SEMINARIO CONCILIAR DE SANTO TORIBIO

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Nota introductoria (DHIAL)[1]

Es incuestionable que la Iglesia necesita ministros para predicar las verdades religiosas, administrar los Sacramentos, regir las comunidades cristianas y mantener y fomentar sus prácticas entre los fieles. A su vez estos ministros necesitan para cumplir debidamente su misión el indispensable dominio de las ciencias religiosas y aun de no pocas profanas, sin olvidar una rigurosa formación ética, pues no hay que olvidar que uno de los atributos más recomendables de los ungidos del Señor es cabalmente servir de paradigmas al pueblo encomendado a su rectoría.

Hay, pues, dos aspectos esenciales en la preparación de esos elementos auxiliares de la Jerarquía: instrucción y educación, que revisten características especiales, y que en consecuencia los aspirantes al sacerdocio han de recibir esa formación en institutos dependientes de la misma Iglesia, ya que ésta, como soberana en su esfera, es la única que tiene potestad para enseñar las verdades religiosas y preparar apropiadamente a sus ministros.

Son dichos institutos los establecimientos apropiados, donde bajo la debida dirección y vigilancia, estudian y consolidan su vocación los llamados por el Señor, haciéndolo en común, tanto porque sería muy oneroso impartir individualmente esa educación, como porque aislados de la vida mundana, no han de sucumbir a sus embates.

Cierto es que la Iglesia, ya desde sus primeros tiempos, comprendió la conveniencia de crear esos centros de formación y en la Edad Media, mientras los novicios se formaban en los planteles de las respectivas órdenes religiosas, los aspirantes a formar el clero secular acudían a las universidades —Salamanca, Bolonia o París—, en donde adquirían la preparación indispensable en Teología y Derecho, aparte de otras disciplinas, pero todo ello sin la vigilancia de los obispos.

La urgencia de atender a esta situación, aun antes de que el Concilio de Trento se abocara a darle solución, llevó a intentos tan encomiables como el del Arzobispo de Valencia, Santo Tomás de Villanueva, que en 1550 fundó en esa ciudad levantina el Colegio Mayor de la Presentación destinado exclusivamente para los aspirantes al sacerdocio.[2]

Fue el Concilio tridentino el que encaró con seriedad el asunto que en verdad se presentaba como trascendental para la Iglesia en los críticos años de la Reforma protestante. En la Sesión 23, Capítulo VIII, la asamblea ordenó la creación en cada diócesis, y bajo la inmediata dependencia del Ordinario, de seminarios conforme a las reglas que se especificaron con mayor detalle, por cuya razón los institutos que se fundaron según dichas normas recibieron la denominación de «conciliares».

Se determinaron asimismo las condiciones de los aspirantes al sacerdocio que cursaran estudios en dichos planteles. Se estableció la dualidad de seminarios menores y mayores: en los menores se estudiaban solamente Humanidades y Filosofía, y en los mayores Teología y Derecho Canónico, además de las disciplinas complementarias.

Proyección en América del Concilio de Trento

En España el Concilio tridentino fue declarado ley del Reino por Felipe II el 12 de julio de 1564, y los decretos conciliares se promulgaron en Lima el 28 de octubre del año siguiente, con vigencia en toda la arquidiócesis, que entonces cubría el ámbito que se extiende desde Panamá hasta el extremo austral del Continente.

Constituye punto de honor dejar constancia de que ya con anterioridad el arzobispo Fray Jerónimo de Loaysa (1498-1575)[3]se había adelantado al establecer lo que pudiéramos llamar el embrión de un seminario, pues dispuso que en la Catedral se leyese Gramática a los jóvenes que aspiraban a ordenarse y hasta habilitó una casa contigua al entonces modesto templo, en donde hospedó una docena de jóvenes. Para completar su formación, el celoso Prelado limeño los colocó a las órdenes de un preceptor de latín y de un maestro de canto llano.

Es más. En el Capítulo 72 de las Constituciones para los españoles promulgadas en el Segundo Concilio limeño (1567-1568) ya se consigna —recogiendo los decretos tridentinos— la urgencia de proceder a la erección de un «seminario et puerorum collegia», proveyéndole de los fondos indispensables. Así pues el seminario proyectado —aunque de hecho por las circunstancias no se llegara a fundar sino un cuarto de siglo después— logró la primacía entre todos los centros destinados a la formación del clero instaurados en este Continente.[4]

Ya esta connotación bastaría para hacerle digno de especial recordación en los fastos de la Iglesia de América, mayormente si se tiene en cuenta que tampoco en España se cumplieron con celeridad las instrucciones dictadas en Trento, pues sólo contadas diócesis antecedieron a Lima en la apertura de seminarios. Burgos en 1564, Tarragona en 1572, Ávila en 1578, Córdoba en 1583, Cuenca y Valladolid en 1584.

