decidieron que los hijos de Ezequiel debían escapar a los Estados Unidos para salvar sus vidas. Los jóvenes se rebelaron ante la decisión de su padre y tío, pero al fin cedieron ante su fuerte voluntad. El dos de abril los jóvenes tomarían el camino de La Quemada (Jalisco) para tomar el tren que les iba a llevar a los Estados Unidos. Los llevó a la estación del ferrocarril en coche Adelina, esposa del futuro mártir Salvador, junto con otros dos de sus hijos.


Entre tanto, Ezequiel y Salvador se unieron aquella noche del primero de abril, a otros muchos católicos de Guadalajara para velar los cuerpos de los mártires. El dos de abril, Ezequiel quedó en casa cuidando a sus hijos pequeños, mientras que su esposa María Eugenia se había ido a velar el cadáver del mártir Anacleto González Flores. Eran las nueve de la mañana cuando unos individuos se introdujeron en la casa cerrando con llave el cancel de ingreso. Ante la protesta de Ezequiel, los intrusos respondieron con desprecio e insolencia que venían con una orden superior para detenerlo. Registraron entonces la casa, destruyeron lo que quisieron y robaron lo que se les antojó ante el terror de los niños. Llegó en aquellos momentos su esposa encontrándolo maniatado y a la casa patas arriba.

Dándose cuenta de lo delicado de la situación, la señora quiso disimular y dijo que era una amiga de la familia; pero uno de los hijos al verla, le gritó: “Mamá, mamá, unos hombres están esculcando toda la casa”. Entonces, uno de los esbirros que tenían atado a Ezequiel cerró la puerta y obligó a María Eugenia a sentarse en una mecedora que había allí, en un corredor. Los esbirros sacaron entonces atado a Ezequiel y le llevaron al cuartel de la policía. No le dejaron ni despedirse ni de su esposa ni de sus hijos. Se despidieron con una mirada llena de lágrimas. Lo mejor es escuchar a sus hijos presentes: “Lo tomaron preso un sábado por la mañana, un día después que tomaron preso a Anacleto González. Mi mamá y yo fuimos a visitar el cuerpo de Anacleto entre las calles Garibaldi y Moro que es donde estaba el cuerpo de Anacleto. Regresamos a la casa y mi mamá salió para velar también el cuerpo de Anacleto. Nosotros nos quedamos con mi papá cuando llegaron dos individuos, tocaron el cancel y mi papá fue a abrir y yo atrás de él. “Digan, señores”. “Venimos a revisar las llaves del agua”. Una vez que entraron manifestaron que tenían una orden de cateo y que eran policías que andaban buscando armas y parque. No encontraron nada. Llegó mi madre y ella preguntó por la señora de la casa porque se dio cuenta de que eran policías. Llegaron más policías y se llevaron a mi padre (...) Había una gran manifestación de todo Guadalajara, ya que llevaban el cuerpo de Anacleto González al panteón de Mezquitán. Yo salí con una canasta de comida para llevarle a la cárcel pero jamás lo volvimos a ver”[20].


En aquellos momentos llegó a casa un seminarista llamado Juan Bernal. Lo detuvieron también. Será testigo providencial de lo que pasará en la cárcel con los dos hermanos futuros mártires[21]. Este seminarista será luego ordenado sacerdote; fundará un hospital para Leprosos, cerca del Hospital Civil. Llevaron a Ezequiel a los lúgubres calabozos de la inspección de policía, de triste memoria, llamados “Lobas”. Allí se encontrará separado sólo por un débil tabique, con su hermano Salvador. Hacia el medio día se llevaron detenido también al calabozo al hijo de Salvador, Gabriel, de catorce años, cuando llegó a la cárcel trayendo en una canasta algo de comida para su padre y su tío. Los acusaban de fabricar parque (municiones) para los cristeros. Al muchacho lo soltaron hacia la medianoche, sin darle noticia alguna sobre su padre.

Mártires de Cristo

Empezó entonces el calvario de los dos hermanos mártires. El sargento de la policía que mandaba a aquellos sayones se llamaba Felipe Vázquez. Y como solían hacer con los demás presos cristianos, ordenó que los suspendiesen de los dedos pulgares y azotarles las espaldas, con el propósito de arrancarles confesiones sobre los movimientos de los cristeros y obligarlos a indicar donde se encontraban escondidos sus hermanos sacerdotes, y el arzobispo de Guadalajara Don Francisco Orozco y Jiménez. Los dos hermanos de sangre por su nacimiento humano, se van a convertir en hermanos gemelos de sangre derramándola por Cristo en el martirio, y naciendo el mismo día a la gloria de los mártires. ¿Cuáles fueron los rasgos más significativos de Salvador?

