MAYNAS; La Memoria Histórica

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Con motivo de la Real Cédula de 1802 que erigía el obispado de Maynas, el Padre Fray Francisco Antonio de Jesús Huertas, comisario colectador de la Provincia de San Francisco de Quito, se había opuesto a que se ejecutase la unión de las Misiones de Maynas al colegio de Ocopa, y que se agregasen a ese colegio los 13 religiosos colectados para la provincia de Quito, que aún no se habían embarcado.

El Consejo de Indias desestimó la contradicción, por carecer de fundamento, y negó a Huertas la licencia para venir a Madrid a seguir, en el Consejo, su oposición, como inútil para el objeto que pretendía, por ser asuntos resueltos y concluidos. No obstante, Huertas se presentó en la corte.

El Consejo previno al Padre Comisario General de Indias que, en caso de haber terminado Huertas su comisión, entregase sus cuentas y se embarcase para Quito, en la primera ocasión, para evitar gastos a la Real Hacienda. Pero, para estas fechas, Huertas hacía meses que se hallaba en Andalucía, recluido en el convento de la estricta observancia de San Francisco del Monte, de la Provincia de Granada, con órdenes del Rey Carlos IV de no regresar a América.

EI Padre Comisario General daba cuenta al Consejo del caso y le informaba de la salida de Huertas de Madrid el 26 de noviembre y llegada a su destino el 5 de diciembre. La razón: había presentado a Su Majestad una apología en favor de los jesuitas y un plan para traerlos a España, ofreciéndose a sufragar los gastos. Así lo recordaba al propio rey el Consejo en la consulta de 9 junio 1804:

“EI Pᵉ Huertas, entre las extravagancias de su devilitada mente, tuvo la de presentar a V.M. vna extensa apología a favor de los Padres de la extinguida Compañía, con planes de costear su regreso a España, avono de su conducta y otros desatinos de vna fantasía perturvada; y que en su vista havía mandado V.M. que no regresase a la América destinándole a vn convento de estrecha observancia en esta Península pª que volviendo en sí aprehendiese los deberes que le corresponden”.[1]

No conocemos el tenor de su apología ni su plan para el retorno de los extinguidos jesuitas: ¿Se propondría también Huertas llevarlos, a Quito y a Maynas, en vez de los franciscanos colectados que se le negaron y agregaron a Ocopa? Desde luego no pudo escoger peor coyuntura: Carlos IV y sus ministros estaban resentidos con el papa Pío VII por su confirmación de la Compañía de Jesús en Rusia (breve «Catholicae fidei» de 7 de marzo de 1801) y se había decretado, por Real orden de 15 de marzo de 1801, la expulsión a Italia de los jesuitas que, acogiéndose a la Real Cédula de 11 de marzo 1798, habían regresado a los dominios del Rey Católico.

Entre 1801 y 1802, regresaron al exilio unos 300 jesuitas,[2]quedándose en España sólo los impedidos por edad o enfermedad. A esto se añadía el disgusto de la Corte, enterada extraoficialmente, de la disposición del Papa de extender, al reino de las Dos-Sicilias, a petición de su rey Fernando IV, hermano de Carlos IV, la facultad concedida, al zar de Rusia, lo que hizo, por el breve «Per alias» (30 de Julio de 1804).

Sin embargo, un decenio más tarde, la supuesta «fantasía perturbada» del Padre Huertas se convirtió en realidad: la restauración general de la Compañía por el papa Pío VII (7 de agosto de 1814) y su restablecimiento, por Fernando VII, en sus dominios de España e Indias, para las poblaciones que lo habían solicitado (29 de mayo de 1815) y, a consulta del Consejo de Indias, para toda América y Filipinas, sin restricciones (10 de septiembre de 1815).[3]

En ese momento, en el antiguo Reino de Quito la memoria histórica de la acción apostólica y benéfica de la Compañía en Maynas aún se conservaba viva, 48 años después de su expulsión de aquellas misiones, como lo demuestran los memoriales de las ciudades y autoridades elevados a Femando VII, solicitando, en virtud de esos Reales decretos, el restablecimiento de la Compañía de Jesús en sus respectivos distritos.[4]

Entre estas ciudades, el cabildo de Cuenca del Perú, en representación de la Provincia, solicitaba al rey el 18 de diciembre de 1815, el restablecimiento de la Compañía dirigido especialmente a la atención a los pueblos de indios, tanto cristianos como infieles. En primer lugar, a los de la provincia de la que formaban sus dos terceras partes.