Erección y primeras dificultades del Seminario de Santo Toribio

En el tercer Concilio límense (1582-1583), entre los decretos publicados el 15 de agosto de 1583, el cuadragésimo cuarto dice textualmente: “Por cuanto el sacro concilio de Trento... por particular razón encargó que se trate de instituir los seminarios que con tanto acuerdo de los Padres (o por mejor decir del Spiritu Santo) se ordenaron, y es cosa muy clara y cierta que ninguna Yglesia ni provincia tiene tanta necesidad de este saludable remedio como esta nueva Yglesia de las Indias, en la que es menester criar con gran miramiento nuevas plantas del Evangelio para que puedan extender y propagar la fee de Xpo.: Por tanto, este sancto sínodo reconosciendo en esta parte su obligación, requiere del omnipotente Dios a todos los obispos y prelados, encargándoles la conciencia quanta puede, que procuren y trabajen con toda brevedad para erigir y fundar en sus yglesias los dichos seminarios, pospuestos cualesquier impedimentos en contrario se ofrezcan para erigir y fundar como conviene dichos seminarios”. Habrían de transcurrir cerca de diez años hasta que se pusiera por obra la disposición acordada tan solemnemente.

La única obra que nos informa sobre el particular -la «Historia del Seminario de Santo Toribio de Lima» del infatigable jesuita Rubén Vargas Ugarte-[5]señala que sólo en 1591 el arzobispo Mogrovejo adquirió un inmueble en la calle que hasta hoy lleva el nombre de Santo Toribio (segunda del Jirón Lampa), y admitió en ese precario local a dos docenas de jóvenes, que puso bajo la dirección del Bachiller Hernando de Guzmán.

El plantel estaría bajo la advocación de Santo Toribio de Astorga, y los educandos adoptaron el traje y las costumbres de los del Colegio Mayor de San Salvador de Oviedo, en Salamanca, en cuyas aulas había cursado sus estudios el Prelado Toribio de Mogrovejo, elevado a los altares en 1726.

La apertura de esta institución dio lugar a una áspera contienda entre el Arzobispo y el Virrey, que a la sazón lo era el Marqués de Cañete, don García Hurtado de Mendoza. El Metropolitano, puesto que con rentas eclesiásticas se sufragaba el funcionamiento del instituto educativo y que éste no tenía otra finalidad que la formación del clero diocesano, siguiendo costumbres de la época, colocó en la portada un escudo con sus armas.

Tan pronto llegó a conocimiento del Virrey tal hecho, ordenó al capitán de su escolta que se constituyese en el lugar y vigilase que un cantero picara esa pieza ornamental. Ante ese acto de autoritarismo, realizado sin consulta de la Audiencia, el arzobispo declaró excomulgados a cuantos habían intervenido en el atropello. La reacción del Virrey fue a su vez mandar prender al cuñado de Santo Toribio, don Francisco de Quiñones, ex-Corregidor de Lima y futuro Gobernador de Chile, si el arzobispo no deponía su actitud.

Por fortuna se alcanzó una mediación, y levantada la censura se sometió la controversia a la decisión del monarca. Felipe II dispuso que el Marqués de Cañete dejase el gobierno y la administración del Seminario —que entretanto había cerrado sus puertas— en manos del Prelado, así como todo lo concerniente a la admisión de educandos. Se autorizó asimismo al arzobispo a colocar de nuevo sus armas en la portada, siempre que las reales estuviesen en lugar más preeminente, para reconocimiento público del patronato real.

Es en verdad muy sensible que haya desaparecido la documentación original sobre la evolución del Seminario de Santo Toribio. Ya el Padre Vargas Ugarte, en su mencionado trabajo, se dolía de esta lamentable laguna que nos priva de información sobre aspectos de importancia para un cabal conocimiento de la fecha exacta de la fundación, las primeras Constituciones o reglamento del plantel, sus alumnos a lo largo de los siglos, el régimen interno de la institución, los planes de estudio, las líneas ideológicas prevalecientes en las distintas épocas y multitud de pormenores que impiden delinear una imagen como sería de desear de un colegio que ocuparía un lugar primordial en el panorama de la cultura y la educación en el Perú desde hace cuatro centurias.

El interés de Felipe II por la buena marcha de la institución no se limitó a ventilar la controversia motivada por la colocación del escudo episcopal, sino que para alentar las perspectivas de los candidatos al sacerdocio, en Cédula de 21 de septiembre de 1592 decretó que los egresados del Seminario limeño gozasen de preferencia en la presentación a los curatos del Cercado, de Jauja, Huamachuco, Huaylas, Cajamarca y Chiclayo, por entonces en poder de religiosos y que eran de los más atractivos del Arzobispado.


Particularidades del Seminario de Lima

Los primeros estatutos o Constituciones que han llegado a nuestro conocimiento datan de 1609, es decir, de años posteriores al comienzo de las actividades del Seminario. En esos estatutos, que en conjunto formaban un cuerpo de 63 capítulos, se configuraba el cuadro directivo con un rector a la cabeza, elegido por el arzobispo. A medida que fue consolidándose el plantel y el número de alumnos creció, fue necesario crear el cargo de Vicerrector, y finalmente, cuando ya se dictaban en el seminario mismo algunas asignaturas especiales para los que iban a abrazar el estado eclesiástico, se hizo necesario designar un regente, a cuyo cuidado se colocó todo lo relacionado con el adelanto intelectual de los educandos.

