Diferencia entre revisiones de «CRISTIANDAD INDIANA; Origen, desarrollo y ocaso»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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En 1984 el Papa san Juan Pablo II recordaba esta situación'': “…la fe católica no fue desarraigada del corazón de los pueblos, a pesar del [[GREGORIO_XVI;_Reconocimiento_de_las_Independencias_Latinoamericanas | vacío pastoral]] creado en el periodo de la independencia o del hostigamiento y persecución posteriores.”''<ref>Discurso a los obispos del [[CONSEJO_EPISCOPAL_LATINOAMERICANO_(CELAM) | CELAM]], Santo Domingo, 12 de octubre de 1984</ref>En efecto; al derrumbe de la [[HISPANOAMÉRICA_Y_LA_SANTA_SEDE;_Caída_de_la_Cristiandad_Indiana | Cristiandad indiana]] siguieron épocas de hostigamiento y persecución casi generalizados; su clímax se alcanzó en México en los inicios del siglo XX con la [[REVOLUCIONES_MEXICANAS;_la_facción_«carrancista» | Revolución mexicana]] y [[CRISTIADA | la Cristiada]].  
 
En 1984 el Papa san Juan Pablo II recordaba esta situación'': “…la fe católica no fue desarraigada del corazón de los pueblos, a pesar del [[GREGORIO_XVI;_Reconocimiento_de_las_Independencias_Latinoamericanas | vacío pastoral]] creado en el periodo de la independencia o del hostigamiento y persecución posteriores.”''<ref>Discurso a los obispos del [[CONSEJO_EPISCOPAL_LATINOAMERICANO_(CELAM) | CELAM]], Santo Domingo, 12 de octubre de 1984</ref>En efecto; al derrumbe de la [[HISPANOAMÉRICA_Y_LA_SANTA_SEDE;_Caída_de_la_Cristiandad_Indiana | Cristiandad indiana]] siguieron épocas de hostigamiento y persecución casi generalizados; su clímax se alcanzó en México en los inicios del siglo XX con la [[REVOLUCIONES_MEXICANAS;_la_facción_«carrancista» | Revolución mexicana]] y [[CRISTIADA | la Cristiada]].  
  
Iglesia y Cristiandad no son sinónimos; la Iglesia puede subsistir sin la cristiandad. Así lo demuestran los largos veinte siglos de existencia de la Iglesia, de los cuales donde solo unos cinco en Europa y tres en Iberoamérica pudo gozar de la paz y tranquilidad que le proporcionó la Cristiandad.  
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Iglesia y Cristiandad no son sinónimos; la Iglesia puede subsistir sin la cristiandad. Así lo demuestran los largos veinte siglos de existencia de la Iglesia, de los cuales solo unos cinco en Europa y tres en Iberoamérica pudo gozar de la paz y tranquilidad que le proporcionó la Cristiandad.
 
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Revisión actual del 11:32 28 mar 2021

El Orden social

La naturaleza del Ser humano es, simultáneamente, indigente y excelente; indigente porque necesita del auxilio de los demás, al grado de que nadie podría siquiera sobrevivir aislado; todos necesitamos siempre de los demás y en los primeros años de vida de una manera total y absoluta; y excelente porque buscamos el bien de los otros, y también los necesitamos para dar y darnos. Así la convivencia crea lazos de amor-ágape que trascienden al tiempo y al espacio.