Estaban bautizados, dentro del gremio de la Iglesia, pero necesitados de radicarse e instruirse bien, en nuestra santa fe. En segundo lugar, a los pueblos de infieles, ya que Cuenca era la Puerta más cómoda, para entrar a otro Mundo de Gentiles, que ocupaban las montañas, cabeceras del Marañón, por el oeste.

“Se había franqueado un camino de menos de tres jornadas para llegar a los Jíbaros alzados de la antigua Logroño, reducidos a la Religión y Dominio de V.M. por el exfuerzo [sic] maña, y zelo apostólico de los Padres de la Compañía, como se ha de esperar en brebe, se conseguirá igualmᵗᵉ una entrada fácil y segura a la de Maynas, acaso en menos de ocho a diez días a bestia y embarcación, sin necesidad de dar el rodeo tan dilatado, penoso, y arriesgado, que en la actualidad se hase yendo de Cuenca pʳ Loxa Jaén, y vajando desde allí al Pongo de Masarichi.”

Se pedían diez o doce religiosos de la Compañía para las atenciones de la Provincia y para esta empresa evangelizadora. La razón:

“por lo mucho qᵉ los antiguos han travajado con copioso fruto en estas Montañas en sus numerosas miciones [sic] y conquistas espirituales, y les será de grande satisfacción y consuelo el qᵉ se les proporcione nueva acción de resembrar en ellas la semilla evangélica, y adelantarla más y más en servicio de Dios, y de V.M. y se les presten para sus viajes desde esta ciudad y su Provincia por un camino corto, seguro, y cómodo como va incinuado, quantos auxilios huviesen menester de víveres, Bestias, y gentes de carga y defenza si la necesitasen en el día que la pidiesen, de que debe resultar pʳ concecuencia su comunicación y comercio con la de Maynas, y con ella el gose por los naturales de una, y otra, y de las demás del Reyno, de aquellos preciosos frutos que la población, labranza, e industria deben propinarles, con las demás ventajas qᵉ no se ocultan a la perspicas reflección de V.M.”.[5]

Poco después, el 6 enero 1816, era el Cabildo, Justicia y Regimiento de la Ciudad de San Francisco de Quito quien daba gracias al Rey por el restablecimiento de la Compañía, y evocaba a esta como “bienhechora del mundo y, sobre todo, del continente americano, que fundada por un héroe español -decía- hiso infinitos bienes al Mundo, y en especial a este continente, donde estendiendo por todas partes la luz del evangelio, era la consiliadora de la paz, y el apoyo de las costumbres públicas.”

El Cabildo juzgaba propio rendir un tributo a la justicia y a la verdad, asegurando al rey que después de su extinción, no ha dejado más que el olor de las virtudes, los monumentos de su saber, y su celo, y el sentimiento de su pérdida. Recordaba los bienes recibidos por la juventud y la propagación de la Fe, afirmando:

“el crecimiento por instantes de las conquistas a Dios y a V.M. en los bastos Países del Marañón, donde entonces iba floreciendo la Cristiandad y civilisación de las costumbres, sobre el modelo de las que hubo en tiempo de los Apóstoles, al paso que ahora bolviendo por su mayor parte, a falta de cultivo, a sus antiguas tinieblas, se ven perdidos la sangre, y el trabajo de tantos varones Apostólicos que lo sacrificaron todo por llenar su vocación.

El 7 de febrero de 1816, el Presidente de la Audiencia quiteña, Toribio Montes, acompañaba la petición del cabildo con una carta suya reiterándola. Había informado anteriormente del estado de las Misiones del Marañón, enviando un informe del gobernador del Napo. Por falta del necesario cultivo, varias poblaciones habían vuelto a la barbarie y gentilidad y los portugueses, subiendo por el Marañón, habían cargado sus buques con indios pertenecientes a los Dominios de S.M. y los habían transportado a sus Colonias.

Esto, afirmaba el Presidente, no ocurría cuando estaban los Padres de la Compañía de Jesús. “Las Doctrinas estaban servidas por religiosos letrados y virtuosos, probados antes, en su vocación, para este difícil ministerio, conservaban en ellos la verdadera Religión y ejemplaridad en sus costumbres y aumentaban el rebaño del Señor con nuevas conquistas [...] poniendo en práctica el buen zelo, el exemplo, el desinterés, y todos los medios capaces de ganar el afecto y estimación de aquellos Naturales”.

