COLOMBIA; Religiosidad prehispánica. El totemismo

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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La religión de los americanos

Exceptuando los grandes grupos culturales –escribe Morales Padrón– se puede afirmar que en la América indígena no existían verdaderas religiones, sino conjuntos de creencias en las que el manismo, animismo, fetichismo, magia, se mezclaban y alternaban. La vida social está en íntima relación con todas estas creencias, como lo demuestra el totemismo, o conjunto de costumbres, supersticiones y creencias de que es objeto el tótem por parte de una tribu o de un individuo.

Los misioneros jesuitas del Canadá fueron los primeros en dar a conocer este fenómeno, en el siglo XVII. Entre varias teorías que la explican, la mejor, propuesta por sus descubridores jesuitas, es la del «manitú» o espíritu protector. Según esta, el manitú vino a transformarse en «tótem» de la tribu.

La base está en el concepto «animístico» de la naturaleza, creyendo que todo en esta tiene espíritu. Todas las cosas están animadas. Ahora bien: ellos se sienten impotentes entre tantas fuerzas espirituales y entonces buscan alianza con una de ellas. Toman como aliado o guía a uno de estos poderes. Unos creen que el tótem forma parte de su vida, es su aliado. Otros piensan que no va con ellos, pero que pueden invocarlo y siempre vendrá en su ayuda.

Por eso, unas veces el indígena da más importancia a su vida natural, y otras a la que cree que le viene del tótem. En este caso suponen que descienden de él, e ignoran o no hacen caso de la paternidad humana. Cuando le da más importancia a la vida natural, el grupo totémico está unido por el doble lazo de la sangre y el tótem. En caso de darle más importancia a la vida que les viene del tótem, están unidos por este. Así se explica la existencia del tótem para toda la tribu y tótems particulares, o la presencia de más de un tótem.

En el totemismo particular se da el manitú de los algonquinos y el nagual de Suramérica. No es un tótem hereditario. El individuo lo consigue personalmente. Para ello se va al bosque en ayunas y cuando sueña con un determinado animal, ya toma a este por tótem. La influencia del tótem en la vida se manifiesta en lo religioso, en lo social y en lo exogámico.

En lo religioso: sacrificios al tótem. Adoptar nombres que tengan algo que ver con él; vestirse con pieles del tótem; tatuarse de un modo parecido a él; consultarlo.

En lo social: es tabú: no se puede matar ni comer; dirige la elección de compañero en los juegos; une estrechamente a los individuos de la tribu. En cuanto a lo exogámico, no es fijo que al individuo le quede prohibido casarse con mujer de la propia tribu.

El totemismo no es privativo de América; existe en Australia y África.

Para la mayoría de los indígenas americanos no existía la idea de un dios superior, debido a que las cosas estaban animadas por un espíritu. A veces esta idea de ser supremo se personifica en los astros y surge el culto a los fenómenos de la naturaleza. Así Tlaloc, dios de la lluvia entre los aztecas. Otras veces se tiene a los astros como padres, pero no como dioses.

Los mitos son muy variados y de gran interés los que explican fenómenos naturales: lluvia, arco iris, diluvios, cascadas, héroes redentores, como puede verificarse en el libro «Mitología Americana», de Mariano Izquierdo Gallo.

Los ritos son los más diversos, desde el horrendo sacrificio humano a la incruenta ofrenda. En las grandes culturas existía la clase sacerdotal y en ellas como en los pueblos primitivos, se admitía la existencia del más allá...[1]

No estará de más puntualizar aquí con respecto al totemismo que no puede considerarse como una religión propiamente tal, puesto que el hombre mira al tótem como su amigo y su igual, y no como a un superior y mucho menos un dios. Se trata de un espíritu amigo y protector... El totemismo es característico de los pueblos que han sabido desarrollar un sistema perfeccionado de caza. Para vencer en la caza a las bestias, con frecuencia superiores en poder, el hombre estudia todos sus movimientos y a veces los sabe imitar y representar gráficamente. Así Pinard de la Boullage en su famosa obra «El estudio comparado de las religiones».[2]

En las religiones americanas hay sustratos y elementos comunes. Hay ciertas coincidencias y en muchos casos conexiones en lo que se refiere a creencias, mitos y ritualidades. Es común el politeísmo, la personificación de diversos aspectos de la naturaleza en figuras divinas, ciertas ceremonias cruentas y demás; pero son visibles las diferencias cosmogónicas y míticas que confieren a cada religión o familia una fisonomía propia.

No es del caso, aquí y ahora, buscar comunes raíces e influjos, cotejos y concatenaciones dentro del abigarrado mundo de las creencias aborígenes de América. Este artículo se ciñe a las principales tribus que poblaban el territorio de lo que hoy es Colombia. No pudo escapar a los historiadores de la conquista y la colonia el fenómeno religioso, su vivencia por parte de los nativos, sus ritos, la flota de sus divinidades, la explicación que daban a sus creencias y misterios.