SALVADOR HUERTA GUTIÉRREZ. (Magdalena, 1880; Guadalajara, 1927)

El cuarto y penúltimo hijo del matrimonio Huerta Gutiérrez fue Salvador. Nació el 18 de marzo de 1880, cuatro años y cuatro meses después de Ezequiel, en Magdalena[22]. Fue bautizado cuatro días después de su nacimiento, el 22 de marzo, en la iglesia parroquial de Magdalena por el sacerdote José María Rojas; fueron sus padrinos Pablo Apodaca y María Huerta.

Uno de sus hijos, Eduardo, nos da un retrato interesante de él; sus hijos lo quisieron y admiraron mucho, por ello la fotografía que nos ofrece su hijo es ciertamente sublimada por aquel profundo afecto. Así declaraba ante el tribunal de su Proceso de martirio “Era alto, muy robusto, de piel muy clara, ojos muy profundos, muy dinámico; un poco reservado, alegre, difícilmente se desmoralizaba por las adversidades. Desde muy joven trabajó y siempre tuvo lo necesario para vivir, hasta alcanzar una buena posición social y económica”[23]. Le gustaba manipular con los objetos mecánicos; era perseverante y fuerte en sus cosas, pero era dócil, formal, tranquilo y alegre, obediente y sobre todo muy cariñoso con sus papás.

Su vocación por la mecánica

Como a su hermano Ezequiel, también le apasionaba la música. A este amor añadió el de la mecánica. Sería la profesión de su vida[24]. Salvador entró en el Liceo de Varones de Guadalajara. Así lo recuerda José Huerta García, su sobrino e hijo del mártir Ezequiel: “Él estudió en el Liceo de Varones y creo que estudió también algo de literatura o algo así porque tenía una ortografía y caligrafía muy bonita. Se puso a aprender de lleno la mecánica con unos alemanes que lo apreciaban mucho y de los que aprendió bastante. Él inició de aprendiz, ya que así era en aquellos tiempos, pero fue muy precoz. Trabajó de joven en “La Casa Redonda” de los ferrocarriles, ahí aprendió bastante de máquinas y de mecánica en general”[25].

Acabada la escuela secundaria se vio que su camino no era el de los estudios. Sus padres lo enviaron de nuevo al campo, pensando que podría servirle para madurar su elección vocacional. Y así fue. Optó por lo que era la pasión de su vida: la mecánica. Entró a trabajar en una compañía alemana bajo la dirección de un ingeniero llamado Carlos Trowsdo, convirtiéndose luego en uno reconocido mecánico de automóviles en Guadalajara.

En cierta ocasión quisieron probar una máquina y los responsables escogieron a otro mecánico para que la pusiera en marcha. Sucedió una grave desgracia mientras la ponía en marcha: en el arranque despidió una piedra que golpeó gravemente en la cabeza al conductor, matándole. Salvador salvaba así providencialmente su vida. Estas noticias nos muestran un joven activo, inteligente, práctico y en cierto sentido independiente y con espíritu de iniciativa. Ello le facilitaría abrirse camino en la vida y encontrar un buen oficio en todos los lugares por donde anduvo. Así estuvo en Zacatecas trabajando en aquella región minera en las bombas y en otros trabajos mecánicos. También aquí le pasó algo sorprendente. Un día yendo en un elevador se rompió una de las poleas. El ascensor cayó y murieron todos los obreros que lo ocupaban menos Salvador. De Zacatecas se traslada a [[ [[ Aguascalientes | Aguascalientes]] | Aguascalientes]] y entra a trabajar en los talleres de la llamada “La Casa Redonda”; eran uno talleres donde se construían y arreglaban las máquinas y vagones de los Ferrocarriles Nacionales Mexicanos. Era un mecánico apreciado. Pero también aquí sufrió varios accidentes de los que salió siempre ileso. Un día, por ejemplo, se le atoró el tirante del pantalón en una de las bandas de una máquina que lo levantó hasta casi el cielo. El tirante se rompió y Salvador cayó al suelo recibiendo un gran golpe, pero la maquina no se lo tragó. Otro día se le cayó encima el frente de una locomotora, pero los golpes no resultaron graves. Parecía destinado a sacrificios mayores.

Formación de su propia familia

En Atotonilco el Alto junto conoció y se enamoró de una joven llamada Adelina Jiménez, hija de españoles andaluces. Así cuenta uno de sus sobrinos, José, hijo del también mártir Ezequiel, y nacido en 1913, que tenía 15 años cuando su padre y su tío fueron martirizados: “Que yo sepa sólo tuvo una sola y única novia que fue mi tía Adelina, la conoció desde muy chico y como que se enamoró de ella y cuando tuvieron la edad que era permitido se hicieron novios y se casaron (...) Su matrimonio fue una maravilla; parecía como si siempre estuvieran enamorados; se gustaban mucho. Como que se adivinaban el pensamiento; se trataban con mucho respeto. Nunca los vi pelearse o estar enojados. Tuvieron diez hijos”[26].