Los tres cargos de plantilla, nombrados por el Prelado arquidiocesano, recaían en sacerdotes de probada virtud y reconocida suficiencia para desempeñar las funciones que se les encomendaban. La mejor demostración de ello es que —como veremos más adelante— por regla general los que ejercieron tan delicadas tareas fueron eclesiásticos beneméritos, tanto que muchos de ellos culminaron su carrera ocupando sedes [episcopales] de prestancia.

El número de colegiales se fijó en 24, en razón de lo estrecho del local, aun con la ampliación posterior de una finca situada en la esquina de las actuales calles de Santo Toribio y de San José. Los candidatos debían de contar por lo menos con doce años de edad, y ser habidos de legítimo matrimonio, oriundos de la diócesis, y con conocimiento de lectura y escritura. Como supernumerarios podía admitirse a hijos de familias adineradas, o a descendientes de los conquistadores, que satisfacían una pensión anual de 150 pesos. Es sugestivo recoger que de entre los colegiales se elegían dos, que con el título de consiliarios, asistirían al rector en el gobierno del plantel. En el Seminario se impartían lecciones de Latín y runasimi,[6]idioma indispensable para quienes iban a desempeñar su ministerio en zonas en las que el castellano no era usual, y que era preciso dominar con soltura para exponer el Evangelio o administrar los Sacramentos sin incurrir en graves errores; las restantes asignaturas se cursaban en la Universidad, a la cual, situada a tres cuadras del local del Seminario, debían encaminarse los colegiales de dos en dos, y en comunidad, vistiendo sus distintivos de «toribianos».

Resulta curioso saber cómo se distribuía la jornada cotidiana de los educandos. Durante el período lectivo, en invierno, se levantaban a las 5.45 de la mañana; seguían oraciones y misa, así como un frugal desayuno (que algunas veces, dada la escasez de fondos, se reducía a medio panecillo). Luego acudían a la Catedral a asistir a los prebendados como monaguillos. A las 9 estaban de vuelta en el Seminario, en donde durante dos horas recibían clases de Gramática Latina o estudiaban privadamente.

El almuerzo se servía a las 11.30, y tras un condumio bastante parco, se ofrecía como postre una fruta. Podían disfrutar de dos horas de reposo, reanudándose el estudio a las 2; a las 3.30 se dirigían corporativamente a escuchar lecciones en la Universidad, de donde regresaban a las 5, para solazarse hasta que se tañía a oraciones, en que reunidos en la capilla se rezaba el rosario y se cantaba la Salve. Luego se retiraban a repasar las lecciones del día, hasta las 9, en que acudían al refectorio, a cenar. Se cerraba el día con un examen de conciencia, y las luces se apagaban a las diez de la noche.

Una vez por semana se realizaban conclusiones en la respectiva Facultad. Los días festivos podían salir a sus casas a las nueve de la mañana. Cada año se hacían ejercicios espirituales según el método ignaciano, y se llamaba a un miembro de la Compañía de Jesús para darlos.

Estas disposiciones sufrieron unas ligeras modificaciones cinco años más tarde, cuando el arzobispo Lobo Guerrero,[7]con el propósito de hacer más eficaz la participación de los seminaristas en los oficios de la Catedral, dispuso que los educandos reemplazaran a los niños de coro como asistentes a los oficios diarios.

Como en los principios el Seminario estaba destinado exclusivamente a la formación de sacerdotes, la enseñanza se reducía a la Filosofía y Teología, aun cuando posteriormente se introduce también la de las Humanidades. Los cursos fundamentales se seguían en la Universidad de San Marcos, y los secundarios, que se denominaban catedrillas, estaban a cargo de un pasante, que servía para repasar las materias, satisfacer dudas y dificultades que surgían entre los educandos, actividades que se cumplían dentro del Seminario.

Situación en el siglo XVIII

En el siglo XVIII comenzaron a decaer los estudios en la mencionada Universidad, y así fue necesario que la propia Jerarquía encontrara una salida apropiada para la formación de los futuros ministros del Señor. El Sexto Concilio límense (1773) dedica un Título entero —el V— de la Acción Tercera a lo concerniente al Seminario, que en lo fundamental recuerda las disposiciones adoptadas dos siglos antes en Trento, aunque añaden algunas normas.

Así, que las lecturas formativas debían ceñirse a un autor que señalaría cada obispo en su diócesis, y se añade textualmente: “Se tendrá gran cuidado de que solo en ciertos casos usen otros libros además del señalado, y nunca se les permitan los de comedias, de romances y ningún otro de aquellos que de algún modo puedan ser nocivos o a la fe o a la religión o a la piedad”.