Sin pretender agotar la bibliografía, basten aquí tres indicaciones valiosas y testimoniales: Los capítulos XVI y XVII del libro II de «Historia de la Provincia de San Antonio del Nuevo Reino de Granada» de fray Alonso de Zamora, O. P., en los que trata de la multitud de idolatrías que tenían sus habitadores y de las costumbres, leyes y gobierno de los indios de este Nuevo Reino. Los primeros catorce capítulos de la «Cuarta Noticia Historial», de fray Pedro Simón, franciscano; y las tradiciones consignadas por el obispo Lucas Fernández de Piedrahita en su «Historia General de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada».

Religión de los «caribes»

Los caribes –dice Julio César García– llamados también calinas, es decir, compañeros, fueron los primeros aborígenes que encontró Colón en el continente. Parece que su primer asiento lo tuvieron en el Brasil, entre el alto Xingú y el Tapajoz.

Al territorio de la actual Colombia pudieron entrar por el Orinoco, por el Magdalena y sus afluentes, y por el Atrato y las costas del Pacífico. Sus principales tribus y pueblos fueron los muzos, los panches, los pijaos, los quimbayas, los catíos, los chocoes, y los motilones. Los katíos, estudiados en notable volumen por el claretiano español Constancio Pinto, perviven hoy bien aislados y diferenciados y tienen un conjunto de creencias en las cuales alcanzan a descubrirse impregnaciones de la predicación misionera.[3]

Según Cieza de León, no tenían casa ni templo de adoración alguno, ni hasta ahora se les ha hallado más que ciertamente hablan con el diablo los que para ello señalan y le hacen la honra que pueden teniéndolo en gran veneración el cual se les aparece en visiones espantables y terribles que les pone su vista gran terror. En otro lugar su Crónica del Perú habla de tablas en que esculpen la figura del demonio, muy fiera, de manera humana, y otros ídolos y figuras de gatos a quienes adoran.[4]

Apunta el versificador Joan de Castellanos que muchos de ellos, los catíos concretamente, adoran la milicia de las estrellas, dan noticia del diluvio general y de gentes que escaparon en el arca, reconocen que hay un dios de justicia, gran monarca del cielo y de la tierra. “Y aunque al demonio tratan con regalo temblando de él, conócenla por malo y ansí llaman ellos al diablo Cunicumbá”. A Dios lo llaman Abira, que significa «sumamente bueno».

Tenían, pues, los caribes, el sabeísmo o adoración de los astros, la demonolatría y la zoolatría. Castellanos advierte que el culto del demonio era fruto del temor, pues reconocían su maldad.[5]

Para invocar al demonio, los indios del litoral se reunían con los ancianos alrededor de una moya llena de agua, con tabaco en hojas y en polvo y algunos guijarros: arrojaban a la moya sus alhajas, que eran revueltas por el mohan hasta que el demonio se hacía presente en forma de macho cabrío, de tigre o de animal inmundo, dictaba sus pronóstico y daba sus consejos, todo ello en la oscuridad de la noche.

También a los quimbayas se les aparecía en figuras aterradoras cuando lo invocaban por medio de prácticas supersticiosas y le quemaban coca. Los indios del Sinú tenían ídolos de oro que representaban distintos animales: el tigre, el puerco espín, patos de gran tamaño que podían ser también ofrendas a sus dioses u objetos de adorno.

Los muzos explicaban el origen de la vida atribuyendo a Are, sombra que moraba junto al Magdalena, la creación de la primera pareja, que hizo de madera y le dio vida al sumergirla en las aguas del río.

Refiriéndose a los centros ceremoniales de los indios armas, centros que recuerdan la estructura de los templos precortesianos mexicanos, describe así el capitán Jorge Robledo:

“Tienen hincadas unas cañas de las que en aquella tierra hay, que son tan gruesas como dos muslos y muy altas; van estas hincadas por su orden, empalmados una de otra, ansí ponen más de veinte ringleras dellas, que está hecho como un monte, y en el comedio de la pared dellas, a la parte de la plaza, tienen hecha una escalera que sube hasta lo alto de las cañas, de ancho de seis palmos, con sus gradas, y a una parte de la escalera un ídolo, y en la otra parte, otro; y esto es para sacrificar indios e indias, lo cual en esta parte se hace mucho sacrificio al diablo; y destos sacrificaderos hay muchos, los más principales son en las plazas de los señores; y en la punta de lo alto destas cañas tienen puestas calaveras de hombres”.[6]

Los habitantes de los Llanos Orientales, en las orillas de los grandes ríos, eran caribes, sumamente carniceros. De la nación Achagua dice el Padre Rivera, S. J., en su «Historia de las Misiones de los Llanos del Casanare» que no adoran ídolos los achaguas, ni se ha conocido este despeñadero en las demás naciones que tenemos; agoreros sí tienen muchos, y adivinadores de los sucesos futuros, ya por el canto de los pájaros, ya por el encuentro de animales terrestres y ya por los peces que flechan en las mismas corrientes de los ríos, en lo que son diestros y admirables.