La familia de la joven, que era huérfana de madre, no veía de buenos aquélla relación ya que Salvador tenía diez años más que ella y además no era de una familia tan acomodada como la de ella. Fueron novios durante tres años. Al final se casaron un 20 de abril de 1907, en la Capilla del Calvario de Atotonilco, en presencia de sus dos hermanos sacerdotes[27]. Salvador tenía 27 años y Adelina 18. Dos de los cuatro padrinos de boda fueron su hermano y futuro mártir con él, Ezequiel, junto con su esposa. Se fueron a vivir a [[ [[ Aguascalientes | Aguascalientes]] | Aguascalientes]] donde Salvador trabajaba. Vivieron casados veinte años, hasta su martirio. Dios les bendijo con once hijos. Salvador (1908), María (1909), Guadalupe (1911), Gabriel (1913), Dolores (1914), Isabel (1917), Antonio (1919), Francisco (1921), José Luís (1924), Isaac (1924) que falleció a los 40 días de nacido, y Eduardo (1926).

Un buen mecánico

Los dos primeros años vivieron en [[ [[ Aguascalientes | Aguascalientes]] | Aguascalientes]], donde nacieron sus dos primeros hijos. En 1909, tras la insistencia de su madre, se trasladaron a Guadalajara; allí Salvador empezó a trabajar como mecánico autónomo abriendo un taller mecánico propio, muy conocido en la ciudad. Comenzó alquilando un local para guardar los coches que le traían para reparar; más tarde tuvo que rentar un local más grande; no daba casi abasto en las reparaciones; tanto era el trabajo que tenía porque todo el mundo lo conocía como uno de los mecánicos mejores y más honrados de la ciudad. Los clientes venían de todas partes: particulares y administración pública, gente en alto como generales y empleados del Gobierno o gente normal; a todos atendía con competencia y sin distinciones[28].

Así recordaba uno de sus empleados y compañeros de trabajo: “El fue sencillo, humilde, nada tenía de presumido o creído. Él sabía que tenía uno de los mejores talleres de Guadalajara, y gran clientela y, si usted lo hubiera conocido... a todos trataba igual, con sencillez, optimismo; él metía a todo, desde arreglar las máquinas de los carros, lavaba los fierros, barrer el taller, sacudir los carros, lavarlos y dejarlos limpios. Él no se ponía ningún límite para hacer lo que tenía que hacer, fuere lo que fuere”[29].


Este trato con los trabajadores de su taller era, a decir de los testigos, exquisito; enseñaba a los más jóvenes, aconsejaba a todos, y sobre todo les daba ejemplo de trabajo, orden y vida cristiana. Así lo recuerda el compañero de trabajo, entonces aún bastante joven, José Cruz Gutiérrez García: “A nosotros nos tenía mucha paciencia porque varios éramos aprendices, nos enseñaba muy bien cada una de las cosas que teníamos que aprender. Tenía todo muy bien organizado y muy limpio. Él encomendaba un trabajo y siempre él lo supervisaba. Nos daba fe y mucha confianza. Yo lo acompañaba a recoger los carros y de regreso me dejaba manejar y me daba mucha seguridad; así aprendí la mecánica y a manejar que fue después lo que me ayudó a vivir y a sacar a mi familia. Siempre ayudaba a quien llegaba y pedía ayuda; nunca se le negaba nada y siempre salía con algo. Algunas veces nos daba algo más de lo que ganábamos. Nos preguntaba sobre nuestra familia; non daba consejos; era más que un patrón para nosotros, como un padre y así lo veíamos”[30].

Una santidad laical en la vida del trabajo diario

Este joven mecánico vivía una vida familiar y laboral que rezumaba recia fe cristiana por todas partes. Los trabajadores de aquel taller eran conscientes de ello, y por ello lo trataban con mucho respecto. Era un hombre que tendía su mano y abría su experiencia a todos; lo demostraba en el trato con sus obreros a los que él siempre ayudaba y les enseñaba, si algo no sabían, con paciencia. Como recuerda uno de ellos “casi siempre nos estimulaba y decía: “Claro que tu puedes”. Era muy entusiasta. Ayudó mucho a sus trabajadores y a sus familias”[31].

