ACONTECIMIENTO DEL TEPEYAC. El Kairós de María en el Nuevo Mundo
Sumario
PRÓLOGO
La Real Academia de la Lengua define «acontecimiento» como un “hecho o suceso, especialmente cuando reviste cierta importancia”.[1]Por su parte, Wikipedia indica que “Un acontecimiento es un hecho, suceso o episodio significativo y a menudo excepcional que interrumpe la rutina, marcando un «antes» y un «después» en la historia, la sociedad o la vida personal.”[2]A la definición de «acontecimiento» debemos agregar el concepto griego de «Kairós» (momento oportuno y adecuado para actuar), enriqueciendo la noción a un «acontecimiento excepcional, oportuno y adecuado».
Lo anterior nos ayuda a calibrar mejor la importancia del escrito de San Pablo a los cristianos de la Provincia romana de Galacia: “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Ga. 4, 4-5). En estas breves líneas, el Apóstol estaba relatando el Acontecimiento por antonomasia, el ACONTECIMIENTO de todos los acontecimientos: la irrupción de Dios en la Historia de la humanidad. Pálido reflejo de la importancia de ese Acontecimiento es ya la división de la Historia en «antes» de Cristo (a.C) y «después» de Cristo (d.C.). Y como relata el Apóstol, el ACONTECIMIENTO de todos los acontecimientos, el «instrumento» de Dios para enviarnos a Su Hijo fue una mujer: María, que fue «concebida sin pecado» pero con todas las características de la naturaleza humana. Su libertad, su capacidad de elegir estaba en total plenitud en la Anunciación, y pudo contestar sí o no a la propuesta que Dios le hizo por medio del Ángel Gabriel. El FIAT (hágase) de María fue por tanto total, perfecto, libérrimo y permitió a Dios realizar su Plan de salvación, pues respetanto su máxima obra creadora, «ante la libertad del hombre, el Omnipotente se hace impotente».[3]
“(María) se inscribe en el orden misteriosísimo de la unión de las dos naturalezas en la persona de Cristo, y como Cristo es la cabeza de la ciudad de Dios en cuanto cabeza de los predestinados, María coparticipa íntimamente en la dirección providencial de la historia; ante todo, porque la Encarnación se ordena a la Redención, y la Redención es el efecto primero de la entrada del Verbo por María”.[4]
El Acontecimiento del Tepeyac, la aparición de María al indio Juan Diego, fue el «momento oportuno» (el Kairós) para la proyección intrínseca al Nuevo Mundo del Acontecimiento de la Encarnación del Verbo; proyección que también fue realizada por la mediación de María.
CONTEXTO SOCIO-POLÍTICO DEL ACONTECIMIENTO DEL TEPEYAC
En cuanto histórico, todo acontecimiento requiere dos condiciones insustituibles: un tiempo y un lugar determinados. El Acontecimiento del Tepeyac se realizó en un tiempo: diciembre de 1531, y en un lugar: el cerro del Tepeyac.
Respecto al lugar, el cerro está situado a 2267 metros sobre el nivel del mar, en el antiguo margen del gran Lago de Texcoco. Su terreno es arcilloso, salitroso “muy malo y pegado a la laguna, malsano y sin agua (potable).”.[5]“con dificultad nace otra vegetación que no sea el zacahuistle (zacate espinoso) [...] sólo crecen espinas, abrojos y biznagas”.[6]
Respecto al tiempo, la situación era la siguiente: apenas habían transcurrido 39 años desde que Colón descubrió América,[7]y solo 10 desde que Cortés había concluido la Conquista militar de México; acontecimientos también estos que establecieron un peculiar contexto socio-político, pues a la pesimista cosmovisión fatalista de la vida que los aztecas compartían con los demás pueblos prehispánicos, se sumaba la humillación sufrida por la reciente derrota militar ante los españoles y sus aliados indígenas.