A los muertos los entierran muy bien provistos de diversas baratijas, instrumentos y manjares. De ello se colige claramente “confesar estos indios la inmortalidad de las almas, como el que hay otra vida después de ésta para los hombres; el haber un supremo Señor que lo crió todo, a quien llaman Cuaygerri, que quiere decir el que todo lo sabe. Tienen también tradición derivada de padres a hijos, acerca del diluvio universal, que llaman catana en su lenguaje. Reconocen otros dioses de mejor jerarquía, no para adorarlos sino, por pura tradición. Así Jurrana-minari, el dios de las labranzas; Baraca el de las riquezas; Cuisiabirri, el del fuego; Pruvisana, el causador de los temblores; Achacaté, el dios tonto, etc.”[7]

De los indios giraras, vecinos de los achaguas, no adoran ídolos pero confiesan que hay dos dioses hermanos, uno mayor que otro en la edad; del dios hermano mayor dicen que lo creó todo de la nada y que destruyó con el diluvio todos los hombres en castigo de sus pecados; pero que después el dios menor bajó de los cielos a la tierra a propagar el linaje humano que pereció en el diluvio y que vivió en el mundo siendo emperador de todos.

A este atribuyen los temblores, diciendo que mueve la tierra con el impulso de su brazo. Juzgan tan vagamente de los dioses hermanos y de las cosas del cielo, que piensan que hay bebezones por allá arriba y que se embriagan y riñen los dos, teniendo sus dares y tomares; por esta causa, cuando llueve, dicen que el agua que cae es el vino de los dioses que derraman desde los altos, después de bien bebidos y embriagados y encolerizados entre sí cuando se acaba la bebezón. Juzgan que viven en las estrellas, como también que el demonio es el señor absoluto de los puercos del monte.[8]

Entre los airicos “hállanse muchos que tienen familiaridad y pacto explícito con el demonio, a quien hablan y tratan visiblemente, dejando por herencia a sus hijos este infernal abuso. Para lo que principalmente usan esta familiaridad con satanás es para el tiempo de enfermedades, haciéndose médicos de oficio por los intereses que ellos saben y con intervención del moján...”.[9]

Para los primitivos misioneros americanos fue un misterio inquietante el de conocer si por esta tierra se había anticipado a llegar la luz de la revelación. Por eso el P. Rivera, al hablar de los achaguas y de los giraras, concluye:

“Fácil es corregir por lo que queda dicho, que tuvieron estos indios en otro tiempo mucha luz de los misterios de nuestra santa Fe, en especial de la Trinidad y Encarnación que por ventura les enseñó alguno de los apóstoles, y que con falta de enseñanza hayan degenerado estas verdades en los errores dichos: puede servir de confirmación sobre este punto lo que dijo un betoy que vivió en el mismo monte donde vivían los giraras: dijo, pues, este indio, que por tradición de sus viejos corría entre ellos, que rezaban antiguamente las oraciones en el monte sus antepasados como las rezan los cristianos ahora; por esta causa y por no tener ídolos estas gentes, es mucho más fácil que entre otras naciones el imprimir en sus almas las verdades católicas, como el hacerles asistir a la doctrina y obligaciones de cristiano”.[10]

Creencias de los chibchas y su panteón

El término «chibcha» se aplica a la gran familia lingüística cuyos pueblos habitaron desde Centroamérica hasta Ecuador, y con un sentido restringido denominamos chibchas al grupo de pueblos de esa gran familia que vivía –y aún viven sus descendientes– en el altiplano por tierras de Cundinamarca y Boyacá.

Muchos autores, como Luis López de Mesa, prefieren llamar «chibcha» al conjunto de tribus ligadas por un parentesco lingüístico, y nación «muisca», los moscas de los españoles, a la que pobló las altiplanicies de la cordillera andina oriental por las regiones que hoy pertenecen a Cundinamarca, Boyacá y sur de Santander.[11]

Julio César García opina que “uno de los aspectos más sobresalientes de la cultura chibcha fue su religión, tanto por sus creencias y concepciones elevadas como por lo formal de su culto”. Y Luis Duque Gómez asienta: “El pueblo muísca fue el que logró, en el panorama de las culturas prehispánicas de Colombia, una estructura más compleja en el pensamiento mágico-religioso de aquellos tiempos”.[12]