Llama la atención cómo aquel trabajador vivía en la presencia de Dios. Recuerda uno de los testigos: “Su relación con Dios se manifestó en cada momento de su vida, desde el amanecer en que él ofrecía a Dios su día y le ponía la intención del mes, hasta los momentos en que él trabajaba dedicándole a Dios cada uno de sus actos; él decía: ‘El trabajo es también un templo donde un también se puede comunicar con Dios.[32]

Como sus hermanos pertenecía a la Adoración Nocturna. Había solicitado entrar en la Asociación el 7 de marzo de 1921, y fue aceptado en 8 de agosto del mismo año. No había muchas asociaciones laicales por aquel entonces. La Adoración Nocturna era en México una de las más vivas. Los miembros pasaban toda la noche en guardia ante el Santísimo, o le dedicaban alguna hora en turnos durante la noche. Salvador solía pasar toda la noche. Lo hacía de rodillas. Además participaba en la vida de su parroquia, el templo de San Felipe y en el Santuario[33]. Su hijo mayor, Salvador, recordaba que muchas veces yendo en el coche se detenía frente a cualquier iglesia y le decía: “Vamos a visitar a nuestro Señor unos minutos. Se acercaba a mi oído y me pedía le pidiera a nuestro Señor que me hiciera bueno, inteligente en lo que yo hiciera del trabajo o carrera y santo, pero principalmente más que todo y sobre todo el ser humilde”[34].


En su casa se observaban rigurosamente los ayunos y abstinencias, y Salvador daba el ejemplo, absteniéndose durante la cuaresma de sazonar las comidas con el chile, que tanto gustaba; luego llegaba la Semana Santa que la familia vivía con una intensidad ejemplar, como una especie de participación familiar a un triduo de ejercicios espirituales y de intensa participación a los Misterios de la Pasión de Cristo; llegaba luego el día de Pascua; aquel día solemne era una gran fiesta para todos. Su casa era un hogar cristiano en el que la vida transcurría señalada por el año litúrgico. No parece exagerar si afirmamos que aquel hogar vivía una vida singular, como la experiencia de la vida de los antiguos monjes, sumergidos en un mundo de barbarie, y por ello mismo signo gozoso de esperanza y de vida nueva para rehacer una sociedad hecha añicos.

Un hombre recio

Que un hombre recio y sumergido en la actividad laboral con tan fuerte intensidad viviese este estilo de vida familiar, llama poderosamente la atención si se tiene en cuenta del ambiente hostil que los cristianos practicantes debían vivir por aquel entonces. Sus hijos y amigos testimonian sobre su gran fortaleza y cómo aguantaba todo, dolores físicos y morales, con rostro gozoso y sereno. Durante una carrera de coches se encontraba como juez al lado de la pista, uno de los coches manejado por una mujer se salió de la pista arrollándole y causándole graves heridas. El accidente le trajo consecuencias penosas para el resto de su vida, sobre todo en uno de los pies que se le hinchaba al tener que estar inmóvil debido a su trabajo en el taller. Sin embargo él supo soportar todo con serenidad y fuerza.

Como mecánico sufrió otros percances y accidentes en su trabajo, a veces dolorosos, que él sufrió con entereza, como en cierta ocasión en que se le machacaron dos dedos de la mano y tuvo que ser operado de urgencia; le tuvieron que cortar un pedacito de hueso para poder coserle uno de los dedos afectados; lo hicieron sin anestesia. Ofrecía todo a Dios por los demás, especialmente por su esposa que por aquel entontes sufría de cólicos hepáticos. Esta fortaleza y entereza emerge con fuerza durante su detención y martirio.

Uno de sus sobrinos, hijo de su hermano Ezequiel, recuerda: “Una de las cosas que me impresionaron de él era su sinceridad y tranquilidad. Una vez platicando con mi papá le decía:

“Oye, Salvador, y si nos matan a nosotros, ¿qué pasará con nuestras familias? Él muy tranquilo contestó: «Tan simple como que se las encomendamos a Dios, desde el cielo se puede guiar mejor a la familia y que jamás les falte nada»”.[35]

En las vísperas del martirio

Por aquellos días su hijo primogénito Salvador se había unido a los cristeros junto con su primo Manuel. El viernes 1 de abril de 1927 fueron fusilados Anacleto González Flores y varios jóvenes católicos de Guadalajara. Así recuerda la hija del mártir Salvador aquellos momentos dramáticos: “Fue el primero de abril cuando fusilaron al maestro Anacleto González Flores. Llegaron mi hermano salvador y mi primo Manuel que andaban en la cristiada, y mi padre y mi tío Ezequiel decidieron mandarlo a los Estados Unidos. Mi padre se despidió de ellos y les dijo: «De nosotros no se apuren, si es que nos matan, pues que nos maten». Y así continua la testigo, hija del mártir: “Salieron rumbo a La Quemada para tomar el tren a Estados Unidos. Mi padre se fue al taller”[36].