El Presidente lamentaba que las muchas pruebas que se habían hecho desde la expatriación de los jesuitas para remediar su decadencia, no habían dado resultado pues corriendo a pasos largos se ve hoy en el peor estado aquel País. Como contraste, los jesuitas tenían sus casas parroquiales provistas de librerías y todas las iglesias decentemente adornadas, de lo que apenas quedaba rastro.

Proveían a las poblaciones de las comodidades de la vida. Para su bien habían introducido ganado de varias especies que se habían ido multiplicando, cuya raza se había extinguido. Aplicados al conocimiento de la lengua general quichua y a las particulares, estaban en estado de catequizar perfectamente a los indios y los habían hecho capaces de confesar sus pecados sin necesidad de intérprete.[6]

La Secretaría de Gracia y Justicia de Indias pasó, de real orden, a la Junta de Restablecimiento, en un solo expediente, las peticiones de Cuenca, y Quito, con orden de entregar una copia al Padre Manuel de Zúñiga, Comisario de la Compañía de Jesús para su restablecimiento en España y América. Este se excusó de enviar jesuitas hasta no constarle, con claridad, el estado de las rentas administradas por la Junta de Temporalidades de Quito y la situación de los edificios que se devolvían. Por otra parte, declaraba no encontrarse ningún jesuita de la antigua provincia de Quito en aquellas partes. Sólo quedaban tres en la Península, en tal estado físico que les era imposible hacer el viaje.[7]

EI 11 enero 1820, el comandante Rafael del Riego y Núñez se negaba a embarcarse con sus tropas destinadas a imponer, con la fuerza de las armas, la autoridad real absoluta en América y se pronunciaba en Cabezas de San Juan (Sevilla), proclamando la Constitución de 1812. Ocho meses más tarde, triunfante la revolución liberal, las Cortes constituyentes, reunidas el 6 de julio de 1820, a las que asistieron también los diputados americanos, entre otras medidas de signo netamente anticlerical, decretaron el 17 agosto, la supresión de la Compañía de Jesús (pero no su extrañamiento) de todos los dominios de España y América.

Días antes, habían decretado la entrega de sus Temporalidades al Crédito Público, de acuerdo con lo decretado por las Cortes generales y extraordinarias de 1810-1812. El 30 de agosto, Fernando VII firmaba en el espíritu de un regalismo radical, la sanción Real y el 31 se publicaba como ley de Cortes.[8]

EI supuesto legal en que se basaba el decreto era la ilegitimidad del restablecimiento de la Compañía en los dominios de España e Indias, ya que el breve de restauración de Pío VII «Sollicitudo omnium ecclesiarum» (7 de agosto de 1814) no había pasado por Consejo para el preceptivo «exequatur» y, en consecuencia, continuaba en vigor, con toda su fuerza, el breve de Clemente XIV «Dominus ac Redemptor» (21 de julio de 1773), extinguiendo la Compañía de Jesús, como se declaraba en el decreto de las Cortes:

“Art 1º No habiendo precedido al restablecimiento de los jesuitas las formalidades y requisitos que previenen las leyes del reino, quedará sin efecto, y en su fuerza y vigor la ley 4ª tít. XXVI, lib. I de la Novísima Recopilación.”

La ley citada, bajo el título de «Observancia del Breve de su Santidad de 21 de julio de 1773, en que se extingue la Orden de los Regulares de la Compañía de Jesús», recogía, a la letra, el Real decreto de Carlos III, dado en San Ildefonso el Real, el 2 de septiembre de l773, y cédula del Consejo de 16 del mismo, urgiendo el cumplimiento de dicho breve, sin perjuicio de la ley anterior (3ª) que insertaba la Real Pragmática de extrañamiento de 2 de abril de 1767 y las providencias tomadas, o que se tomaran en el asunto.