Otra disposición puntualiza: “Como la principal obligación de un Cura es predicar, debe ser también el primer cuydado en el Seminario enseñar a predicar, será pues combeniente que a los jóvenes hábiles y más adelantados se les obligue a que una vez cada mes y en el tiempo que se les señalare compongan un discurso (breve a los principios), sobre el asunto que el Rector les diere, que, después de havérselo corregido mirando más a la entidad de las cosas y al orden de ella que al adorno de las palabras, lo diga un día de asueto en el lugar y la hora que se tenga según las circunstancias por más cómodo. Podrá servirle de guía la Instrucción de los Predicadores de San Carlos [Borromeo] o la Retórica de Fray Luis de Granada”.

Téngase en cuenta que por entonces, y en particular desde la expulsión de los jesuitas, el virrey Amat[8]había reformado profundamente el sistema educacional —al compás de la reforma similar impulsada en España por Olavide,[9]en Sevilla, y suprimidos los Colegios de San Martín y de San Felipe de que tan amargamente se quejara el Marqués de Soto Florido, el probable autor del famoso libelo «Drama de dos palanganas»[10]—,toda la enseñanza superior se concentró en el Convictorio Carolino, en el que a poco Alejandro Toribio Rodríguez de Mendoza[11]comenzó a introducir asignaturas y autores que no se compadecían con las líneas maestras que debían de presidir la formación intelectual e ideológica de los sacerdotes, razón esta última que movió a reforzar la enseñanza dentro del propio plantel conciliar.

Por otra parte, como desde 1655 el Seminario había obtenido el privilegio de conceder grados mayores —en la misma forma que hasta entonces lo hacía el Colegio de San Felipe— bien podía prescindir de acudir a institutos externos para la enseñanza.

Es congruente recordar que en el mismo Concilio de 1772 se había tratado de la admisión de indígenas en el Seminario, y que la revolución de Túpac Amaru[12]indujo al Gobierno español a dictar algunas medidas favorables a los naturales; una de ellas se concretó en la Cédula de 11 de septiembre de 1786 en la que se recomendaba a los Ordinarios y a los Prelados de las Órdenes religiosas que no pusieran inconvenientes a la admisión de los indios en seminarios y noviciados.

Por entonces, el número de alumnos en el Seminario ascendía a 70, cantidad muy apreciable si se tiene en cuenta el volumen demográfico de la Arquidiócesis, pues no ha de olvidarse que buen número de jóvenes se inclinaban a seguir en las Órdenes religiosas. En las postrimerías del siglo y comienzos de la centuria decimonónica, bajó el número de alumnos a 50, y ese número decreció aún más en las dos primeras décadas del siglo XIX, como consecuencia de la agitación política y militar.

El Seminario durante el proceso de independencia

Este clima de incertidumbre hizo crisis en 1822,[13]y el Seminario hubo de cerrar sus puertas, y así, hasta 1837 no volvió a dar señales de vida, aunque todavía debería correr un decenio más hasta que el arzobispo Luna Pizarro[14]encarara con resolución el problema que gravitaba sobre su conciencia por la falta de sacerdotes que reemplazaran a los que, por razones de edad, habían ido desapareciendo, dejando un vacío difícil de suplir con solamente las distintas Órdenes religiosas, que a su vez experimentaban un grave detrimento en sus cuadros, pues muchos de sus miembros, en razón de su oriundez, habían decidido abandonar el Perú y repatriarse a España.

Por otra parte, con el advenimiento del nuevo régimen político y la desaparición del Convictorio Carolino, en la Universidad de San Marcos dejaron de existir las cátedras propias de la carrera eclesiástica, pues aunque subsistió un curso de Derecho Canónico, este era el exigido por el plan de estudios de la Facultad de Derecho.

Y en cuanto a la Filosofía, las cátedras en las que se impartía esta disciplina estaban lejos de ajustarse a los principios de la Filosofía perenne que había servido de base hasta entonces para los estudios de teología. Lo cierto es que las ciencias eclesiásticas vinieron a dictarse en el Seminario no por una disposición de la Universidad, sino por haber justamente prescindido ésta de la enseñanza de esas materias.

El año de 1847, cuando la mitra limeña estaba en manos del arzobispo Luna Pizarro, marca un hito cronológico en la historia del Seminario. El plantel resurge de la obscuridad y abatimiento en que yacía, y durante varios decenios, puede decirse que hasta la infausta guerra con Chile,[15]el plantel ocupó un lugar prestante en el ámbito de la cultura nacional peruana, y su proyección se hizo perceptible hasta la esfera política, pues buen número de quienes intervinieron en la regencia de los asuntos nacionales eran antiguos toribianos.

Luna Pizarro se empeñó a fondo en la tarea de rescatar de su postración al plantel. En primer lugar, como una de las causas de la decadencia había sido la falta de rentas, donó de su peculio privado la suma de 40,000 pesos, hizo traer de Europa un gabinete de Física y donó su riquísima biblioteca, ubicada en toda su riqueza en el antiguo local de la calle del Milagro, y aún conserva notas tomadas de libros en cuyo lomo las iniciales F. J. L. P. daban fe de su primitivo propietario.

Como el local ocupado desde fines del siglo XVI era vetusto e insuficiente, llegó a un acuerdo con los franciscanos para que cedieran dos claustros, el de San Francisco Solano y el de San Buenaventura, para acomodar en él a la institución, y con ello se habilitaron ocho aulas y el plantel abrió sus puertas para acoger a 220 educandos, número superior al de cualquier otro plantel de entonces en Lima.