En efecto, la noticia del asesinato de Anacleto y sus compañeros estremeció a toda Guadalajara. Precisamente por aquellos días, los primos Manuel y Salvador habían venido a Guadalajara para visitar a sus padres. Aquella misma noche del viernes doloroso, los dos primos fueron al lugar donde los amigos y familiares velaban los cuerpos de los mártires. El ambiente saturado de tensión se podía cortar. En el mismo día, el futuro mártir Ezequiel fue a visitar a su hermano Salvador a su casa. Les preocupaban sus hijos mayores. Decidieron enviarlos al amanecer del día siguiente a los Estados Unidos para evitar que volviesen a la guerrilla cristera. Así fue. Adelina, la esposa de Salvador los acompañó en coche hasta la estación del tren; la debían acompañar también sus hijos María y Eduardo para evitar las sospechas de los controles que los militares habían puesto en el camino. Era el dos de abril de 1927. Así recuerda Manuel aquella impresionante despedida: “Mi tío Salvador nos despidió a mí y a Salvador, su hijo porque nos íbamos a ir a La Quemada, para tomar el tren para los Estados Unidos, pues mi padre y su hermano Salvador no querían que siguiéramos en la lucha armada. Mi tía, la esposa de Salvador, nos llevó. Fue la última vez que los vi a él y a mi papá”[37].

Su hija Isabel, que entonces tenía diez años recuerda: “Como a las once de la mañana llegaron unos policías a la casa para catearla y esculcaron todo. Sólo encontraron la pistola que mi primo Manuel había dejado antes de irse a los Estados Unidos. Más o menos a esa misma hora fueron al taller de mi padre y engañándolo, dizque para la reparación de un camión del Gobierno, se lo llevaron y jamás lo volví a ver.”[38]

Salvador les había creído porque ya otras veces habían solicitado sus servicios mecánicos para reparar algún vehículo militar. Cuando llegó al cuartel militar, allí lo detuvieron sin explicaciones y ya no vería más a ninguno de su familia. Mientras tanto la policía había invadido su casa, sin algún mandato judicial, y la había cateado. Durante el cateo cerraron la casa con llave, sin dejar entrar o salir a nadie. Dijeron que buscaban armas y propaganda católica. Revolvieron todo y echaron patas arriba muebles, roperos y enseres, rompiendo armarios, rajando colchones, abriendo cajones... Sólo encontraron algunos rosarios y estampas religiosas que eran del hermano sacerdote de los dos mártires, Eduardo, y una pistola de Manuel, que quería entregar a su padre y se le había olvidado antes de escaparse a los Estados Unidos con su primo. Los policías, tras revolver y tirar todo por tierra, se pararon en la cocina y tuvieron la desfachatez de engullir la comida que estaba preparada para los niños de la familia. Antes de irse dijeron a una de las hijas, Guadalupe, la mayor de las que estaban en casa, que mandara algo de comer a su padre a la jefatura de la policía porque lo habían detenido. Guadalupe mandó entonces a su hermano Gabriel, que entonces tenía 14 años, con algo de comer para su padre. Gabriel llvó la canasta a la jefatura, pero jamás encontró a su padre.


Una vez encerrado en un lúgubre calabozo del cuartel de la policía, Salvador se encontró con la inmensa sorpresa de ver que allí se encontraba otro preso: su hermano Ezequiel. Fue una sorpresa, pero fue también un motivo de inmenso confortamiento. Dios, que había saldado una fuerte amistad entre ellos en vida, la fortalecerá en los momentos supremos del testimonio con su sangre. Juntos habían crecido, juntos habían sudado para abrirse camino en la vida, juntos habían luchado por su fe católica, y ahora juntos iban a sellar su testimonio con su sangre mezclada en aquel sacrificio supremo. En las breves horas que les quedaron de vida los dos hermanos iban ser sostenedores mutuos de aquel testimonio.

Lo recuerda José, hijo de Ezequiel: “después de que los habían matado supimos que estuvieron en el Cuartel Colorado, pero en los separos [celdas] de los sótanos que eran muy húmedos, apestosos y llenos de animales. Ahí los interrogaron, tanto a él (mi tío Salvador) como a mi padre [Ezequiel]; los golpearon y trataron de que apostataran de su fe su de su religión, pero no los convencieron y optaron por matarlos”[39]. El testigo más fuerte de aquellos últimos momentos de los dos mártires, será el seminarista que había sido detenido junto con Ezequiel y quien se encontraba en el calabozo contiguo, desde donde pudo escuchar y seguir todos los acontecimientos. Su testimonio será recogido por otros allegados a los mártires que declararían años más tarde. Concretamente María Guadalupe (quien había quedado en casa cuidando a sus hermanos menores), refiriéndose a su padre Salvador, recordaba: “Parece que el tiempo que estuvo en la cárcel tuvo una conducta muy tranquila y muy serena. Él fue el que animó a su hermano Ezequiel a que confiara mucho en Dios, quien velaría por sus esposas y sus hijos. Parece que su hermano fue su único compañero de prisión según testimonio de este joven Bernal que se encontraba ahí detenido”[40].