En los diez años transcurridos desde la caída de Tenochtitlán (13 de agosto de 1521) se habían producido dos situaciones divergentes: por un lado, el inicio de una evangelización sistemática con el arribo de los doce primeros misioneros franciscanos (1524) y los primeros dominicos (1526); y por el otro, el creciente antitestimonio de cristianos incongruentes que realizaban continuas injusticias y abusos para con los indígenas; antitestimonio este que fue encabezado por los integrantes de la Primera Audiencia de México (1528-1530) e imitado por algunos de los cristianos españoles recién llegados. ¿Sería definitiva la incongruencia de esos cristianos que ostentaban el poder político?
Desde el punto de vista meramente humano, ¿podría haber reconciliación entre españoles e indígenas? ¿serían suficientes para la defensa y promoción de los naturales, los extraordinarios esfuerzos de los misioneros? ¿podría ser aplicada la legislación de la Corona en defensa de los indígenas, cuando los encargados de llevarla a cabo eran los primeros en violarla?
INICIOS DE LA EVANGELIZACIÓN SISTEMÁTICA
En agosto de 1524 tuvo lugar en Texcoco la primera «Junta Apostólica» -llamada así porque aún no había obispo- para determinar las formas y reglas para llevar a cabo la Evangelización de los habitantes de la Nueva España.
Esta «Junta Apostólica» estuvo presidida por Fray Martín de Valencia OFM, quien había era el superior del grupo «de los doce» recién llegados; en esa Junta estuvo presente Hernán Cortés. Participaron en ella los «doce» y los religiosos que los habían precedido: los capellanes de Cortés, fray Bartolomé Olmedo OM, el presbítero Juan Díaz, y los tres franciscanos enviados directamente por Carlos V que arribaron a Veracruz el 13 de agosto de 1522, cuando se cumplía el año exacto de la toma de Tenochtitlán: fray Juan de Tecto, Fray Juan de Ayora y Fray Pedro de Gante.[8]
Dos años después, el 23 de junio de 1526, arribaron los misioneros dominicos, también en número de doce, presididos por fray Tomás Ortiz. O.P. Sin embargo, las enfermedades hicieron presa de la mayoría de ellos, y dos años después el grupo quedó reducido a sólo tres frailes. En 1528 arribó un segundo grupo de religiosos dominicos en número de veinticuatro.
El apenas un centenar de misioneros arribados a la Nueva España en los primeros años del siglo XVI, tenían el reto humanamente imposible de evangelizar a una población de unos cinco millones, distribuidos en un territorio varias veces mayor a España, que hablaban más de cien lenguas diferentes, que no conocían lo que era una letra o signo fonético, pero sobre todo, que vivían sumergidos en una cosmovisión determinista y pesimista, con costumbres tan divergentes a la moral cristiana como la poligamia, la idolatría y los sacrificios humanos.
EL CRECIENTE ANTITESTIMONIO DE CRISTIANOS INCONGRUENTES
A esa problemática se agregaba el hecho de que la Primera Audiencia de la Nueva España estaba formada por verdaderos rufianes, cuta actuación no fue sólo arbitraria e injusta, sino que sus integrantes llegaron al extremo de afirmar que los indígenas eran seres casi irracionales, “como bestias que pacen la yerba”[9]…y así los trataron. La Primera Audiencia estuvo en ejercicio dos años: desde el 6 de diciembre de 1528 hasta el 25 de diciembre de 1530. Fue presidida por Nuño Beltrán de Guzmán, y tuvo como oidores a Juan Ortiz de Matienzo, Diego Delgadillo, Alonso de Parada y Francisco Maldonado.[10]
Además de tratar de arruinar a Hernán Cortés tan de prisa como pudieran, Nuño Beltrán y demás oidores de la Primera Audiencia, oprimieron a los indios, los forzaron a trabajar como esclavos, les marcaron en la frente con hierro candente; en una Palabra, no tuvieron el menor respeto para las instrucciones que habían recibido del Rey Carlos, violando toda ley humana y divina.[11]
Los miembros de esta Primera audiencia también se enfrentaron a los misioneros y a los primeros obispos de México y Tlaxcala, Fray Juan de Zumárraga OFM, y fray Julián Garcés OP. A las públicas reprensiones del Obispo Zumárraga a la Audiencia, realizadas desde el púlpito, “replicaron los de la Audiencia con pregón público, amenazando con pena de muerte al indígena o español que presentara queja ante el obispo.”[12]
Fray Julián Garcés, quien escribió una carta al Papa (Paulo III) para hacerle saber esta situación, tuvo que enviarla a Roma de manera oculta por medio de un mensajero: Fray Bernardino de Minaya OP. Era este el contexto socio-político del Acontecimiento del Tepeyac.