“Después que entré en estas tierras me ha solicitado el deseo de saber si en algún tiempo entró en ellas por algún camino la luz del Evangelio y se ha alentado este en ocasiones en que he visto cosas que parecen como centellas de eso, como son que estos indios esperan el juicio universal por tradición de sus mayores, diciendo que los muertos han de resucitar y vivir para siempre...”[13]

La curiosidad del fraile cronista la sintieron muchos de sus compañeros de andanzas y de observaciones en esas horas madrugadoras de evangelio; gracias a sus relatos podemos hablar aquí y ahora de la religiosidad de los aborígenes, y en este caso particular de los chibchas. En su estudio «Boyacá en la leyenda indígena», Max López Guevara establece una clasificación de los dioses de la nación chibcha, en astrales, acuáticos y dioses diversos.

Dioses astrales

Entre estos, los principales son:

a) Chiminigagua: Es el dios supremo entre los chibchas; un dios incorpóreo, que no se concreta en nada y que según las creencias, esparció la luz y el calor sobre la tierra, con una fuerza unitaria y omnipotente. A este dios no se le rendía culto especial.
b) Zhúe o Súa: Era el sol a quien los chibchas adoraban y a quien erigieron el famoso templo de Iraca.
c) Chía: Era la luna, a la que también adoraban y a la que erigieron un templo especial en Chía. El sol y la luna fueron el desdoblamiento de Chiminigagua.
d) Bochica, Nemqueteba o Sadigua: Era la encarnación del sol y la luna. Dios bienhechor que, humanizado con figura de apóstol, enseñó normas de moral y reglas para el cultivo de la tierra y el tejido de las mantas. Apareció en Pasea y desapareció en Iza donde dejó la huella de su pie sobre una piedra que los indios adoraron.
e) Huitaca: Fue la diosa del mal, una mujer muy bella que al contrario de Bochica enseñó el placer y el vicio; por ello, Bochica la convirtió en lechuza, según algunos cronistas; otros dicen que fue convertida en luna para que alumbrase de noche y por ello también se le denomina Chía. Es la personificación del mal o del demonio.

De allí arranca la leyenda según la cual en castigo al pueblo chibcha, por seguir los consejos de Huitaca, Chibchacún inundó la sabana de Bacatá, habiendo aparecido nuevamente Bochica en el arco iris, cuando se arrepintieron y lo invocaron; y él, con una vara, rompió las rocas originando el Salto del Tequendama, por donde se precipitaron las aguas. Tenemos, pues, que en la religión de los chibchas hay un dios supremo a quien se denomina Chiminigagua; este se desdobla a su vez en Zhúe (el sol) y Chía (la luna) y que además se encarna en un hombre: Bochica.

f) Cuchavira: El arco iris, era un dios astral y también acuático; dios de las enfermedades, las malas noticias, los partos y los castigos implacables. Le ofrecían esmeraldillas.

Dioses acuáticos

a) Bachué o Farachogua: Es la madre del género humano; su nombre significa «mujer de senos redondos y turgentes»; en la leyenda se unifica con la creencia en la fecundidad de los surcos y la intervención del agua en el decurso de la vida.
b) Síe o Sía: Divinidad lacustre y tutelar, a la que adoraban en la laguna de Siecha. Se le rendía culto al son de alegres músicas y danzas y le rendían tributos como pececillos de oro, esmeraldas y terracotas de ofrendas.

Dioses diversos

a) Chibchacún: Era el «báculo de los chibchas»; protector de agricultores y mercaderes. Según la leyenda, Chibchacún, fue el autor de la inundación de la sabana de Bogotá, por lo cual recibió de Bochica el castigo de cargar la tierra sobre los hombros; por ello, nuestros indios explicaron los grandes temblores y terremotos con el cansancio del Atlas chibcha, que cansado de soportar el peso de la tierra, la trasladaba del hombro izquierdo al derecho y viceversa...
b) Nencatacoa o Fo: Era el dios protector de los tejedores de mantas, a la vez que de las borracheras.
c) Chaquén: Era el dios de las carreras y los límites. Tenía bajo su cuidado los linderos de las tribus.
d) Chibrafrime O Chibrafrus: Era el dios de la guerra, a quien pedían las victorias.

También dan cuenta las crónicas que los chibchas erigieron templos no solo en Iraca, sino en Hunza, Bacatá y Ramiriquí, así como santuarios en Furatena, cerca de Muzo; y los de las lagunas Guatavita, Guasca, Siecha, Teusacá y Ubaque. Asimismo, la sucesión se hizo por la línea materna a través de los sobrinos, hijos de la hermana.