La tortura previa al martirio de los dos hermanos

Ezequiel y Salvador fueron encerrados en los subterráneos del Cuartel Colorado. Allí fueron torturados. El general Jesús M. Ferreira fue quien ordenó las torturas. Quería sacarles noticias sobre sus dos hermanos sacerdotes José Refugio y Eduardo, que andaban escondidos ante el acoso persecutorio, como la mayor parte de los sacerdotes. Quería saber también el escondite del Arzobispo don Francisco Orozco y Jiménez, quien era una de las almas del combatiente catolicismo mexicano del momento. Como en aquellos días el movimiento cristero estaba creciendo y las fuerzas federales sufrían continuos reveses, los militares querían conocer los movimientos de los mismos y creían que los dos hermanos, por su conocido significado católico, podían darles informaciones sobre los mismos.

Fue un sargento, llamado Felipe Vázquez, quien se encargó de realizar las torturas, bastante usuales en los métodos de aquella policía: los colgaron por los pulgares y los azotaron en la espalda. El primero que fue torturado fue Ezequiel. No le pudieron sacar nada, también porque no lo sabía, y sobre todo no lograron que apostatara de su fe católica, que era lo que pretendían. El buen tenor tuvo fuerzas para entonar el conocido y popular canto: “¡Que viva mi Cristo! ¡Que viva mi Rey! ¡Que impere doquiera, triunfante su ley!”. Azotes, golpes y tortura lo dejaron inconsciente y acallaron su canto. Lo arrojaron así “hecho un cristo llagado” a la loba (calabozo inmundo). Así le vio llegar el desencajado y aterrorizado joven seminarista Juan Bernal. María Guadalupe, hija de Salvador declaró: “Nos contaron que lo martirizaron mucho lo pusieron en una celda y ahí vio un bulto que se quejaba y vio que era su propio hermano Ezequiel que anteriormente lo habían golpeado. Ellos a pesar de sus dolores se pusieron a cantar: «¡Que viva mi Cristo! ¡Que viva mi Rey! ¡Que impere doquiera, triunfante su ley!». Esto me lo platicó un seminarista [... ] de apellido Bernal”[41].


Ezequiel quedó medio muerto. Cuando recuperó el conocimiento se le oyó que susurraba: “Señor, ten piedad de nosotros; Cristo, ten piedad de nosotros...”. Un jesuita de Guadalajara, el Padre Ricardo Rizo Hernández[42], que conoció y se relacionó mucho con la familia de los mártires, declaró en su día que los mártires hubiesen podido haberse librado de la muerte y salir libres si hubiesen traicionado su fe. Y refiriéndose en concreto a Ezequiel dijo que “prefirió ir hasta el martirio antes que cometer alguna acción en contra de su fe y su religión”. Nos relata también un detalle, recogido de labios de Juan Bernal, compañero de cárcel: “Estando todo golpeado y dolorido, le dice a Bernal. «Por favor cuando me maten, te pido que en la bolsa secreta de mi pantalón traigo una moneda de cien pesos de oro, dile a mi esposa que es lo único que les puedo dejar».”

Y continúa el Padre Rizo: “Su muerte la ejecutaron casi en secreto, ya se había levantado mucho revuelto con la muerte del maestro [Anacleto González] y sus compañeros, apenas unos días antes. Yo creo que el Gobierno ya no quería provocar más manifestaciones, por eso ni los enterraron como se debía; simplemente los echaron a la fosa y los cubrieron con tierra. Fue después que los mismos familiares trataron de saber al menos dónde estaban, pero se podía hacer nada por ellos por miedo a una represión. Según me dijo Ezequiel, su hijo, se llevaron los restos a Arandas, en el seminario de los Padres Xaverianos”[43].

Tras Ezequiel le llegó el turno de las torturas a su hermano Salvador. Supo ser fuerte en su terrible calvario. También a él lo arrojaron semimuerto en el calabozo, junto a su hermano Ezequiel. Aquí entra el testimonio del entonces joven Bernal, que presenció aquellos momentos terribles. “El Bernal, que después fue apóstol de los leprosos en la ciudad de Guadalajara, -cuenta uno de los testigos del Proceso de Martirio, Agustín Plasencia -, estuvo preso con ellos; él era aún muy joven; yo creo que por eso no le hicieron nada, pero él contaba que en ningún momento lo vio flaquear. Cuando lo dejaron todo ensangrentado, junto con su hermano Ezequiel, sólo se oían leves quejidos y como que rezaban. Él estaba [Bernal] en la celda de enfrente. Cuando él contaba esto se le llenaban los ojos de lágrimas, dice que jamás se le iba a olvidar cuando los vio que los dejaron en la celda de enfrente todos golpeados pero con una entereza que sólo los hombres íntegros la pueden soportar y vivir.” [44]

El martirio de los dos hermanos

El gobierno actuó con sigilo y alevosía. No quería que la gente se enterara de lo que había hecho con los dos hermanos. Tenía la experiencia de cuanto había pasado pocos días antes con el asesinato de Anacleto González Flores y de sus tres compañeros que había levantado una oleada de protestas y una serie de manifestaciones a favor de los que la gente consideró desde el primer momento, como mártires de la fe. A las tres de la madrugada del domingo 3 de abril de 1927 sacaron a los dos hermanos Huerta en el camión de la policía, la julia, como la llamaba la gente. Los llevaron al cercano cementerio municipal de Mezquitán. Allí esperaba a los dos hermanos detenidos un pelotón de soldados para fusilarlos. Los fusilarán “a la entrada a mano derecha sobre el muro del panteón mismo por la parte de adentro”[45].