Desde entonces, y sin dejar de ser el semillero de los llamados al sacerdocio, el Seminario se convirtió también en colegio de primaria y secundaria, con el consiguiente aumento de alumnos y profesores. En 1859 los alumnos internos eran 210, de los cuales 170 eran pensionistas y sólo 40 becarios. En los años siguientes el censo fue engrosando: en 1862 los matriculados eran 1,110.

En el Reglamento de Instrucción Pública dictado en 1855 por el gobierno de Ramón Castilla,[16]se señalan como materias de enseñanza Lugares Teológicos, Latín, Teología Dogmática, Teología Moral, Historia Eclesiástica, Derecho Canónico, Escritura, Derecho Natural Público y Constitucional y Oratoria. Los exámenes eran públicos, y de ordinario se invitaba a presenciarlos a personas de figuración, a fin de que se diesen cuenta del nivel intelectual de los alumnos.

Una profunda reforma en el plan de estudios de 1864 colocó al plantel en una situación verdaderamente dominante en el panorama educacional del Perú. De acuerdo con ese sistema, en el Seminario se dictaban clases de Teología Moral y Dogmática (cuatro cursos), Lugares Teológicos, Fundamentos del Dogma, Filosofía (dos cursos), Física, Geometría, Cálculo, Latín (tres cursos), Geografía antigua y moderna, Francés, Aritmética práctica, Gramática, Historia Sagrada, Castellano, Inglés y canto llano.

Así se comprende que la institución, recobrado su antiguo esplendor, pudiera nuevamente presentar como timbres de honor los egresados de sus aulas. Un rápido repaso a los toribianos de nota significa colocarnos frente a personalidades conspicuas del pasado peruano. La nómina bien puede abrirse con Juan Cabero de Toledo, obispo de Santa Cruz y de Arequipa; con Bernardino de Almansa, obispo de Santa Fe de Bogotá y fundador del Oratorio vulgarmente llamado del «Caballero de Gracia», en pleno centro de Madrid, en donde está enterrado; con el dominico Fray Cipriano de Medina, catedrático de San Marcos y obispo de Huamanga; con el doctor Juan de Huerta Gutiérrez, catedrático de San Marcos, Oidor de Chile e Inquisidor en Lima; con el doctor Francisco Dávila, quechuista insigne y gracias a cuyo testimonio podemos desentrañar ritos y mitos de tradición autóctona; con el doctor Luis de Losada y Quiñones, Oidor de Panamá y Presidente de la Audiencia de Quito; con el Provincial de la Compañía de Jesús P. Martín de Jáuregui; con Agustín de Gorrichátegui, rector del propio Seminario y obispo de Cuzco.

Y por lo que toca a la época virreinal, cerremos este padrón con dos nombres que bien valen por toda una pléyade: don José Baquíjano y Carrillo y don Vicente Morales y Duárez, que si no llegaron a vestir el hábito talar, demostraron con su magisterio la calidad de las enseñanzas recogidas en el Seminario.

En la época republicana, y en particular en el tramo temporal que corre desde mediados del siglo XIX hasta su ocaso, la galería de hombres ilustres que se habían formado en las aulas del Seminario de Santo Toribio ostenta los nombres del Arcediano de Lima José Ignacio Moreno, cuya obra sobre la supremacía del Papa, reeditada varias veces, llamó la atención aun en Europa por la profundidad de su doctrina; de Juan Ambrosio Huerta, obispo de Puno y de Arequipa, que mereció la admiración de los concurrentes al primer Concilio Vaticano, y que por añadidura fue rector del plantel del Seminario de Santo Toribio; de Monseñor Pedro García y Sanz, autor de una Historia de la Iglesia en el Perú y de un erudito tratado sobre «La Compañia de Jesús ante el Tribunal de la Razón y la Historia»; de Monseñor José Antonio Roca y Boloña, predicador de excepcional facundia; del erudito Manuel González de la Rosa; del académico Monseñor Manuel Tovar; de Monseñor Agustín Obín y Charún, obispo de Trujillo; del doctor Manuel Antonio de la Lama, ilustre jurisconsulto, y quizá el más descollante de todos ellos, don Nicolás de Piérola, cuya participación en la vida política de Perú releva de todo comentario.[17]

