HISPANOAMÉRICA. Su concepción, nacimiento y Bautizo

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Haciendo una analogía con un ser humano que primero es concebido por la unión biológica de su padre y su madre, luego formado en el vientre de su madre, después es dado a luz, y finalmente bautizado, podemos señalar que Hispanoamérica fue concebida el 12 de octubre de 1492 cuando la Hispanidad se unió a los pueblos originarios, que misteriosamente fue formada en el vientre de Nuestra Señora de Guadalupe quien la dio a luz el 12 de diciembre de 1531, y que fue bautizada por las Ordenes misioneras que recorrieron su geografía a lo largo del siglo XVI.


Concepción de Hispanoamérica

Podemos afirmar que el «acta matrimonial» de la Hispanidad con los pueblos indígenas, la econtramos en los Coloquios de los 12 Apóstoles de México. El encuentro en las playas de Guananí el 12 de octubre de 1492 fue el inicio de un largo proceso que se prolonga hasta nuestros días. El propósito principal (no único) de la exploración física emprendida por los reyes católicos, fue agregar nuevas almas al seno de la Iglesia; por ello, desde un principio la evangelización se constituyó como la brújula de la tarea en Indias.

El Continente empezó a comulgar por el espíritu y no por la biología la cual, siendo indispensable y necesaria, es totalmente superada por el espíritu, lo mismo en esencia que en importancia y trascendencia. Ese propósito hecho realidad es precisamente lo que define y caracteriza a la Hispanidad.

Los primeros encuentros se dieron en las islas y en las costas caribeñas, como si la Providencia hubiera preparado a unos y otros para el encuentro con las grandes civilizaciones continentales vigentes: la azteca en 1520 y la inca en 1534.

Los encuentros, en cuanto estuvieron precedidos por un propósito, no fueron fortuitos sino intencionales, y en cuanto un diálogo fue posible, los que «buscaron» dieron explicaciones a los «encontrados» de la razón de su búsqueda. Siguiendo nuestra analogía, fue como la «petición matrimonial» de España al Nuevo Mundo, y de esa petición hay unos documentos extraordinarios que la describen: son los llamados «coloquios de los doce apóstoles de México» llevados a cabo en 1524.

Esos documentos fueron conservados gracias a la diligencia de dos connotados misioneros franciscanos de la primera época, los que llegaron a dominar perfectamente la lengua náhuatl: el fraile historiador Gerónimo de Mendieta, y, sobre todo, fray Bernardino de Sahagún quien, con la ayuda de sus colabores indígenas, alumnos suyos en el Colegio de Tlatelolco, reconstruyó los diálogos de los primeros doce frailes con los sabios (tlamatinimes) aztecas.

Una edición facsimilar de los diálogos con traducción al castellano del texto en náhuatl, ha sido publicada por el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México.[1]

Los frailes se presentaron diciendo a los jefes aztecas por medio de los traductores que habían acompañado a Hernán Cortés, Doña Marina y Jerónimo de Aguilar: “Señores y principales de México (que aquí estáis juntos), oíd con atención y notad lo que os queremos decir, que es daros a entender la causa de nuestra venida”.

La primera explicación que les dieron fue hacer a un lado los equívocos que sobre ellos había elaborado su cosmovisión mítico-mágica: “No somos dioses, ni hemos descendido del cielo; somos pasibles y mortales como vosotros (…) no somos más que mensajeros enviados a esta tierra”.

La primera parte de los Coloquios (capítulos 1 al 5) versaron sobre la exposición de la doctrina cristiana y de la autoridad del Papa y del Emperador; la segunda parte trata de las respuestas, primero de los jefes (capítulo 6) y luego de los tlamatinime (capítulo 7), y concluye con la exposición final de los misioneros. (capítulos 8 al 13).

A la propuesta de los frailes de conocer y amar al Dios único y verdadero, que no demanda de ellos ni su sangre ni sus corazones, pues por amor es Dios quien ha derramado la suya, los jefes aztecas responden aceptándola vagamente, pero aún desde su cosmovisión mítico-mágica:

“Sabemos que habéis venido de entre las nieblas y nubes del cielo, así nos es nueva y maravillosa vuestra venida y personas y vuestra manera de hablar que habemos oído y visto; todo nos parece celestial. Parécenos que en nuestra presencia habéis abierto un cofre de riquezas divinas del Señor del Cielo y de las riquezas del gran sacerdote, que es Señor de la tierra; riquezas que nos envía nuestro gran Emperador.”

Los jefes se retiraron y narraron a los sabios y sacerdotes lo que los frailes les habían anunciado, lo que los turbó por completo pues derrumbaba hasta sus cimientos su cosmovisión fatalista. Al día siguiente los tlamatinime (sabios y sacerdotes) se presentaron para hablar con los misioneros a quienes expresaron su rechazo a lo expuesto el día anterior a los jefes: “no nos satisfacemos, ni damos crédito a lo que de nuestros dioses se nos ha dicho (…) antes moriremos que dejar su servicio. Esta es nuestra determinación.”

A este rechazo sin más argumento que el de una tradición sentimentalista, los frailes responden con una segunda exposición argumentativa: “Si fueran dioses verdaderos [los vuestros], si de verdad fueran el Dador de la Vida, ¿por qué mucho se burlan de la gente? ¿por qué de ella hacen mofa? ¿por qué no tienen compasión de los que son hechuras suyas? De día en día demandan sangre, corazones. Por esto son muy temibles a la gente…”

Los frailes ratifican la Buena Nueva, pero no esconden las consecuencias que trae su rechazo: “Vivís como ciegos entenebrecidos, metidos en muy espesas tinieblas de gran ignorancia, pero ahora que ya han oído la Palabra de aquí adelante vuestros errores ya no tienen excusa alguna.”