Los dos hermanos perdonaron a los quienes en nombre del Gobierno de la Nación los fusilaban sin juicio, sin ley y sin derecho. “Los perdonamos, ¿verdad?, dijo Salvador a su hermano Ezequiel”. Fusilaron primero a Ezequiel, que “en ningún momento titubeó o se le vio que haya tenido miedo a la muerte; al contrario, ante el pelotón de soldados don Ezequiel mismo se paró junto a la barda sin que nadie le acompañara, ya cuando sabe y siente el paraíso, la tierra se le hace chiquita; es una gracia que Dios le concede verdaderamente a muy pocos”[46]. “Tranquilo y sin amarrar de los ojos comenzó a cantar la canción de ‘Viva Cristo mi Rey [...]’; ahí le dispararon; después siguió don Salvador”[47].

Estaban presentes entre otros, algunas personas identificadas como los veladores en el cementerio, Casimiro Rodríguez y Atanasio Sánchez, que alumbraban la escena con una vela; “De esto dieron testimonio los que estaban en la custodia nocturna del panteón”[48]. “Los fusilaron en el panteón de Mezquitán el día 3 de abril de 1927, más o menos fue el fusilamiento como a la una de la mañana precisamente para no despertar sospechas, ni que la gente si diera cuenta para evitar manifestaciones como con don Anacleto y los que murieron con él. En el muro derecho del panteón y recargados sobre la misma barda, ahí los colocaron, primero fusilaron a mi papá; después mi tío Salvador muy tranquilo se quitó el sombrero y dirigiéndose a mi padre le dijo. «Me descubro ante ti, hermano, porque ya eres un mártir». Después se colocó espaldas al muro y viendo que el velador del panteón traía una vela encendida se la pidió, se rasgó la camisa y dirigiéndose a los soldados les dijo: «Les pongo esta vela en mi corazón para que no falléis ante corazón que tanto ha amado a Cristo, su Rey, su Dios». Una descarga de fusiles se oyó y mi tío cayó muerto. Después el capitán del pelotón se acercó a él y para que no quedara duda le dio el tiro de gracia en la mitad de la frente; esto lo confirmamos cuando sacamos los cadáveres”[49].


Solamente en 1932 los familiares de los dos mártires pudieron exhumar los cadáveres, reconocerlos y sepultarlos en la cripta de la familia Huerta en el mismo Panteón de Mezquitán. En 1952 por orden del cardenal arzobispo de Guadalajara, Garibi Rivera, serían trasladados a la parroquia del Dulce Nombre de Jesús de Guadalajara; era su párroco uno de los hermanos de los mártires, el Padre José Refugio Huerta Gutiérrez. El 20 de noviembre de 1980, las reliquias de los Mártires fueron de nuevo trasladadas a la capilla del seminario de los Misioneros Xaverianos en la colonia del Carmen en Arandas, Jalisco[50].

Los hermanos Ezequiel y Salvador Huerta Gutiérrez fueron beatificados como Mártires de la Fe, por mandato de SS. Benedicto XVI, el 20 de noviembre de 2005 en Guadalajara, en una ceremonia presidida por el Cardenal José Saraiva Martins C.M.F, Prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos.