Como consecuencia, el Rey declaraba que quedaban “sin novedad en su fuerza y vigor el extrañamiento de los individuos expulsos de la extinguida Orden de la Compañía, y sus efectos, y las penas impuestas contra los transgresores”. Esta segunda parte no se aplicó, pues había cesado por decreto de la Suprema Junta Central Gubernativa del Reino de 15 de noviembre de1808, alzando el confinamiento de los ex- jesuitas expatriados y concediéndoles licencia para su regreso, suministrándoles la misma pensión que gozaban en sus destinos.[9]

Por esas mismas fechas, en Quito, simplificando quizás demasiado la historia de la decadencia final de la misión de los Maynas, se apuntaban sus causas. El ilustre quiteño, Dr. Don Francisco Rodríguez de Soto, canónigo Magistral de la catedral de Quito, y Don Mariano Guillermo Valdivieso, vecino de esa ciudad, elevaban un memorial al rey Fernando VII manifestándole el deplorable estado de las distintas misiones de la Provincia y proponiendo medios para su remedio. El primero, la erección de un colegio de Misiones, en la Casa grande de los extinguidos jesuitas, formado por una comunidad religiosa, con el solo fin institucional de propagar la fe y cubrir las misiones de la Provincia.

La comunidad estaría, en todo o en parte, constituida por los religiosos de las demás comunidades que se prestasen voluntariamente a este servicio, quedando, en la facultad del obispo, completarlo con los miembros del clero secular en los mismos términos, o en otros convenientes. Estaría financiado con el fondo de temporalidades de los extinguidos jesuitas y dos legados de particulares, de 20.000 y 40.000 pesos respectivamente.

Fundados, sin duda, en los informes de 1784 evacuados por los sucesores de los jesuitas, Echeverría y Aguilar, alababan la acción posterior del clero secular quiteño y lamentaban, como perjudicial para las misiones, la política de la Metrópoli de reservar al misionero europeo la evangelización (se referían a los franciscanos) “como si en la América no se hallare virtud y celo: la distancia, los costos y otros mil obstáculos fueron un detén al progreso”.

El golpe final lo atribuían a la separación de las misiones del obispado de Quito y su erección en propio obispado. Decían:

“Los jesuitas encargados de la Misión trabajaron con tino ofreciendo por fruto de su redoblado esfuerzo de 37 a 40 pueblos con otras tantas tribus catequizadas y en mejor orden. Por su expatriación, secularizados en virtud de orden de la Metrópoli y entregados al ordinario de Quito, se mantuvieron de un modo que hará siempre honor á los prelados y al Clero. Separado el Gobierno de Maynas y erigido en Obispado, el golpe fue mortal para la Religión, el Estado y los Pueblos.

El Obispo situado en el extremo de Moyobamba conserva la ropa y el nombre. Siete sacerdotes restan en una extensión tan inmensa. Los indios sin Pastor derramados por los Montes, han vuelto a la idolatría, buscado otros con ansia el sacerdote errante, o el más cercano para que bautice su hijo, y le administre otros sacramentos; aún hay pueblos en que el anciano como un sacerdote de la misma naturaleza estiende su mano trémula mañana y tarde sobre la campana, único resto de su Iglesia, convoca a sus hijos y, entonando las oraciones que recuerdan, ofrecen al Criador con su corazón el único y débil tributo a que alcanzan”.[10]

La respuesta del gobierno liberal, dirigida al jefe político de Quito, fue evacuada por la Gobernación de Ultramar, sección de Beneficencia, Negociado de Caridad. El negocio: Misiones. Todo un símbolo de los cambios radicales operados en el gobierno de los reinos de Indias y de la concepción del mandato misional encargado por los Papas a la Corona.

Como las Cortes Constituyentes habían prohibido nuevas fundaciones de regulares, bajo ningún pretexto, la financiación de las misiones debía arbitrarse por otras vías, ya que tanto los legados como los bienes de los extinguidos jesuitas debían tener, según las leyes, otros destinos, esto es, el Estado.[11]La Diputación haría al prelado, en nombre del Rey, una invitación especial para que excitase el celo de los religiosos y sacerdotes. Por otra parte, prescindía de la erección del obispado de Maynas y de la jurisdicción de su prelado y encargaba su cuidado, como siempre se había hecho, al obispo de Quito.

Decía: “Convencido S. M. de lo conveniente que es en las actuales circunstancias de las Provincias de Ultramar, poner las misiones en el mejor orden posible, proveyéndolas del competente número de operarios evangélicos y dispensándoles toda la protección que merecen tan útiles establecimientos, quiere el Rey dedique V.E. toda su atención al arreglo de las que existan en el distrito de su mando, oyendo a la diputación provincial,[12]y al Diocesano; no dudando S.M. que este prelado, en virtud de invitación especial que al efecto le hará la misma Diputación, dirigirá la más enérgica exhortación a los prelados locales de las Comunidades para que esciten el zelo de los religiosos y sacerdotes a fin de que pasen a ejercer el caritativo y apostólico ministerio de misioneros en las rancherías y pueblos de indios gentiles”.[13]

Este despacho llevaba la fecha de 11 de enero de 1821. La independencia era un hecho, estaba a punto de consumarse definitivamente y la Misión de Maynas quedaría en su estado de postración. El restablecimiento de la Compañía de Jesús, no obstante haberlo solicitado numerosas ciudades de los diversos reinos de Indias y haberlo ordenado el Consejo, no llegó a consolidarse en América, con excepción de México (19 de mayo de 1816), por falta de personal.