EL KAIRÓS DE MARÍA EN EL NUEVO MUNDO
“Donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia” (Rm.5,20) y quien fue saludada por el Ángel como “llena de Gracia” (Lc. 1, 21), sería nuevamente el instrumento escogido por Dios para la proyección intrínseca al Nuevo Mundo del Acontecimiento de la Encarnación del Verbo.
El FIAT (hágase) de María en Nazaret, ratificado libremente en el cerro del Gólgota al pie de la Cruz, cuando aceptó ser Madre de todos los representados por el apóstol Juan “Madre, he ahí a tu hijo” (Juan 19:26-27), se actualizó misteriosamente 15 siglos después en otro cerro y a otro Juan: en el cerro del Tepeyac al indio macehual Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
María realizó esa «actualización» mediante las palabras que le dirigió: "Escucha hijo mío el menor, Juanito. ¿A dónde te diriges?”.[13]La pregunta ¿a donde te diriges? supera la circunstancia del momento (los pasos de Juan Diego que caminaba a escuchar misa en Tlatelolco), para abarcar el destino trascendente de la Cristiandad indiana que estaba surgiendo.
“El Acontecimiento Guadalupano fue la respuesta de gracia a una situación humanamente sin salida: la relación entre los indios y los recién llegados. El indio Juan Diego fue el eslabón entre el mundo antiguo mexicano no cristiano, y la propuesta misionera cristiana llegada a través de la mediación hispana. El resultado fue el alumbramiento de un nuevo pueblo cristianizado.”[14]
No es posible hallar en la historia del Nuevo Mundo un momento más oportuno – un «kairós» más apropiado-, que las circunstancias alrededor del Acontecimiento del Tepeyac, pues todo indica que estaba en juego no solo la incorporación de los pueblos originarios a la civilización occidental y a la historia universal que hasta hacía poco ignoraba de su existencia, sino lo más importante: la transfiguración de las culturas precolombinas y la salvación de las almas de los indígenas.
En el Tepeyac María señala su papel de «Estrella de la Evangelización»,[15]al pedir que le sea levantado en ese lugar «un templo» en el que Ella mostrará a su Hijo, el “verdaderísimo Dios por quien se vive” (N.M.26). Desde el Tepeyac promete al pueblo hispanoamericano, que en ese momento estaba naciendo, darle por su mediación a Cristo: “lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto; lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación.” (N.M.27-28).
No deja de llamar la atención que la esencia del Acontecimiento del Tepeyac haya sido captada aún por adversarios de la Iglesia que inició su andadura el día de Pentecostés, cuando María presidía la oración de los Apóstoles. (Act.2,14). Tal es del caso de Ignacio Manuel Altamirano,[16]quien escribió en 1884:
“Si hay una tradición verdaderamente antigua, nacional y universalmente aceptada en México, es la que se refiere a la Aparición de la Virgen de Guadalupe (…) No hay nadie, ni entre los indios más montaraces, ni entre los mestizos más incultos y abyectos que ignore la Aparición de la Virgen de Guadalupe (…) En ella están acordes no solo todas las razas que habitan el suelo mexicano, sino lo que es más sorprendente aún todos los partidos que han ensangrentado el país por espacio de medio siglo (especialmente el liberal, al que él mismo pertenecía) En último extremo, en los casos desesperados, el culto a la Virgen mexicana es el único vínculo que los une (…) Los autores (del Acontecimiento) fueron el obispo español Zumárraga y en indio Juan Diego que comulgaron juntos en el banquete social con motivo de la Aparición y que se presentan arrodillados ante la Virgen en la misma grada”[17]
NOTAS
- ↑ https://dle.rae.es/acontecimiento
- ↑ https://es.wikipedia.org/wiki/Acontecimiento
- ↑ CFR: https://www.es.catholic.net/op/vercapitulo/4926/impotencia-divina.html#google_vignette
- ↑ CATURELLI Alberto, El Nuevo Mundo. Ed. Edamex-Upaep, México, 1991, p.322
- ↑ Así lo describía Fray Diego de Santamaría en carta a Felipe II.
