EVANGELIZACIÓN. Valor preponderante en la formación de la cultura Hispanoamericana
Sumario
PRÓLOGO
En su discurso pronunciado en la UNESCO ante la comunidad internacional del mundo de la educación y la cultura, San Juan Pablo II afirmó que “La significación esencial de la cultura consiste en el hecho de ser una característica de la vida humana como tal. El hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. La vida humana es cultura también en el sentido de que el hombre, a través de ella, se distingue y se diferencia de todo lo demás que existe en el mundo visible: el hombre no puede prescindir de la cultura.”[1]
El Papa prosiguió explicando que “La cultura es aquello a través de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre, «es» más, accede más al «ser». En esto encuentra también su fundamento la distinción capital entre lo que el hombre es y lo que tiene, entre el ser y el tener (…) Todo el «tener» del hombre no es importante para la cultura, ni es factor creador de cultura, sino en la medida en que el hombre, por medio de su «tener», puede al mismo tiempo «ser» más plenamente, llegar a ser más plenamente hombre en todas las dimensiones de su existencia.”[2]
En efecto, la cultura surge de mente y manos del hombre para beneficio del mismo hombre, que paradójicamente, al nacer es el ser más menesteroso del reino animal, pero que recibe de sus mayores los bienes que le permiten no solo sobrevivir, sino desarrollarse y cultivarse como hombre. En esta condición de indigencia-excelencia de la naturaleza humana encontramos la «causa eficiente», el origen de la sociedad.
Por ello Juan Pablo II afirmó en el mensaje a la UNESCO que hemos citado: “Las causas del éxito o del fracaso en la formación del hombre se sitúan siempre a la vez en el interior mismo del núcleo fundamentalmente creador de cultura, que es la familia (…) La familia comienza su obra en educación por lo más simple, «la lengua», haciendo posible de este modo que el hombre aprenda a hablar y llegue a ser miembro de la comunidad, que es su familia y su nación.”[3]
En conclusión, «la medida de la cultura es el hombre, no la cultura la medida del hombre», por lo cual la pregunta más importante que podemos formularle a una determinada cultura es ¿Qué hace de los hombres que viven en ella? ¿Qué posibilidades tiene de llevarlos a su realización como seres humanos?
Las respuestas a las preguntas que arriba hemos formulado dependerán necesariamente de cuál ha sido la valoración que cada cultura haya formulado de la persona humana; valoración que forma su núcleo central y determina sus realizaciones, independientemente del grado de desarrollo alcanzado en el dominio de su entorno geográfico. Dicho de otro modo, en el centro de la cultura está la valoración que hace de la persona humana, ya que de esa valoración dependerá la realización de los hombres concretos que viven inmersos en ella, y de las obras que surjan de sus mentes y sus manos.
LA VERDAD SOBRE EL HOMBRE
La pregunta ¿qué es el hombre? la han formulado e intentado contestar los hombres reflexivos de todos los tiempos, en la inevitable condición de que es siempre una pregunta en primera persona, y en cuya respuesta estará necesariamente involucrado quien la formula.
En la antigua Grecia, donde se sistematizó por primera vez el pensamiento reflexivo, Sócrates señaló la importancia de la pregunta con una sola frase: «Hombre, conócete a ti mismo», la cual fue escrita en piedra en el frontispicio del Templo de Apolo en la ciudad de Delfos.
Platón afirma que el hombre es un compuesto de cuerpo y alma, pero «el cuerpo es la cárcel del alma», por lo que el hombre debe buscar liberarse de esa «cárcel». Aristóteles también reconoce que el hombre es un compuesto de cuerpo y alma, pero lejos de darle al cuerpo una connotación negativa, destaca la bondad de la unión cuerpo material-alma espiritual, y por ello su pensamiento pudo ir mucho más allá del platonismo, afirmando que el hombre es un ser social por naturaleza (zoon politikon), capaz de distinguir el bien del mal.
“La razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. […] La palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad”.[4]
También el cristianismo formuló la pregunta y le dio respuesta a partir del Antiguo Testamento y, sobre todo, de la vida y enseñanzas de Jesucristo transmitidas en el Nuevo Testamento, siendo San Agustín de Hipona el primero en estructurar el pensamiento cristiano integrando todas las realidades del ser humano: cuerpo y espíritu, inteligencia y voluntad, individualidad y sociabilidad, tiempo y eternidad, fe y razón. Etc.[5]
La respuesta cristiana a la pregunta sobre la verdad del hombre es clara y contundente: el hombre es un ser creado “a imagen y semejanza de Dios”; es la única criatura sobre la tierra que Dios ha amado por sí misma.[6]
RELIGIÓN Y CULTURA
El factor religioso en la vida de las personas no es un hecho secundario y superficial; por el contrario, responde a la realidad más profunda de la naturaleza humana: la conciencia sobre sí misma, sobre su existir y la razón de su existir. Con la excepción del hombre, todos los entes sobre la faz de la tierra existen, pero no saben que existen.