NOTAS

  1. El «Instituto Peruano de Historia Eclesiástica» y la «Revista Peruana de Historia Eclesiástica», que es su órgano, tienen el propósito de participar en la subyugante tarea de profundizar en el estudio y análisis de la presencia y la labor de la Iglesia en el Perú.
    El patrimonio histórico y espiritual de la Iglesia, acumulado en casi cinco siglos, está íntimamente vinculado a la vida e historia del Perú. Por eso, creemos que no se exagera al decir que la vida y la cultura del pueblo peruano se encuentran sustancialmente impregnadas por el catolicismo. Hecho expresamente mencionado, y con justicia, en la nueva Constitución Política, art. 86, al establecer que “el Estado reconoce a la Iglesia Católica como elemento importante en la formación histórica, cultural y moral del Perú”.
    En el campo de la historia eclesiástica contamos con el valioso aporte de Rubén Vargas Ugarte, S.J., quien, fuera de muchos estudios relativos a esta materia, publicó la Historia de la Iglesia en el Perú, en cinco volúmenes, desde los orígenes hasta 1900. Obra que, al tiempo de llenar un vacío, ha trazado el derrotero. Sin embargo, en la presencia y acción de la Iglesia Peruana hay múltiples aspectos que esperan y merecen estudio y profundización a la luz de las exigencias de la historiografía moderna.
    Con esta publicación el Instituto Peruano de Historia Eclesiástica pretende contribuir no sólo a un mejor conocimiento de temas, etapas, instituciones, actividades y personas del pasado de la Iglesia en el Perú, sino también a su divulgación entre los estudiosos, el clero, religiosos y religiosas y público interesado. Esta Revista es una tribuna desde donde se proclama lo que fue y lo que hizo la Iglesia en el Perú.
    Por otra parte, la «Revista Peruana de Historia Eclesiástica» apareció en vísperas del V Centenario del comienzo de la evangelización del Continente americano. La Revista en su primer número ofrece las ponencias presentadas en el «Primer Simposio de Historia Eclesiástica» que abordó el tema: «Función cultural de la Iglesia en el Virreinato: Seminarios y Colegios».
    Los Colegios, dentro de la época y bajo las condiciones en que les tocó desenvolverse, tuvieron un papel significativo en la cultura peruana de la Colonia. A tal punto que Felipe Barreda y Laos, quien mostró poca simpatía hacia las instituciones de la Iglesia, en su libro «Vida intelectual del Virreinato del Perú», (Lima, 1964) llega a decir: “El prestigio creciente y la importancia mayor que adquirían los colegios religiosos, condujeron a nuestra Universidad de San Marcos en el siglo XVII, a la decadencia y a la vida anémica” (p. 140). En otro momento afirma: “Estos establecimientos religiosos absorbieron la vida intelectual superior de la Colonia hasta fines del siglo XVIII, ...” (p. 50). El autor (1888-1973) refleja la mentalidad liberal decimonónica, pero reconoce la verdad sobre los colegios. (Nota del historiador y primer director de la Academia de Historia Eclesiástica de Perú y de la Revista Peruana de Historia Eclesiástica, Dr Severo Aparicio Quispe, O. de M.)
  2. Ya anteriormente el Maestro San Juan de Ávila (hoy doctor de la Iglesia) había comenzado la creación de seminarios o centros de formación para el clero. Juan de Ávila vivió en una época agitada, y notablemente fecunda en los campos de la cultura y de la experiencia cristiana.
  3. Jerónimo de Loayza, dominico, después de un primer periplo conventual, escogió el camino misional del Nuevo Mundo y llegaba a Cartagena de Indias (Colombia) en 1529, donde después de dos años regresaba enfermo a España. Repuesto de su dolencia, en 1538 volvió nuevamente a Cartagena como obispo de aquella diócesis, dándose a la tarea de fundar el convento de su orden al mismo tiempo que promovía la construcción de la catedral de aquella diócesis colombiana. Su tío fray García de Loaysa era arzobispo de Sevilla, General de los Dominicos y presidente del Consejo de Indias, quien apoyó a fray Gerónimo para que regresara cinco años destinado al Perú y tomar posesión del obispado de Lima, y como aquella capital también carecía de infraestructura y organización religiosa, se dieron comienzo a las obras de la catedral, auspiciadas por el obispo y financiadas con el patrimonio que había dejado Francisco Pizarro a su hija, con limosnas que contribuían los ricos peruanos de aquel entonces y algunas prebendas más que la Corona proveía. El 16 de noviembre de 1547, la diócesis de Lima se elevaba a arquidiócesis y fray Gerónimo se convertía en el primer arzobispo de Lima, recibiendo bula y palio el 9 de septiembre de 1548. Loaysa ejerció un papel de mediador y pacificador en los graves conflicto civiles en el Perú entre los opuestos partidos de conquistadores y colonos.