Si la historia no sólo debe atender a los hechos y a sus causas y consecuencias, sino también a la idealización de esos hechos pensados como explicación de nuevas situaciones, adversas o favorables, que influyen en nuevos procesos históricos, no cabe duda de que la conciencia colectiva de las autoridades y ciudadanos principales de la Presidencia de Quito juzgaba causa esencial de la total decadencia y muerte de las Misiones del Marañón el extrañamiento de la Compañía de los dominios del Rey Católico y, el «golpe de gracia», la segregación del territorio de Maynas del obispado de Quito y su erección en obispado propio, como silla sufragánea de la metropolitana de Lima, cosa que, al parecer, habían olvidado en Madrid puesto que, de nuevo, encargan el cuidado de las misiones de Maynas a la Diputación provincial y a las congregaciones religiosas de la provincia de Quito con la autoridad e impulso del obispo quiteño.


NOTAS

  1. AGI Quito 600, "El Consejo de Indias a 28 de Mayo de 1804". "Años de 1787 a 1800...". cfr. LESMES FRÍAS, Historia de la Compañía de Jesús en la Asistencia Moderna de España 2 tomos. I (Madrid 1923) p. 55.
  2. FRÍAS Historia I, p.48-52.
  3. FRÍAS Historia I, 90-96.
  4. LESMES FRÍAS “Memoriales a Fernando VII pidiendo jesuitas para el Ecuador (1815-1816)” AHSI 6 (1937) 83-96.
  5. AHN, Madrid. Clero, Jesuitas, leg. 116j exp. N1 5 (1-3).
  6. AHN, Madrid, Clero, Jesuitas leg. 116j, exp. n1 5, Montes al Secretario de Estado y del Despacho Universal de Indias. Quito, 7 febrero 1816.
  7. AHN, Madrid. Clero, Jesuitas leg. 117j exp, n1 3, Zúñiga a la Real Junta de Restablecimiento. Madrid, 30 septiembre 1816.
  8. FRÍAS Historia I, 342-345
  9. Cf. FRÍAS Historia I, 58-59
  10. AGI Quito 600. "Exposición de Dn Francisco Rodríguez de Soto y Dn Mariano Guillermo Valdivieso sobre medios de atender a las Misiones del reyno de Quito".
  11. Las Cortes constituyentes, prosiguieron su programa adverso a las órdenes religiosas: dieron normas desamortizadoras (septiembre), decretaron la supresión de las órdenes monacales y la reforma de los regulares (octubre), suprimiendo conventos y poniendo los religiosos bajo la inmediata autoridad de los obispos, etc. Se prohibió la admisión de novicios y se destinaron al Estado los bienes de los monasterios y conventos suprimidos. MANUEL REVUELTA GONZÁLEZ La Iglesia española ante la crisis del Antiguo Régimen (1808-33) en Historia de la Iglesia en España dirigida por RICARDO GARCIA VILLOSLADA V. La Iglesia en la España Contemporánea, Madrid 1979 (=BAC maior 20), p. 88-91.
  12. Este Cuerpo fue instituido por las Cortes de Cádiz, en 1812, dentro de la reforma de los antiguos virreinatos que pasaron a denominarse Provincias de Ultramar, regidas por un Jefe político superior, nombrado por el Rey, en lugar del virrey. Además de los virreinatos convertidos en provincias, se erigieron en provincias las audiencias de Cuzco, en Perú, Quito en el Nuevo Reino y Charcas en La Plata o Buenos Aires. La Diputación provincial, presidida por el jefe político, el intendente y siete sujetos elegidos por los vecinos, tenía, por función, promover la prosperidad de la Provincia.
  13. AGI Quito 600, “La Gobernación de Ultramar al Sr Gefe Político de Quito. Madrid 11 de enero de 1821”.

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FRANCISCO DE BORJA MEDINA, S.J. © Pontificia Universidad Gregoriana