Tuvieron seminarios en Ramiriquí, llamados cucas, para la educación de los príncipes de la sucesión y de los jeques. Y a los hombres notables de la raza, se les sepultó cubiertos de finas líquiras de algodón, mantas, dijes, tunjos de oro, moyas rebosantes de licor de maíz y otros alimentos y artefactos como para un viaje interminable. Nuestros chibchas, en verdad, con un sentido cristiano, creyeron que la muerte no es un fin, sino el comienzo de la inmortalidad.[14]

La crítica sociológica de nuestros días ha formulado ya la evaluación de la cultura muisca, con este saldo a su favor, según el citado estudio de López Guevara:

“Un sistema del universo de apariencia racional; una coordinación teogónica de elevados alcances morales; un concepto idiomático simbolista y hasta filosófico; una forma de expresión gráfica con miras a la perpetuación de las ideas; un perfeccionamiento de sus propias y necesarias industrias y utensilios; un conocimiento de los astros que dio origen a un calendario; un régimen de intercambio no solo de trueque sino también monetario; una reglamentación del principio de autoridad, y del principio de la propiedad; una moral administrativa con un Código de conducta; en fin, la constitución de una Nación como entidad consciente”.[15]

No es superfluo ampliar estas noticias con las aportaciones de los cronistas misioneros, más valiosas de lo que estiman algunos sociólogos modernos, porque gracias a esos cronistas se nos conservaron y están hoy sometidas al escrutinio anacrónico de quienes juzgan el pasado con las lentes de la actualidad... o de sus resabios marxistas.

«Chiminiguagua», dios supremo y creador, no era representado en forma alguna. El mundo estaba envuelto en tinieblas cuando él apareció como especie de misterioso recipiente de la luz. Lo primero que creó fue una bandada de aves negras, a las que al punto mismo de nacer, mandó que fuesen por todo el mundo echando por los picos aliento o aire lúcido y resplandeciente, con lo que todo el mundo quedó claro e iluminado, como está ahora.

«Bachué» fue la madre de todos los hombres, unida a Ulí esposo innominado. Ella salió de la laguna de Iguaque, sita a cuatro leguas al norte de Tunja, llevando de la mano un robusto niño como de tres años. Bajaron luego a las tierras llanas y pasados los tiempos formaron la primera sociedad conyugal de donde provino el linaje de los hombres.

Ya anciana, Bachué congregó a sus descendientes en las orillas de la laguna Iguaque (hoy San Pedro) les predicó la paz, la observancia de las leyes y el culto a los dioses y desapareció convertida en serpiente; en adelante se la tuvo como protectora de la agricultura y en particular de las legumbres. Los chibchas solían representarla, con el niño, en pequeñas estatuas de oro o de madera. Y ella, con Bochica y con Chibchacun como partía el honor de recibir el humo sagrado del moque, fruta con que perfumaban los indios a sus dioses.

«Bochica» fue el dios del cielo para los bogotaes. En particular lo miraban como suyo los caciques y capitanes. Lo confundían con el sol y lo llamaban por eso Zué, el brillante. Hay quienes lo identifican con Nenterequeteba, el profeta o civilizador de la nación chibcha; pero el sabio Uricoechea sostiene que los antiguos cronistas distinguían bien a entrambos personajes.

Fue Bochica el bienhechor poderoso que golpeó con su vara las peñas del Tequendama por donde se precipitaron las aguas que por maldad de Chibchacun inundaban la sabana. Así se formó la bella y lengendaria cascada. Bochica, el sol, estuvo casado con Chía, la luna. «Chía», conocida también con el nombre de Huitaca, fue una mujer bella y perversa que metamorfoseada de lechuza o de luna, presidía las tinieblas de la noche. Hay quienes dicen que Chía, por sus malos consejos, y por haber causado las inundaciones de la sabana, fue castigada por Bochica que la convirtió en lechuza. Los panches, en cambio, adoraban a la luna porque da luz en la noche y consideraban inútil al sol porque sale de día.

«Chibchacum» (báculo de los dioses) fue dios singularmente venerado por los mercaderes y los labradores. Indignado por las blasfemias que contra él profirieron los habitantes de la sabana hizo que los ríos Sopó y Tibitó, afluentes del Funza, inundaran la altiplanicie de Bogotá convirtiéndola en inmenso lago. Fue entonces cuando Bochica, compadecido, se apareció a los sabaneros por los lados de Soacha en lo alto del arco iris y con su cetro de oro golpeó la muralla de rocas y formó la cascada del Tequendama. En cuanto a Chibchacum lo condenó a cargar sobre sus hombros la tierra. Los chibchas atribuían los terremotos a los esfuerzos que el dios hacía para pasar el mundo de un hombro al otro.

