Diferencia entre revisiones de «AVENDAÑO DIEGO DE; Biografía»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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En la historia de las ideas teológicas, filosóficas y morales del Perú, en el siglo XVII, brilla una figura relevante pero por desgracia casi del todo olvidada: el jesuita peruanista de origen español, Padre Diego de Avendaño.
 
En la historia de las ideas teológicas, filosóficas y morales del Perú, en el siglo XVII, brilla una figura relevante pero por desgracia casi del todo olvidada: el jesuita peruanista de origen español, Padre Diego de Avendaño.

Revisión del 10:22 6 jun 2020

En la historia de las ideas teológicas, filosóficas y morales del Perú, en el siglo XVII, brilla una figura relevante pero por desgracia casi del todo olvidada: el jesuita peruanista de origen español, Padre Diego de Avendaño.

Los jesuitas españoles aparecen en el escenario limeño un 28 de marzo de 1568. A su llegada, la conquista del Perú había progresado mucho. Prácticamente habían terminado las discordias entre los conquistadores, y la gran empresa misional que quedaba por realizar era la conversión de los indios habitantes de aquel lejano territorio.

Con la llegada de los jesuitas, la misión recibió un mayor impulso y sus trabajos se dirigieron al progreso tanto moral como intelectual del Virreinato. Bien puede decirse que la tarea más importante a la que se entregaron todos los padres de la Compañía de Jesús es la evangelización y la defensa de los derechos, en cuanto hombres, de todos los habitantes de aquellas tierras, especialmente de los indios nativos y los esclavos negros importados.

Por lo que a estos últimos se refiere, cábele a la Compañía un especial honor: los Padres Alonso de Sandoval y el santo Pedro Claver inician en Cartagena de Indias una labor pionera y única hasta entonces en los anales de la colonización, que sería seguida y ampliada en el Perú por el Padre Diego de Avendaño; proclaman que el negro merece la misma consideración que el indio y que «la trata» es una violación de los derechos humanos que hay que extirpar; todos, colonos, indios y negros son hombres con los mismos derechos y deberes.

Aunque solo fuera por este motivo –la defensa de los derechos humanos del esclavo negro– la figura del Padre Avendaño merecía no haber sido relegada al olvido; sobre todo si se tiene en cuenta la época histórica, en pleno siglo XVII, en que su voz constituye una muy meritoria excepción.

Nacimiento y estudios

Nació Diego de Avendaño en Segovia (España) el 29 (o tal vez el 27: no está aun claramente dilucidado) de septiembre de 1594. Fueron sus padres don Diego de Avendaño, de la antigua e ilustre casa de ese apellido en Vizcaya, y doña Ana López, no menos ilustre y noble que su marido.

En Segovia estudió gramática latina y primeras letras; a continuación en Sevilla cursó la filosofía en el colegio de Maese Rodrigo. En esta ciudad conoció al que sería su futuro mentor, el patriarca de los americanistas, don Juan Solórzano Pereira, célebre jurisconsulto, autor de la «Política Indiana», con el que se embarcó para América en el año 1610.

Ya en Lima, de la mano del propio Solórzano, ingresó en el colegio de los jesuitas de San Martín. En él encontró ambiente propicio para la vida religiosa y, dócil al llamamiento, ingresó en la Compañía de Jesús el 25 de abril de 1612; (la profesión de los cuatro votos la haría años más tarde, el 24 de mayo de 1629). Fue el padre provincial Juan Sebastián de la Parra quien lo incorporó, provisto ya de su título de Bachiller en Artes, en las filas ignacianas.

SU VIDA EN LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Ya en esta etapa comenzaron a emitir sus superiores las primeras informaciones sobre su persona, señalando las notas de su físico y carácter que, sin notables variantes, van repitiéndose a lo largo de su longeva vida: “salud integral y armonía de cualidades con un natural sanguíneo bilioso”.

Desde Chuquisaca (hoy Sucre), el buen conocedor de almas, Padre Diego Álvarez de Paz, superior del Padre Avendaño, el 10 de febrero de 1617, comunicaba a Roma al general de la Orden, Padre Vitelleschi, su opinión sobre los jesuitas de la Provincia del Perú. Refiriéndose al “Hermano Avendaño” decía con el más expresivo laconismo: “muy espiritual y recogido y muy grande estudiante”.

Terminados sus estudios de filosofía y teología, el 1° de enero de 1619, comenzó a figurar su nombre entre los sacerdotes de la Provincia; la ordenación sagrada de sacerdote le fue conferida por el arzobispo de Lima Bartolomé López Guerrero.