El pesimismo ancestral de la cosmovisión indígena persiste y les hace decir: “Porque somos macehuales, somos perecederos, somos mortales. Dejadnos, pues, ya morir, dejadnos, pues, ya perecer, puesto que nuestros dioses han muerto. Pero tranquilícense vuestros corazones, vuestra carne, señores nuestros, porque romperemos un poquito, ahora un poquito abriremos, el cofre, la petaca del Señor Nuestro. Vosotros dijisteis que nosotros no conocíamos al Dueño del cerca y del junto, a aquél de quien son el cielo, la tierra. Habéis dicho que no son verdaderos dioses los nuestros. Nueva palabra es ésta, la que habláis y por ella estamos perturbados, por ella estamos espantados.”

Ese «romper un poquito» era una situación semejante a lo que los filósofos contestaron a san Pablo en el Areópago de Atenas: “Sobre eso te escucharemos en otra ocasión”.[2]El anuncio del Evangelio siempre ha tenido dos respuestas: o la necedad del hombre viejo que se empecina en sus pecados, o la conversión del hombre nuevo que se abre a la esperanza; y generalmente la gracia de la conversión opera sin prisa, pero sin pausa. La historia de la evangelización en América nos muestra muchos ejemplos de ello.

Hispanoamérica es dada a Luz en el Tepeyac

El «fíat», el «si» con el que María respondió al designio de Dios para la redención del género humano, le hizo ser la Madre del Redentor, pero también le hizo ser partícipe activa de la Misión de Cristo que daba inicio en su vientre virginal.

Explícitamente Jesucristo la hace copartícipe de su misión en el momento mismo de la consumación de su sacrificio cuando, desde la cruz, señalándole al apóstol Juan, le dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn.19,26)

En silencio al pie de la cruz María vuelve a pronunciar su «fiat», visible en el hecho de presidir, desde entonces, el corazón y la oración de la Iglesia,[3]aunque Pedro sea su cabeza. “La dimensión mariana de la Iglesia antecede a su dimensión petrina, aunque ambas sean complementarias“[4]

En cada momento de la historia de la Iglesia, María ha confirmado que continua con la misión que recibió en el monte Calvario como Madre de todos sus hijos en la persona del apóstol Juan. En 1531, en otro monte, el Tepeyac, y ante otro Juan, Juan Diego, confirmará y extenderá su misión de Madre a todo el Nuevo Mundo.

“En la Iglesia que nace, Ella entrega a los discípulos, como tesoro inestimable, sus recuerdos sobre la Encarnación, sobre la infancia, sobre la vida oculta y sobre la misión de su Hijo divino, contribuyendo a darlo a conocer y a fortalecer la fe de los creyentes”.[5]Ese propósito que el papa Juan Pablo recuerda y explica, María de Guadalupe lo hace explícito a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin:

"Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre virgen Santa María, madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, el Creador de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño del cielo, el dueño de la tierra, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada, en donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto…”[6]

El bautismo de Hispanoamérica

“Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id pues, hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizadlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”[7]

Catequizar y bautizar; esa es la misión que Cristo dio a su Iglesia. “Como enseña san Agustín, el «totus Christus» (el Cristo total) es la Iglesia en su plenitud, o sea, en su cabeza y en sus miembros. A partir de Pentecostés, la mediación corredentora y misional de María (…) alcanza a todos los hombres de todo tiempo (…) Hermosamente lo expresa Journet cuando dice: «En María, la Iglesia toca ese extremo (la pureza total) hacia el que tiende sin poder alcanzarlo por sí sola. En María es la Iglesia plenamente Iglesia».[8]

El Concilio Vaticano II ratificó ese razonamiento al señalar que “María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia”.[9]Por ello, tras haber dado a luz a Hispanoamérica por el Acontecimiento del Tepeyac, María presidi la acción de la Iglesia para bautizarla y así incorporarla al seno de la Iglesia.

La acción misionera de la Iglesia a lo largo y ancho de la geografía del Nuevo Mundo fue realizada por medio de las Órdenes religiosas, principalmente la Orden de los Frailes Menores (franciscanos), la Orden de los predicadores (dominicos), la Orden de San Agustín ( agustinos) y la Compañía de Jesús (jesuitas).

NOTAS

  1. ↑ Colloquios y Doctrina Cristiana. Edición facsimilar del manuscrito original. Paleografía, versión del náhuatl, estudio y notas de Miguel León-Portilla. México: UNAM - IIH, 1986.
  2. ↑ Hch. 17,32
  3. ↑ Cfr. Hch. 1,14
  4. ↑ San Juan Pablo II, Alocución del 22 de diciembre de 1987
  5. ↑ San Juan Pablo II, Audiencia 28 de mayo de 1997
  6. ↑ Nican Mopohua. 27-28
  7. ↑ Mt. 27, 18-19
  8. ↑ CATURELLI Alberto. El Nuevo Mundo, Ed. Edamex, México, 1991, p. 309
  9. ↑ Vaticano II. Constitución dogmática Lumen Gentium 63. (CIC.507)

BIBLIOGRAFÍA

CATURELLI Alberto. El Nuevo Mundo, Ed. Edamex, México, 1991

LEÓN PORTILLA Miguel. (Paleografía, estudio y notas) Colloquios y Doctrina Cristiana. Edición facsimilar del manuscrito original. Ed. UNAM - IIH, México, 1986.

VV.AA. Historia de la Evangelización de América. Actas del Simposio Internacional. Ed. Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano, 1992


JUAN LOUVIER CALDERÓN