Otros personajes de la mitología chibcha fueron: «Cuchabiba», el arco iris cuya aparición era presagio de Calamidades; «Mencatacoa», dios de la borrachera y amparo de los tejedores de mantas a quien solo se le podían ofrecer libaciones de chicha; «Guahaioque» o el demonio, origen del mal, a quien se le ofrecían sacrificios para aplacarlo.[16]El historiador fray Alonso de Zamora dice que los muiscas eran tan supersticiosos “que para cada acción humana y para cualquier enfermedad tenían su dios diferente. También los tenían para el día y para la noche…”

Sobre el origen del hombre decían que los primeros fueron fabricados de figuritas de barro amarillo y las primeras mujeres de tallos altos y huecos de algunas plantas: “Entre los indios de esta región del Altiplano que comprende a Tunja y Sogamoso la creencia con respecto al origen humano era: «Cuando amaneció, ya existían el cielo y la tierra pero sumidos en densas tinieblas y que en esa gran oscuridad no existían más seres que los caciques de Sogamoso y de Ramiriqui, sobrino este último del primero.

Ellos fabricaron a los hombres de barro amarillo y a las mujeres de hierbas con tallo hueco y largo; que cuando poblaron la tierra, el cacique Sogamoso ordenó a su sobrino subirse a las alturas para que convertido en Sol, iluminase el mundo; pero que como viera que no era suficiente para alumbrar la noche, subióse él mismo y convirtióse en Luna».

Así, según la tradición, cuenta Fray Pedro Simón en sus «Noticias Historiales», los indios de Sogamoso celebraban una fiesta en el mes de diciembre, que tenía por objeto conmemorar el suceso de la creación del Sol. Consistía en una danza bailada por dos sacerdotes de librea roja y uno de librea azul que iba al centro, todos los cuales cantaban recordando la muerte y el fin de sus almas con tal sentimiento y sinceridad que, para consolarlos, el cacique tenía que organizar grandes festejos”.[17]

Los jeques o sacerdotes

Dice el padre Simón que el nombre jeque, aplicado por los españoles a los sacerdotes de los muiscas, es una manera suavizada de pronunciar el vocablo indígena «ogque». En realidad, el «Diccionario de la Real Academia» deriva del árabe la palabra jeque, y el mismo P. Simón hace referencia a los capitanes o señores de algún «aduar».

Los muiscas respetaban mucho a los sacerdotes destinados para las ofrendas y sacrificios a los ídolos. El oficio era heredado por sobrinos, hijos de hermana. Y lo preparaban largamente para su ministerio. “De mediana edad lo sacaban de la casa de sus padres y lo metían en otra, apartada del pueblo, que se llamaba Cuca, algo así como una academia o universidad en donde se educaban bajo la guía de un indio viejo.

Se les ejercitaba en la abstinencia, pues no comían al día más que una bien tasada porción de mazamarra o puches de harina de maíz, sin sal ni ají, y alguna vez algún pajarillo que se llamaba chismia o algunas sardinitas que se cogen en los arroyos, no más larga cada una que la primera coyuntura del dedo mayor.

También les enseñaban las ceremonias y observancias de los sacrificios, en que gastaban doce años, después de los cuales les horadaban narices y orejas en que les ponían zarcillos y caracuríes de oro, íbanles acompañando muchos indios hasta una quebrada limpia donde se lavaban todo el cuerpo y vestían mantas nuevas finas.

Desde allí se dirigían con el mismo mayor acompañamiento a la casa del cacique, el cual le daba la vestidura del sacerdocio, concediéndole y dándole de su mano para que trajera el poporo y mochila del ayo y algunas buenas mantas finas y pinturas y licencias para ejercer el oficio de Jeque en toda su tierra, porque en cada una los había particulares.

Ya con esto quedaba del todo graduado en su oficio por cuya solemnidad hacían grandes fiestas de mucha bebida y baile, ofreciendo sacrificio para que él lo ejercitara bien. Vivía después en casa que le habían aparejado cerca del templo o en el campo, de donde no salía más que para hacer los ofrecimientos, porque su semantera y labranza se la hacían de comunidad. Y para su vestido le daban mantas los que venían a hacer ofrendas, para que más desocupados de estos estorbos se diesen más de todo al servicio de los dioses.

Por esta razón tampoco consentían se casasen por toda su vida y así era austerísima la que pasaban sin compañía de nadie, siempre en ásperos ayunos y martirios diabólicos, pues muy de ordinario se zajaban y sacaban abundancia de sangre de muchas partes del cuerpo. Ningún sacrificio ni ofrenda, particular ni común, se podía hacer sino por su mano”.[18]

Templos, santuarios y ermitas

Los cronistas mencionan estos lugares de adoración y de sacrificios, y a veces describen con detalles la forma y las dimensiones de estos edificios que eran ranchos grandes, de techumbre pajiza. Se ha hablado a veces de templos o templetas de estructura lítica, como las que se encuentran en Tierradentro y en el parque de las famosas estatuas de San Agustín; pero según Duque Gómez se trata de “monumentos conmemorativos, vinculados al culto de los muertos, cuando se quería depositar las cenizas mortales de algún personaje”.[19]

El adoratorio más famoso de los chibchas de la altiplanicie era el de Sugamuxi o Sogamoso, centro de peregrinaciones, relicario de tesoros ofrendados al sol y de momias de personajes calificados.