- ↑ FERNÁNDEZ DEL CASTILLO - GARCÍA GRANADOS - MAC GREGOR, México y la Guadalupana. Cuatro siglos de Culto a la Patrona de América, Ed. Comité oficial de Peregrinaciones, México, 1931, p.18
- ↑ Los nombres de las tres carabelas parecían preanunciar el Acontecimiento del Tepeyac, donde se Pintó la Niña Santa María.
- ↑ Cfr. CUEVAS Mariano. Historia de la Iglesia en México, El Paso, Texas, 1928 (4 vol.), Vol. I pp. 116-117.
- ↑ LOPETEGUI Y ZUBILLAGA.Historia de la Iglesia en la América Española. Ed. BAC, Madrid, 1965, p. 345
- ↑ JOSÉ BRAVO UGARTE, Instituciones Políticas de la Nueva España, Ed. JUS, México, 1968, p. 33
- ↑ Cfr. SCHLARMAN, Joseph. México, tierra de volcanes. Ed. Porrúa, México, 1987, p. 99 y ss.
- ↑ LOPETEGUI Y ZUBILLAGA, Historia de la Iglesia en la América Española. Ed. BAC, Madrid, 1965, p. 345
- ↑ VALERIANO Antonio. Nican Mopohua (aquí se narra), N°. 23
- ↑ GONZÁLEZ FERNÁNDEZ-CHÁVEZ SÁNCHEZ-GUERRERO ROSADO. El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego. Ed. Porrúa, México, 3ed. 2000, p. XXXV
- ↑ CFR. Tercera Conferencia General del CELAM, Documento de Puebla, 1979, N° 303
- ↑ Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893) Indígena chontal, nació en Tixtla. Aprendió a leer y escribir a los 14 años; estudió en el Instituto Literario de Toluca. Participó en la Revolución de Ayutla. En 1870 ingresó a la masonería en la Logia de Tixtla (Rito escocés), y en 1878 fue designado Gran Maestro de la Gran Logia del Valle de México. Cfr. https://web.archive.org/web/20160419063429/http://www2.uned.es/dpto-hdi/museovirtualhistoriamasoneria/14literatura_y_masoneria/altamirano.htm
- ↑ ALTAMIRANO Ignacio Manuel. La Fiesta de Guadalupe. México, 1884, pp. 1130-1133.
BIBLIOGRAFÍA
ALTAMIRANO Ignacio Manuel. La Fiesta de Guadalupe. México, 1884
BRAVO UGARTE José. Instituciones Políticas de la Nueva España, Ed. JUS, México, 1968
CATURELLI Alberto, El Nuevo Mundo. Ed. Edamex-Upaep, México, 1991
CELAM, Documento de Puebla, 1979.
CUEVAS Mariano. Historia de la Iglesia en México, El Paso, Texas, 1928 (4 vol.)
FERNÁNDEZ DEL CASTILLO - GARCÍA GRANADOS - MAC GREGOR, México y la Guadalupana. Cuatro siglos de Culto a la Patrona de América, Ed. Comité oficial de Peregrinaciones, México, 1931
GONZÁLEZ FERNÁNDEZ-CHÁVEZ SÁNCHEZ-GUERRERO ROSADO. El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego. Ed. Porrúa, 3 ed. México. 2000
LOPETEGUI Y ZUBILLAGA, Historia de la Iglesia en la América Española. Ed. BAC, Madrid, 1965
VALERIANO Antonio. Nican Mopohua. Ed. Buena Prensa, México, 2024
JUAN LOUVIER CALDERÓN