Una piedra, un árbol, una jirafa, una hormiga o el más majestuoso de los planetas no tienen conciencia de su existir y no saben que existen. Además de su «conciencia de ser», el hombre tiene conciencia «del ser», de lo que existe, que «es», pero que no es él.
Y desde esa conciencia «de ser» y «del ser», con un ansia natural e irrenunciable a la inmortalidad, sabiéndose finito y temporal, desde la conciencia de su propia muerte «busca» el sentido de su vida, y lo que encuentra, sea o no verdadero (ese es otro problema) conforma su «cosmovisión», su «visión del mundo» y su lugar en él. Por ello todo ser humano “juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de una ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte”.[7]
Por tales razones podemos afirmar que el hombre es «naturalmente religioso»; ni las piedras, ni los vegetales, ni los animales lo son.[8]Esto explica por qué el hecho religioso se encuentra visiblemente (templos, ritos, costumbres) en todas las culturas, independientemente de su ubicación, época y grado de civilización que hayan alcanzado.
LA RELIGIOSIDAD EN LOS PROTAGONISTAS DEL «ENCUENTRO DE DOS MUNDOS»
Cada una de las personas concretas que protagonizaron el encuentro entre los que estaban y los que llegaban (Colón, Cortés, Pizarro, Moctezuma, Atahualpa, etc.), tenían una cosmovisión, profesaban una religiosidad y practicaban un culto.
Como común denominador de las religiones prehispánicas, profesadas por los que «estaban», era el panteísmo (todo es dios), el politeísmo (muchos dioses), la idolatría (culto a los ídolos) y el animismo (atribuye vida al sol, la luna, las montañas y los ríos). El ritual más practicado fueron los sacrificios humanos, pues se los exigían esa multitud de dioses inmisericordes que poblaban el panteón prehispánico. Por ello su cosmovisión era determinista, fatalista y profundamente desesperanzadora.
Ningún pueblo tuvo tampoco un concepto de hombre, ni lo había de justicia, de libertad, etc. De hecho, la concepción de sí mismos y en general del ser humano no era el de un ser superior que tuviera la capacidad de dominar la naturaleza, sino un elemento más de la misma que lo dominaba por completo, lo determinaba y lo absorbía.
Por parte de los que «llegaban» vemos que todos profesaban la misma religión: el cristianismo, pues sin excepción habían sido bautizados en el seno de la Iglesia Católica “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Confesaban a un solo Dios verdadero que, mediante la Encarnación de su Hijo único por la acción del Espíritu Santo en la carne virginal de María, derramó su Sangre para reconciliar a los hombres con Dios. Por ello la cosmovisión cristiana es optimista y esperanzadora.
En la cosmovisión cristiana el hombre es un ser creado “a imagen y semejanza” del Creador, dotado de inteligencia y libertad y de una dignidad inconmensurable, pues el cristianismo no solo distingue al Creador de la creación, entre Dios y sus obras, sino sostiene que el Universo fue creado «para» el hombre, y no el hombre para la creación.
Por esto, el encuentro entre la cosmovisión prehispánica y la cosmovisión cristiana fue el más trascendente en la formación de la cultura hispanoamericana que en esos momentos empezaba a nacer. Dicho encuentro tuvo un episodio muy representativo ocurrido en los inicios de la expedición de Hernán Cortés, a los pocos días de su arribo a la población de Cempoala, donde los españoles fueron bien recibidos; episodio narrado por uno de sus protagonistas: el soldado-cronista Bernal Díaz del Castillo en el Capítulo LII de su obra «Historia verdadera de la conquista de la Nueva España», capítulo que titula “Cómo Cortés mandó hacer un altar y se puso una imagen de Nuestra Señora y una cruz, y se dijo misa y se bautizaron las ocho indias.”