De aquí surge la necesidad de la convivencia social y de que esta tenga como finalidad el bien del mismo ser humano, de todos los integrantes de un Pueblo, es decir, el «Bien Común». “La vida social no es para el hombre sobrecarga accidental. A través de la convivencia, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los demás, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación”.[1]

Santo Tomás de Aquino explicaba en su «De Regno» que el «bien común» de la sociedad política debe contener bienes exteriores (suficiencia de bienes útiles como alimentos, vestidos, etc.); bienes interiores del cuerpo (suficiencia de medios para el desarrollo y la conservación de la raza: salubridad, robustez, etc.) y bienes interiores del alma (suficiencia de recursos para el desarrollo de las facultades del alma, tales como el arte, la ciencia, la cultura, la virtud, etc.).[2]

La convivencia social no es la vida de un hormiguero que como tal se «ordena» a su finalidad mediante lo propio de la hormiga: el instinto animal. La sociedad humana se «ordena» a su finalidad mediante lo propio de la persona humana: su razón y su libertad. Por eso la convivencia humana es distinta y variable, y en cuanto se hace merecedora del calificativo de «humana» tiene una dignidad infinitamente superior a cualquier convivencia animal.

Tanto el «ordenamiento» animal-instintivo de convivencia como el realizado conscientemente por los hombres, forman parte de lo que el papa Pío XII llamó «orden absoluto de los seres y de los fines»,[3]el cual es sinónimo del «orden universal querido por el Creador».[4]“El carácter absoluto de este orden no implica, antes al contrario, supone, la autonomía debida de lo temporal. Lo absoluto del orden apunta a lo absoluto de su base última: Dios. (…) Este orden absoluto está sujeto a cambios, los cuales afectan a la forma de aplicación y desarrollo de las instituciones humanas, pero no tocan el núcleo básico de sus líneas esenciales.”[5]

En sus realizaciones concretas el orden social será siempre realizado por los hombres que forman parte de un determinado pueblo, pero su finalidad siempre será establecer “aquellas condiciones con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección.”[6]Esta finalidad que ya señalamos y que recibe el nombre de «bien común», ha sido establecida por la naturaleza humana y no por algún poder político.

Por ello cualquier Autoridad, en cualquier tiempo y circunstancia, deberá siempre respetarla. Si un poder político establece un orden social contrario al bien común, de hecho estará imponiendo un «desorden», en el cual el poder político se convierte en tiranía y la convivencia social se pervierte y se vuelve inhumana.

El orden social cristiano

El orden social, en cuanto determinado por la naturaleza humana, necesariamente deberá abarcar todas las dimensiones del hombre: su biología, su intelecto, su espíritu; y según las circunstancias concretas que tenga la Nación, deberá procurar satisfacer las necesidades tanto las materiales como las espirituales. En la estructuración del orden social deberá guiarse por un principio fundamental: la «distinción» del poder religioso del poder civil; la Iglesia del Estado; lo espiritual y lo temporal.

Esa distinción fue totalmente desconocida en la antigüedad pagana, donde el poder civil se atribuyó competencia en lo temporal y también en lo espiritual y religioso. Incluso el poder temporal se atribuía origen divino, por lo que no podía cuestionar sin cometer un sacrilegio. Serán las palabras de Jesucristo “Dad al César lo que es del César; y a Dios lo que es de Dios” (Lc. 20.25) las que inauguran en la historia esta distinción antes desconocida. Pero esta distinción no es sinónimo de divorcio; mucho menos de enfrentamiento.

El Papa León XIII afirmó al respecto que “Dios ha repartido el gobierno del género humano entre dos poderes: el poder eclesiástico y el poder civil. El poder eclesiástico puesto al frente de los intereses divinos. El poder civil encargado de los intereses humanos. Ambas potestades son soberanas en su género… Así, todo lo que de alguna manera es sagrado en la vida humana, todo lo que pertenece a la salvación de las almas y al culto a Dios…cae bajo el dominio y autoridad de la Iglesia. Pero las demás cosas que el régimen civil y político en cuanto tal abrace y comprenda, es de justicia que queden sometidas a éste”.[7]

Corresponde al Estado y no a la Iglesia el regular la convivencia ciudadana haciendo que se respeten los derechos de todos, no por concepciones arbitrarias sino conforme al orden natural. Pero como Jesucristo no entregó las llaves del Reino de los Cielos al César sino a San Pedro, no es el Estado sino la Iglesia a la que corresponde dar los medios necesarios para que el hombre salve su alma. Tales son las razones por las que, en el mismo documento, León XIII afirmó: “en la gestión de los intereses que son de su competencia, ninguno está obligado a obedecer al otro dentro de los límites que cada uno tiene señalados por su propia constitución…”.