Hizo la tercera probación en el Cuzco y comenzó una brillante carrera de hombre de gobierno, de docencia y de letras, que culminaría con el desempeño de los primeros cargos en la provincia jesuítica peruana, y la publicación –entre otras– de su monumental obra «Thesaurus Indicus».

Entre sus cargos de gobierno y docencia, que prácticamente le tuvieron ocupado toda su larga vida, destacan: director del colegio de Cuzco, rector del colegio y universidad de Charcas, rector de la universidad de Chuquisaca, en la que ocupó la Cátedra de Prima de Teología por dos veces.

De ahí pasó a Lima donde fue por tres veces profesor de Prima de Teología en el Colegio Máximo de San Pablo, del que fue asimismo nombrado rector, cargo que ocupó hasta 1663. Durante este su rectorado, hizo colocar los lienzos que adornaban la iglesia y sacristía, la que enriqueció con magníficos ornamentos y alhajas.

En Lima, gobernó la Provincia jesuítica del Perú como viceprovincial (por ser rector de San pablo) desde 6 de enero de 1561 (en que cesó de ser provincial el Padre Gabriel Melgar) hasta abril del mismo año. En este mes le sustituyó en el provincialato el Padre Andrés de Rada, eminente reformador que antes había ejercido el cargo de visitador. Rada continuó de provincial hasta el mes de abril de 1663.

En esta fecha, de nuevo nos encontramos al Padre Avendaño llamado para sustituir como provincial a Rada; ocupó este cargo hasta noviembre de 1669 en que pasó al noviciado de la Compañía de Jesús de Lima en calidad de rector.

Al encargarse el Padre Avendaño del provincialato, tomó por secretario al Padre Ignacio de las Roelas que había sido su discípulo en Cuzco. El general de la Compañía, atendiendo a la avanzada edad de Avendaño, le autorizó para encargar a otro, el Padre Luis Jacinto de Contreras, de la visita de la Provincia, visita que este realizó en compañía del secretario Padre Roelas.

Durante el provincialato de Avendaño, llegó una expedición de jesuitas misioneros traídos de España por el padre procurador Juan de Rivadeneira, a quien por reales cédulas de julio y septiembre de 1664 y, naturalmente por iniciativa del Padre Avendaño, se le autorizó a llevar consigo al Perú hasta 22 jesuitas. En la «Carta Annua» de los años 1664 y 1666, se da cuenta de su llegada y del espléndido recibimiento que les tributó la ciudad de Lima.

Era el Padre Avendaño hombre de mucho crédito dentro y fuera de la Compañía y, aunque su principal ocupación había sido la enseñanza y el manejo de la pluma, cobró también gran fama en sus actividades de gobierno: rectorados universitarios y provincialato de la orden ignaciana.

En 1665 le tocó reunir la décima quinta Congregación Provincial de la Compañía peruana. Se iniciaron los trabajos el 10 de agosto; se celebraron nueve sesiones en las que se ventilaron asuntos de gran interés para la Provincia; se trató especialmente de las misiones entre infieles y de la concordia que debía mantenerse con la orden dominicana.

El Padre Avendaño pudo llevar a feliz término las labores de la Congregación y especialmente lograr la concordia con los dominicos en materia del Misterio de la Purísima Concepción, aprovechando la circunstancia de haber llegado a Lima el Breve del Papa Alejandro VII, «Sollicitudo Omnium Ecclesiarum», a favor del misterio expedido en Roma el 8 de diciembre de 1661, a solicitud del rey de España Felipe IV. Celebró el Colegio Máximo tan fausto acontecimiento con fiestas que dieron comienzo el 8 de diciembre de 1663 y continuaron por espacio de cinco días, sobrepasando las más halagüeñas expectativas.

El feliz resultado fue el pacto en que convinieron el provincial de la Orden de Santo Domingo (anticoncepcionista) y el provincial de la Compañía, Padre Avendaño (concepcionista); aunque hay que reconocer que en las disputas entre las dos órdenes sobre esta materia, de una y otra parte, se cayó en exceso.

En el año 1674, el padre visitador Hernando Cavero, convocó a los padres jesuitas a la décimo séptima Congregación Provincial en la que fueron designados como diputados los Padres Diego de Avendaño y Jacinto de Contreras.