Narra Díaz del Castillo que “Cortés les hizo un muy buen razonamiento con nuestras lenguas, doña Marina y Jerónimo de Aguilar, y les dijo que agora los teníamos como a hermanos y que les favorecería en todo lo que pudiese (…) Y que pues en aquellos sus altos cúes (templos) no habían de tener más ídolos, que él les quiere dejar una gran señora, que es madre de Nuestro Señor Jesucristo, en quien creemos y adoramos, para que ellos también la tengan por señora y abogada. Y sobre ello y otras cosas de pláticas que pasaron, se les hizo un muy buen razonamiento, y tan bien propuesto para según el tiempo, que no había más que decir; y se les declaró muchas cosas tocantes a nuestra fe, tan bien dichas como agora los religiosos se lo dan a entender, de manera que lo oían de buena voluntad (…)
Y luego les mandó llamar todos los indios albañiles que había en aquel pueblo y traer mucha cal para que lo aderezasen, y mandó que quitasen las costras de sangre que estaban en aquellos cúes y que lo aderezasen muy bien. Y luego otro día se encaló y se hizo un altar con buenas mantas (…) Y otro día de mañana se dijo misa en el altar, la cual dijo el padre fray Bartolomé de Olmedo (…) E a la misa estuvieron los más principales caciques de aquel pueblo y de otros que se habían juntado (…) Y se les dio a entender que no habían más de sacrificar ni adorar ídolos, salvo que habían de creer en Nuestro Señor Dios; y se les amonestó muchas cosas tocantes a nuestra santa fe.”
El soldado-cronista no entra al detalle de las «muchas cosas tocantes a nuestra santa fe» que fueron «tan bien dichas de manera que lo oían de buena voluntad». Sin embargo, no es difícil deducir cual fue el centro del mensaje proclamado en ese momento, pues el cristianismo quedaría vacío de contenido sin él: «por amor a los hombres Dios se hizo hombre, y derramó su sangre para la salvación de los hombres».[9]Este mensaje era totalmente contrario a la cosmovisión prehispánica según la cual, los dioses inmisericordes exigen la sangre de los hombres para estar satisfechos, y permitir que el cosmos siga existiendo.
La perspectiva pesimista prehispánica saltó por los aires al serles anunciada otra muy distinta; por ello «lo oían de buena voluntad». Aunque no todos aceptaran el Mensaje cristiano y la esperanza cristiana que se les anunciaba, su cosmovisión ya no podía seguir siendo la misma.
De inicio algunos solicitaron el bautismo -generalmente mujeres- y otros solo tiempo después. Esta situación se repitió por todas partes, como en el Senado de Tlaxcala, donde Luisa Xicoténcatl y sus tres compañeras aceptaron de inmediato ser bautizadas, mientras que sus padres, los caciques, lo hicieron hasta un año después.
IMPRONTA CRISTIANA DE LA CULTURA HISPANOAMERICANA
Hispanoamérica nació cristiana pues, como lo recordaron los obispos reunidos en Puebla en la Tercera Conferencia General del CELAM en 1979, “Con deficiencias, y a pesar del pecado siempre presente, la fe de la Iglesia ha sellado el alma de América Latina marcando su identidad histórica esencial, constituyéndose en matriz cultural del Continente, de la cual nacieron los nuevos pueblos. Es el Evangelio, encarnado en nuestros pueblos, lo que los congrega en una originalidad histórica cultural que llamamos América Latina. Esa identidad se simboliza muy luminosamente en el rostro mestizo de María de Guadalupe, que se yergue al inicio de la evangelización.”[10]
NOTAS
- ↑ Juan Pablo II. Discurso a la Organización de las naciones unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura-UNESCO. París, 2 de junio de 1980, N°.6
- ↑ Ibidem, N° 7
- ↑ Ibidem, N° 12-14
- ↑ Aristóteles. Política I, 2, 1253a.
- ↑ Por ejemplo, con su célebre enseñanza «Crede ut intelligas» («cree para comprender») e «Intellige ut credas» («comprende para creer»), San Agustín señaló que entre fe y razón no hay incompatibilidad sino complementariedad
- ↑ Catecismo de la Iglesia Católica, 1703. “Dotada de un alma espiritual e inmortal (GS 14), la persona humana es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma (GS 24, 3).”
- ↑ WOJTYLA Karol. Signo de contradicción. Ed. BAC, Madrid, 1978, p. 204
- ↑ Aun el ateo más radical es religioso; solo que en tales casos expresan su religiosidad de manera negativa, como lo hizo Karl Marx en el proemio de su tesis doctoral: «Odio a todos los dioses».
- ↑ Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, N° 53
- ↑ CELAM, Documento de Puebla, N° 319.
JUAN LOUVIER CALDERÓN