NOTAS

  1. Las Actas del proceso sobre el martirio de los hermanos Ezequiel y Salvador Huerta Gutiérrez se encuentran en: CONGREGATIO DE CAUSIS SANCTORUM, P. N. 2008, Guadalaiaren. Beatificationis seu Delcarationis Martyrii Servorum Dei Anacleti González Flores et VII Sociorum… Positio super Martirio, Romae 2003. En el presente capítulo dedicado totalmente a los dos hermanos Huerta Gutiérrez, dos del grupo de los ocho mártires de Guadalajara, se citarán solamente los documentos mostrados en la llamada Informatio y en el Sumarium (abreviado: Summ.,) del Proceso bajo tales nombres según los casos.
  2. Summ., Test. II, 160, § 518.
  3. Summ., Test. VIII, 194, § 518.
  4. Summ., Test. I, 153, ad 11; Test. II, 160, § 424; Test. III, 166, § 439.
  5. Summ., Test. I, 154, ad 19.
  6. Summ., Test. IV, p 172-173, ad 12.
  7. Summ., Test. V, 178, § 470; Test. VII, p 189-190, § 505 ; Test. VIII, 196, § 521.
  8. Summ., Test. VIII, 195, § 519; Test. X, 208 ad 11.
  9. Summ., Test. I, 154, § 406; Test. II, 161, ad 17 ; Test. IV, 173 ad 17 ; Test. III, 167, § 442 ; Test. V, 179, § 473 ; Test. VI, 186, § 495.
  10. Summ., Test. I, 153, § 405.
  11. Doc.s, 498 del Summ. Test. IV, 173, § 457.
  12. Summ., Test. V, 181, § 481.
  13. Summ., Test. VIII, 196/197, § 522; Test. IX., 203, § 537.
  14. Summ., Test. V, 179, § 474.
  15. Summ., Test. II, 163, § 433.
  16. Summ., Test. VII, 190, § 506.
  17. Summ., Test. III, 171, n. 452.
  18. Summ., Test. I, 150, n. 400.
  19. Summ., Test. IV, 176, n. 465 ; Test. VIII, 197, n. 523.
  20. Summ., Test. II, p 161-162, n. 429; Test. IV, 174, n. 460; Test. VIII, 197, n. 424.
  21. Summ., Test. V, 180, n. 477; Test. II, 162, n. 430 ; Doc. XXVIII, 657.
  22. Doc. personales, 25), 499.
  23. Summ., Test. V, 24i, n. 641.
  24. Summ., Test. III, 231, n. 613.
  25. Summ., Test. VI, 246, ad 12; Test. XI, 278, ad 10.
  26. Summ., Test. VII, 254, n. 673; en realidad los hijos fueron once; uno Isaac, nacido en 1924 murió a los cuarenta días de nacido.
  27. Una de sus hijas, Isabel, declaró en el Proceso de Martirio, que se habían casado “el 20 de enero de 1907 más o menos” (Summ., Test. III, 231-232, n. 615).Los testigos dan la noticia del lugar del matrimonio sin indicar con precisión la fecha. La Positio sobre el martirio de Salvador se inclina por la fecha del 20 de abril, no la del 20 de enero.
  28. Summ., Test. X, 273, n. 723.
  29. Summ., Test. XI, 283, n. 750.
  30. Summ., Test. XI, 279, n. 738.
  31. Summ., Test. VII, 254, n. 674, lo mismo subrayan unánimemente todos los Testigos del Proceso de Martirio que lo conocieron personalmente; Test. II, 227, n. 601; Test. V, 242, n. 643 ; Test. VII, 254, ad 13; Test. X, 273, n. 721.
  32. Summ., Test. VI, 250, n. 664; lo mismo declama el compañero de trabajo, Test. XI, 282, n. 745.
  33. Summ., Test. II, 226, ad 10; Test. VI, 246, n. 655.
  34. Summ., Declarante XVIII, 476.
  35. Summ., Test. VI, 247, n. 658.
  36. Summ., Test. III, 233, n. 618.
  37. Summ., Test. VI, 248, n. 659.
  38. Summ., Test. III, 233, n. 618.
  39. Summ., Test. VII, 256, n. 678.
  40. Summ., Test. I, 222, n. 588.
  41. Summ., Test. I, 222, n. 588.
  42. Nacido en Guadalajara en 1920, entró en la Compañía de Jesús en 1938 y fue ordenado sacerdote en 1953; conoció bien a la familia de los mártires por ser vecino y amigo, especialmente de los hijos sacerdotes y compañero del hijo también jesuita de Ezequiel.
  43. Summ., Test. VI, 184, nn. 490-493.
  44. Summ., Test. XII, 287, n. 726; Test. V, 243, n. 645; Test. II, 228, n. 604.
  45. Summ., Test. X, 204, n. 542.
  46. Summ., Test. X, 210, n. 556.
  47. Summ., Test. IX, 204, n. 542 ; Test. I, 156, n. 413; Test. II, p 162-163, n. 431; Test. III, 169, n. 447 ; Test. IV, 175, n. 462 ; Test. XI, 216, n. 573.
  48. Summ., Test. IX, 269, n. 712.
  49. Summ., Test. VI, 249, n. 662; Test. VII, 257, n. 681; Test. X, p 274-275, n. 727; Test. XII, 287, n. 763 ; Test. I, 222, n. 589; Test. II, 228, n. 605; Test. III, 234, n. 621 ; Test. XI, 281, n. 743.
  50. Summ., Declarante XIII, p 458-459; Doc. XXVIII, 659; Test. VII, 258, n. 682; Test. I, 158, n. 421, Test. II, p 162-163, n. 431; Test. III, 171, n. 453 ; Test. IV, 175, ad 28; Test. V, 180, n. 479 ; Test. VIII, 199, ad 28; Test. XI, 216, n. 574.


FIDEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ



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