  4. Históricamente hablando “el primer obispo de Michoacán [Don Vasco de Quiroga] dio origen hacia 1540, a la que sería una de sus obras más importantes y trascendentales: la fundación del Colegio de San Nicolás Obispo, en Pátzcuaro, destinado a la formación de ministros de la Iglesia que vinieran a suplir la gran falta de clérigos capaces que, además de recibir las órdenes eclesiásticas, supieran las lenguas indígenas y estuvieran preparados en esa forma para pasar a administrar los sacramentos en todas las parroquias del obispado” (Ricardo León Alanís, Los orígenes del clero y la Iglesia en Michoacán 1525-1640), Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Instituto de Investigaciones Históricas 1997, p. 157. Cf. también los estudios de Francisco MIRANDA GODÍNEZ, Don Vasco de Quiroga y su Colegio de San Nicolás. Tesis doctoral, P. Universidad Gregoriana 1966; Ed. Fimax, Morelia 1972 y 19902; de Julián BONAVIT, Historia del Colegio de San Nicolás, Morelia, Universidad Michoacana, 1958; Raúl ARREOLA CORTÉS, Historia del Colegio de San Nicolás, Morelia, Universidad Michoacana, 1991. (Nota del DHIAL).
  5. Sin esta obra del Padre Vargas Ugarte seguiríamos a ciegas sobre el tema, y gracias a él hoy sabemos lo que sabemos acerca del Seminario.
  6. El quechua, usualmente llamado runasimi (“lengua de la gente”) en las lenguas Quechuas, es un idioma indígena perteneciente a la familia de lenguas habladas por los pueblos quechuas de los Andes y de las tierras altas de Suramérica. (Nota del DHIAL).
  7. Bartolomé Lobo Guerrero (Ronda, España, 12.08.1596-Lima 12.01.1622). Clemente VIII lo nombró arzobispo de Santa Fe en Nueva Granada. Fue consagrado Obispo por Diego de Romano y Govea obispo de Tlaxcala (Puebla de los Ángeles) el 24 de agosto de 1596. El 19 de noviembre de 1607 Pablo V lo nombró cuarto arzobispo de Lima, sede de la que tomó posesión el 4 de octubre de 1609. Cf. GAUCHAT, Patritius (1935): Hierarchia Catholica Medii Et Recentioris Aevi Vol IV. Münster: Libraria Regensbergiana. pp. 187 y 221. (Nota del DHIAL).
  8. Manuel De Amat y Junyent Planella Aymerich y Santa Pau (Vacarisas, Barcelona, 1704-Barcelona, 14 de febrero de 1782), fue Gobernador de Chile (1755-1761) y Virrey del Perú (1761-1776).
  9. Pablo Antonio José de Olavide y Jáuregui (Lima: 25 de enero de 1725-Baeza, España: 25 de febrero de 1803) escritor ilustrado, amigo de los enciclopedistas franceses, jurista y político, hijo de un navarro y una peruana. Desarrolló exitosas empresas de colonización en España conocidas como las Nuevas Poblaciones de Andalucía y Sierra Morena. Fue procesado por la Inquisición en 1778, aunque logró evadirse exiliándose en Francia. También fue caballero de la Orden de Santiago. Había estudiado en el Colegio Real de San Martín de Lima, regido por los jesuitas. En 1740 se licenció en Teología por la Real y Pontificia Universidad de San Marcos. Fue catedrático de la misma en 1742 y oidor de la Real Audiencia de Lima en 1745, con apenas veinte años. Pertenece a la generación de los ilustrados “afrancesados” españoles de su generación con notable influjo en la política de los Borbones de su tiempo. (Nota del DHIAL).
  10. Drama de los palanganas Veterano y Bisoño: [documentos inéditos sobre Micaela Villegas (La Perricholi), la quinta de Copacabana y el hijo del virrey Amat], publicado, prologado y anotado por Luis Alberto Sánchez. Ruiz Cano y Sáenz Galiano, Francisco Antonio, marqués de Soto Florido, 1732-1792. (Nota del DHIAL).
  11. Alejandro Toribio Rodríguez de Mendoza (Chachapoyas, Perú 17 de abril de 1750 - Lima, 12 de junio de 1825), sacerdote y educador español-peruano. Fue rector del Real Convictorio de San Carlos, donde realizó grandes reformas, favoreciendo el estudio de las matemáticas, física y astronomía y propugnando la creación de nuevas asignaturas referentes a la historia y geografía del Perú. Difundió a la vez los principios filosóficos de la Ilustración e influyó mucho en la mentalidad de sus alumnos, varios de los cuales se convirtieron luego en líderes de la emancipación. Es considerado como un precursor ideológico de la independencia del Perú. (Nota del DHIAL).
  12. Túpac-Amaru (su nombre era José Gabriel Condorcanqui), nacido en Tinta, región de Cuzco, 1738 – y ejecutado en Cuzco en 1781): Tomó aquel nombre recordando el último Inca, del que se proclamaba descendiente. Protagonizó una revuelta contra el dominio español (1780) en la zona de Tinta; fue apresado (1781), condenado a muerte y ejecutado. Su revuelta continuó hasta 1782, bajo el liderazgo de un primo suyo, Diego Cristóbal, y de Tómas Catari. (Nota del DHIAL).