Dos españoles, Miguel Sánchez y Juan Rodríguez Parra, entraron en él a la callada y con el silencio de la alta noche y entretenidos en llenar sus manos de riqueza no advirtieron que sus hachones pegaban fuego a un espartillo seco y menudo que el suelo cubría para comunicarse luego a una pared forrada de carrizo seco. Así pereció ese monumento, del que apunta Simón “que duró el fuego sin apagarse ni dejar de humear, un año entero” aunque memoriales llegados a sus manos afirman haber durado cinco años lo cual “paréceme mucho tiempo...”.

Ponderan los cronistas que este renombrado templo de Sogamoso está recubierto con láminas de oro y con piedras preciosas. Los españoles encontraron en él más de seiscientas mil libras de oro fino, aunque los indígenas alcanzaron a ocultar la mayor parte de sus riquezas. Ceremonias y ritualidades

Por lo demás, en las poblaciones, en los montes, a la vera de los caminos y de las lagunas, los chibchas levantaban sus templos, pequeños bohíos circulares tapizados de esparto; en torno ponían las representaciones de sus dioses.

Las lagunas eran también para ellos santuarios muy concurridos. En ellas se rendía culto a la diosa Sía agua, y en sus orillas se entregaban a borracheras. Las lagunas más veneradas fueron las de Siecha, Ubaque, Teusacá y Guatavita, en donde, incomprendida y desesperada por el señor de Guatavita, se hundió la cacica con su hijita y una muchacha que le servía de carguera.

La cacica encontró en el fondo de la laguna unas mansiones de ensueño y se resistió a volver a su hogar; pero de cuando en cuando se aparecía sobre las aguas, radiante de hermosura y predecía los sucesos de su nación. Los chibchas peregrinaban con frecuencia a esa laguna, encendían fogatas en sus riberas, bebían y se paseaban al son de ruidosas músicas, y por medio de los jeques arrojaban al fondo preciosas ofrendas. En determinadas épocas del año tenían fiestas religiosas; en marzo y junio para desagraviar a los dioses; en septiembre había procesiones con bailes y disfraces presididas por el soberano o cacique, el cual premiaba a los que más se habían lucido y los agasajaban con chicha en abundancia.

Los chibchas practicaron los sacrificios humanos.

En un templo dedicado al sol en los Llanos orientales le inmolaban mojas o niños cuidados con esmero. Vendidos a los caciques a muy alto precio, los niños desempeñaban en los adoratorios los sagrados oficios y cantaban las divinas alabanzas y al llegar a la pubertad eran sacrificados por los jeques solemnemente.

“Llegados al puesto del sacrificio, con algunas ceremonias tendían al muchacho sobre una manta rica en el suelo y allí untaban algunas peñas en que daban los primeros rayos del sol. El cuerpo del difunto unas veces lo tenían en una cueva o sepultura, y otros lo dejaban sin sepultura en la cumbre, porque lo comiera el sol y se desenojara. De esta costumbre vino el arrojarle sus niños desde el cerro los indios de Gachetá a los españoles cuando iban entrando en estas tierras, por entender eran hijos del sol...”.[20]

En Gachetá, ante un gran ídolo, inmolaban cada semana un niño inocente y en Ramiriquí, en una cueva, se hacían ritos semejantes. En las guerras aprisionaban niños de las naciones enemigas y, sacrificados, los exponían en las cumbres de los cerros para que el sol los devorara. Cuando los caciques erigían mansiones nuevas, en cada uno de los hoyos excavados para los estantillos de las casas arrojaban una niña porque su sangre daría consistencia a la nueva habitación y auguraba felicidad para los moradores.