Se trató, como en las demás congregaciones, del estado en que se hallaba la disciplina religiosa en la Provincia y, en cuanto a fundaciones, se trató de las que se ofrecían en Cochabamba y en Huancavelica. En esta localidad existía una especie de residencia y Don Juan de Villalobos y algún otro se ofrecieron a fundar un colegio; con su dotación se abrieron clases de primeras letras y de gramática. La Misión de los Mojos mereció el pleno apoyo de la Congregación y se decidió reforzarla con el envío de nuevos misioneros jesuitas.

La siguiente Congregación Provincial se reunió en noviembre de 1686, dos años antes de la muerte de Avendaño, y aunque no nos consta su asistencia, tal vez por su achacosa salud, su espíritu estaba bien presente. En la línea que él trazara, se acordó fomentar el estudio de las lenguas indígenas entre los misioneros jesuitas, dedicando a ello el año de la Tercera Probación.

Se juzgó útil hacer un «sermonario» en las lenguas quechua y aymará, que se predicase en quechua en la doctrina del Baratillo y que se preparase un breve catecismo en la lengua de Angola para la evangelización de los negros (idea esta siempre muy querida del Padre Avendaño).

SU PAPEL EN LAS MISIONES

Un tema importante en que la intervención de Avendaño como consejero de la Corona y del virrey resultó decisiva, fue su mediación en el conocido pleito sobre el envío de misioneros extranjeros a Indias. El rey de España Felipe IV había expedido el 1 de junio de 1654 una Real Cédula en la que prohibía formalmente el paso a Indias de todo jesuita extranjero. Esta medida era fatal para el buen desarrollo de la misión.

En su «Thesaurus lndicus» el Padre Avendaño dedica todo un capítulo a discutir la conveniencia de la ayuda de misioneros extranjeros en la conversión de los indios. Empieza por reconocer que no faltan razones para negar el paso a las Indias de extranjeros que solo van a ellas movidos por intereses personales; pero tratándose de quienes solo buscan la salvación de las almas, no hay motivos para cerrarles el paso; pues, si son idóneos y si se tiene necesidad de ellos, el rey está obligado a enviarlos.

Como su obra debió llegar a manos de muchos consejeros reales y muy probablemente de la propia Corona, ello sin duda contribuyó a que se tomaran medidas amplias sobre este asunto. El 12 de marzo de 1674, don Carlos II y doña Mariana de Austria, en calidad de tutora, expidieron una Real Cédula en la que se concedió que pudieran ser extranjeros hasta la tercera parte de los misioneros expedicionarios y se suprimió la condición de un año de permanencia previa en España; no era el ideal deseado por Avendaño, pero quedaba así bastante bien asegurado el aprovisionamiento de las misiones.

Otro aspecto importante de la labor misionera de Avendaño es su contacto directo con el indio o con el esclavo negro, como un misionero más, a pesar de la alta jerarquía de sus funciones. Sabemos que en 1657 los PP. Diego de Avendaño, Pedro Julio y Francisco del Castillo, en tres meses y medio misionaron desde Pachacamac hasta Carabayllo en el valle de Lima.

No podemos pasar por alto una de las más importantes misiones eclesiásticas que el Padre Avendaño desempeñó por largo tiempo en Perú, acumulada a lo demás (profesor de teología, rector universitario, misionero ambulante etc. de que hemos hecho mención); nos referimos a la misión que se le confía de censor del Sagrado Tribunal de la Santa Inquisición.

EL PADRE AVENDAÑO Y LA INQUISICIÓN

En la portada del «Thesaurus Indicus», después del nombre del autor “R. P. Didacus de Avendaño S.l.” se añade: “In Peruvio iam pridem publici et primarii S. Theologiae Professoris et in Sacro Inquisitionis Sanctae Tribunali adlecti Censoris”. Podría extrañar que un hombre como Avendaño, que se dedica con alma y vida a la defensa de los derechos humanos de indios y negros, haya aceptado un cargo como el de censor inquisitorial, a primera vista tan poco concorde con la posición tan liberal de nuestro jesuita.

Quien así piensa olvida un detalle esencial, por desgracia poco o nada tenido en cuenta por los historiadores en general: que la Inquisición se implanta en Indias, eso sí para defender la pureza de la fe católica, pero muy especialmente para, dentro de este mismo contexto, defender a los indígenas contra el trato inhumano (contrario por ende a la fe católica) por parte de los colonos; y lo mismo que a los indígenas, a los negros importados.