  13. La independencia del Perú es un largo y complejo proceso histórico, que corresponde a todo un periodo de fenómenos sociales levantamientos bélicos que propició la independencia política y el surgimiento de la República Peruana como un estado independiente de la monarquía española y desaparición del Virreinato del Perú. José de San Martín proclamó en Lima la independencia del Estado peruano (1821) y bajo su Protectorado se formó el primer Congreso Constituyente del país. Con la Guerra de Maynas queda pacificado el oriente peruano en 1822. Pero San Martín se ve obligado a retirarse del Perú mientras el nuevo estado sostiene una guerra contra los realistas de resultado incierto hasta 1824, año en que tuvieron lugar las campañas de Junín y Ayacucho bajo el mando de Simón Bolívar. La victoria de Ayacucho concluyó con la capitulación del ejército realista que puso fin al virreinato del Perú. (Nota del DHIAL).
  14. Francisco Xavier de Luna Pizarro (3 de noviembre de 1780-2 de febrero de 1855), arzobispo de Lima y presidente «ad interim» del Perú dos veces, en 1822 y en 1833. Natural de Cusco, fue maestro de teología en el seminario de Arequipa; viajando a España fue testigo de la invasión y lucha anti napoleónica. Vuelto al Perú fue nombrado rector del Colegio de Medicina de San Fernando. Participó en las luchas emancipadoras de Perú y fue el primer presidente del Congreso Constituyente de 1822 y escribió la constitución de 1823. Tras la renuncia de José de San Martín como “Protector de Perú”, Luna Pizarro fue elegido como Presidente interino hasta la investidura de José de la Mar. En 1827 fue de nuevo investido Presidente del Congreso, y en 1833 Presidente interino de Perú hasta la investidura del general Luis José Obregoso y Moncada. Fueron años de intensa inestabilidad, luchas civiles entre los criollos, actores principales de las luchas por la emancipación y de anarquía política. En 1846 fue nombrado arzobispo de Lima. (Nota del DHIAL).
  15. La Guerra del Pacífico (1879-1883) empezó con una disputa territorial entre Chile y Bolivia, pero involucró al Perú por un pacto de alianza defensiva que había firmado Perú con Bolivia en 1873. Las regiones en disputa eran ricas en salitre. Bolivia abandonó los combates en 1880 y, desde entonces, el Perú y Chile siguieron la guerra por tres años más. El enfrentamiento era muy desigual, pues Perú contaba con una población de dos millones y medio de habitantes y un ejército de 2.500 hombres. Chile, en cambio, contaba con un ejército de 8 mil efectivos y su población era de 3 millones de habitantes. Bolivia, por su parte, disponía de 3 mil hombres y una población de 2 millones. Los resultados de esta guerra ferozmente fratricida y de enconados intereses económicos resultó sumamente negativa para Perú, y también para Bolivia. Cf. Jorge BASADRE GROHMANN, Historia de la República del Perú, Lima, Perú, Diario La República, 2005; Gonzalo BULNES, Guerra del Pacifico, Valparaiso, Chile, Sociedad Imprenta Litografía Universo, 1911; COMISIÓN PERMANENTE DE HISTORIA DEL EJÉRCITO DEL PERÚ, La Guerra del Pacífico 1879-1883, Lima: Ministerio de Guerra, 1983. (Nota del DHIAL).
  16. Ramón Castilla y Marquesado (Tarapacá, Virreinato del Perú, 31 de agosto de 1797 - Tiliviche, Tarapacá, Perú, 30 de mayo de 1867), Presidente del Perú en dos ocasiones: de 1845 a 1851 (como Presidente Constitucional) y de 1855 a 1862 (inicialmente como Presidente provisorio) y Gran Mariscal de Perú. (Nota del DHIAL).
  17. José Nicolás Baltazar Fernández de Piérola y Villena (Arequipa, Perú, 5 de enero de 1839-Lima, 23 de junio de 1913), apodado El Califa, ocupó la Presidencia del Perú en dos oportunidades: la primera, de facto, de 1879 a 1881; y la segunda, de jure, de 1895 a 1899. Según opinión de diversos autores, es el presidente peruano más importante del siglo XIX, junto a Ramón Castilla. Cf. LAURO DEL PINO, Alberto (2001). «PIÉROLA, Nicolás de». Enciclopedia Ilustrada del Perú, 6 (3.ª edición). Lima: PEISA. pp. 2054-2056; BASADRE GROHMANN, Jorge (2005ª, Historia de la República del Perú (1822-1933,) 7 (9.ª edición). Lima: Empresa Editora El Comercio S. A. ISBN 9972-205-69-X; VARGAS UGARTE, Rubén (1984a), Historia General del Perú. La República (1844-1879), 9 (2.ª edición), Lima-Perú: Editorial Milla Batres; Historia General del Perú. La República (1879-1884), 10 (2.ª edición). Lima-Perú: Editorial Milla Batres. (Nota del DHIAL).

BIBLIOGRAFÍA

BASADRE GROHMANN Jorge, Historia de la República del Perú, Lima, Perú,

LOHMANN VILLENA, Guillermo, Seminario Conciliar de Santo Toribio, en Revista Peruana de Historia Eclesiástica, Cuzco – Perú, 1 (1989) 13-23.

VARGAS UGARTE, Rubén, S.J., Historia del Seminario de Santo Toribio de Lima. 1591-1900, Lima, 1969.

VARGAS UGARTE, Rubén (1984a), Historia General del Perú. La República (1844-1879), 9 (2.ª edición), Lima-Perú: Editorial Milla Batres; Historia General del Perú. La República (1879-1884), 10 (2.ª edición). Lima-Perú: Editorial Milla Batres.


GUILLERMO LOHMANN VILLENA © Revista Peruana de Historia Eclesiástica