Sacrificaban también, con frecuencia, esclavos sobre altos palos y los atormentaban con flechazos dirigidos al pecho y al rostro. Cuando moría algún cacique sepultaban con él sus mujeres y los esclavos predilectos. Inmolaban igualmente papagayos y guacamayos. En homenaje al sol quemaban oro y esmeraldas. Y los sacrificios eran precedidos del ayuno.[21]


NOTAS

  1. Francisco Morales Padrón, Manual de Historia Universal, Tomo V (Madrid: Espasa Calpe, 1962), 35 ss.
  2. Henry Pinard De La Boullaye, El estudio comparado de las religiones (Madrid: Razón y Fe, 1940), 381.
  3. Julio César García, Los Primitivos (Bogotá: Editorial Voluntad, 1966), 186 ss.
  4. Pedro Cieza de León, La Crónica del Perú (Bogotá: ABC, 1971), 57.
  5. García, Los Primitivos, 198. Constancio Pinto García, Los indios Katíos: su cultura, su lengua, Vol. l. Medellín: s. e., 1978). La parte segunda de esta notable obra: Algunos temas sobre la mitología Katía, contempla: Los dioses Katíos; 11. Dios y su relación con el mundo y el hombre; 111. El mundo de los héroes o semidioses; IV. El hombre Katío frente al misterio del mal; V. El hombre Katío frente al misterio del más allá. En la página 104 dice el autor: Aunque la influencia cristiana en los mitos Katíos sea innegable, sin embargo no es posible detectarla con precisión y certeza ...
  6. García, Los Primitivos, 199; Jorge Robledo, “Descripción de los pueblos de la provincia de Anserma”, en Colección de documentos inéditos, dir. Joaquín Pacheco y Francisco de Cárdenas, Tomo III (Madrid: Imprenta de M. Bernaldo de Quirós, 1865), 389.
  7. Juan Rivero S. J., Historia de las misiones de los Llanos de Casanare, (Bogotá: Empresa Nacional de Publicaciones, 1956), 116.
  8. Rivero, “Historia de las misiones”, 119-20.
  9. Rivero, “Historia de las misiones”, 12l.
  10. Rivero, “Historia de las misiones”, 120.
  11. García, Los Primitivos, 154-5.
  12. García, Los Primitivos, 167; José Pérez de Barradas, Los Muiscas antes de la conquista, vol. II (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Bernardino de Sahagún, 1951), 436; Luis Duque Gómez y Sergio Elías Ortiz, Prehistoria, I. Etno-Historia y Arqueología, (Bogotá: Lerner, 1965) 356.
  13. Fray Pedro Simón, Noticias Historiales, t. II (Bogotá: Ministerio de Educación Nacional, 1953), 234; Cuarta Nota, cap. III.
  14. Max López Guevara, “Boyacá en la leyenda indígena”, en la Revista Cultura, nn. 121-22. (enero de 1969): 115-130.
  15. López Guevara, “Boyacá”, 1. C.
  16. Mariano Izquierdo Gallo, Mitología Americana (Madrid: Guadarrama, 1957), 4449, y García, Los Primitivos, 167 ss.
  17. López Guevara, “Boyacá”, 115-130.
  18. Simón, Noticias Historiales, 247 ss.
  19. Duque Gómez, “Prehistoria”, 367.
  20. Simón, Noticias Historiales, 249.
  21. Izquierdo, Mitología Americana, 45-6; que a su vez cita a José Domingo Duquesne de la Madrid, “Disertación sobre el calendario de los muiscas”, en Compendio histórico del descubrimiento y conquista de La Nueva Granada en el siglo décimo sexto, Joaquín Acosta (París: Imprenta de Beau, 1848).

BIBLIOGRAFÍA

Cieza de León, Pedro. La Crónica del Perú. Bogotá: ABC, 1971.

De La Boullaye, Henry Pinard. El estudio comparado de las religiones. Madrid: Razón y Fe, 1940.

Duque Gómez, Luis y Sergio Elías Ortiz. Prehistoria, I. Etno-Historia y Arqueología. Bogotá: Lerner, 1965.

García, Julio César. Los Primitivos. Bogotá: Editorial Voluntad, 1966.

Izquierdo Gallo, Mariano. Mitología Americana. Madrid: Guadarrama, 1957.

López Guevara, Max. “Boyacá en la leyenda indígena”, en la Revista Cultura, nn. 121-22. (enero de 1969).

Morales Padrón, Francisco. Manual de Historia Universal, t. V. Madrid: Espasa Calpe, 1962.

Pérez de Barradas, José. Los Muiscas antes de la conquista, vol. II. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Bernardino de Sahagún, 1951.

Pinto García, Constancio. Los indios Katíos: su cultura, su lengua, vol. l. Medellín: s. e., 1978.

Rivero, Juan. Historia de las misiones de los Llanos de Casanare. Bogotá: Empresa Nacional de Publicaciones, 1956.

Robledo, Jorge. “Descripción de los pueblos de la provincia de Anserma”, en Colección de documentos inéditos, dir. Joaquín Pacheco y Francisco de Cárdenas, t. III. Madrid: Imprenta de M. Bernaldo de Quirós, 1865.

Simón, Pedro. Noticias Historiales, t. II. Bogotá: Ministerio de Educación Nacional, 1953.


CARLOS EDUARDO MESA

©Missionalia Hispanica. Año XXXVII – N° 109, 110 y 111 - 1980