Así nos explicamos que el propio apóstol de los indios, Bartolomé de las Casas, como puede verse en nuestra edición de su obra inédita «Apología»,[1]pida a los reyes de España la implantación de la Inquisición en Indias, precisamente para proteger a los indígenas.

En el primer Simposio Internacional sobre la Inquisición española, celebrado en Cuenca en noviembre de 1978, los profesores Leandro Tormo, María Pilar Pérez Canto y Bartolomé Escandell presentaron muy interesantes ponencias sobre la actuación de la Inquisición en América, concretamente en Paraguay y en Perú, y pusieron bien claramente de manifiesto la complejidad y, en ocasiones el talante contradictorio del Santo Oficio, que, si por una parte tenía un marcado enfoque conservador y puritano, por otro –cual es el caso de la esclavitud– manifestó desde un principio su concepto progresista.[2]

En esta misma línea se sitúa la postura adoptada por Avendaño, frente al reconocimiento de los títulos jurídicos justificativos de la colonización y conquista: su «tesis teocrática»; esto es, vuelta al título que Las Casas y Vitoria condenaran: el poder del Papa. El motivo es el mismo que en el caso del apoyo a la Inquisición en Indias. Como la Corona no es capaz de cortar los abusos de los colonos contra los indígenas, el poder espiritual del papado será siempre una garantía más segura y podrá imponer mejor la justicia al funcionario colonizador que el poder temporal.

No se olvide que, a fines del siglo XVI y comienzos del XVII, los logros de los protectores de los Indios, y muy concretamente del Padre Las Casas –sobre todo en lo concerniente a la lucha contra la encomienda– comenzaron a esfumarse; la encomienda renació con más abusos si cabe, y el poder de los reyes de España, ya muy debilitado, fue incapaz de imponer su voluntad justiciera a favor del indígena a sus colonos y soldados en América.

En el «Thesaurus Indicus», (Tomo II del «Actuarium», IV del «Thesaurus»), Avendaño dedica toda una «Sectio» a estudiar si a los indios deben aplicárseles las censuras eclesiásticas:“Censuris Ecclesiasticis an possint Indi percelli”. Su postura es decididamente contraria a ello. El indio, para Avendaño, goza del privilegio de verse libre de toda censura de excomunión (ello confirmado por el III Concilio Limense y por el propio papa Sixto V).

Es más, el privilegio que Avendaño reconoce a los indios, se lo reconoce igualmente a los esclavos negros. Avendaño se refiere concretamente a la intervención del Tribunal de la Santa Inquisición el cual –dice– debe tener presente este privilegio, y ya en este orden de ideas, Avendaño adjudica al indio el estatuto de «persona miserable» que jurídicamente supone para él toda una serie de ventajas de orden fiscal, judicial, laboral, etc. estatuto éste de «miserable» que, de idéntica manera, dice debe aplicarse al esclavo africano.

SU PARTIDA A LA CASA DEL PADRE

En 1681 la robusta naturaleza de Avendaño comenzó a dar señales de debilidad, minada por la edad. Un martes –30 de agosto de 1688, próximo a cumplir los 94 años de edad– santamente como había vivido, entregó su alma a Dios. Había sido milite de la Compañía de Jesús nada menos que 77 años. A su fallecimiento el padre provincial Francisco Xavier Grijalva informaba así a Roma:

“…A 30 de agosto fue el dichoso tránsito a mejor vida del venerable P. Diego de Avendaño, cuya admirable sabiduría demuestran bastantemente doce eruditísimos tomos que escribió, de los cuales nueve se han dado a la prensa. Ni menos acreditadas se veneran sus heroicas virtudes con la aclamación universal que de santo tuvo en vida y muerte. La cual nos le arrebató después de una muy prolongada enfermedad en el colegio de San Pablo de Lima a los 94 años de su edad. De todo se da una breve noticia que aquí se imprimió para despachar a los colegios de la Provincia, más que en desempeño de un deber, en testimonio de la grande obligación en que le está y estuvo esta Provincia”.[3]

NOTAS

  1. Bartolomé de las Casas, Apología, (Madrid: Editora Nacional, 1975).
  2. Nota sobre el Congreso en El País, 1 de octubre de 1978.
  3. Extracto de Fondo Gesuítico, Collegia, 115/III, “Catálogo de los difuntos de esta Provincia de los años 1688-1690”, folios IV y ss.

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ÁNGEL LOSADA

©Missionalia Hispanica. año XXXIX – N° 115 - 1981