La Cristiandad; realización siempre incompleta del Orden social cristiano

Cristiandad es un orden social donde, además de prevalecer la distinción entre la Iglesia y el Estado, la mayoría de los habitantes acepta y vive los valores del Evangelio. Pero en cuanto formada por hombres, nunca ha habido ni podrá haber una Cristiandad perfecta porque siempre en su seno se dará esa realidad que San Pablo señala: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.” (Rm.7,19). Relaciones «antisociales» siempre habrá.

Sin embargo, si las relaciones antisociales no prevalecen en el seno de las comunidades, el orden imperante permitirá implementar las condiciones necesarias para el desarrollo de las personas, siempre llamadas a su realización humana y cristiana la cual podrá alcanzar en las siempre limitadas posibilidades materiales de la época que les haya tocado vivir.

A la destrucción del Imperio Romano por la invasión de los pueblos bárbaros que dio origen a la Alta Edad Media (siglos V al X) le siguió la Baja Edad Media (siglos X-XV), que fue una época caracterizada por la docilidad al Evangelio por parte de las autoridades y las poblaciones. En esos siglos prevaleció la unidad entre los distintos reinos cristianos que no tuvieron entre ellos conflictos bélicos, siendo su única preocupación hacer frente a la amenaza exterior que les significaba el Islam.

Fue una época donde los reyes y emperadores acataron la autoridad del Papa en aquellos asuntos que podían servir o dañar al bien espiritual de sus gobernados. El Clero y los gobiernos civiles se interesaban por el bien de los pueblos porque los feligreses eran los súbditos de los monarcas, y los súbditos de los monarcas eran los feligreses de la Iglesia. Por eso, delitos como la bigamia o la hechicería se consideraban atentatorios a la integridad de la sociedad y todos aplaudían su castigo. En la cristiandad la Iglesia era toda la sociedad, y no solo algunos o el clero.

Los reinos de Europa, germen de las actuales naciones occidentales, estuvieron unidas por dos vínculos fundamentales: la fe y la cultura. Todos profesaban la misma fe, enseñada y sostenida por el Magisterio de la Iglesia; y todos vivían en la atmósfera de una misma cultura – la «cultura occidental cristiana», heredera de los mejores logros de la cultura griega y de la cultura romana. La lengua latina hablada en toda Europa permitió el estudio y divulgación de todos los saberes, y la comunicación y entendimiento entre los europeos.

La vitalidad de la «cultura occidental cristiana» tuvo su mejor manifestación en la creación de la «universitas magistrorum et scholarum», concretada en decenas de universidades como Bolonia, París, Oxford, y Salamanca, que conferían los mismos grados académicos de bachiller, licenciado y doctor. Todas esas condiciones de esos siglos formaron la «cristiandad europea», la cual será a su vez origen de la «cristiandad indiana».

La original «Cristiandad Indiana»

La Cristiandad «indiana» no fue una copia de la cristiandad europea; fue su hija y su heredera, pero diferente. Ciertamente fue engendrada por la europea de donde recibió sus rasgos fundamentales, pero fue distinta porque incorporó la realidad indígena «originaria», y así dio a luz una «nueva» cristiandad plenamente «original» en un Mundo que no será ni europeo ni indígena, sino realmente «Nuevo».

La cristiandad indiana fue “resultado de la transfiguración de su originariedad precolombina por la «encarnación» de la Palabra del Verbo, productor de la originalidad del espíritu iberoamericano”.[8]En efecto, el actuar del «hombre nuevo» que San Pablo anuncia,[9]se proyecta en la vida social la cual es trasformada por la «levadura»[10]de los cristianos. Sin la evangelización, prioridad de la acción de las coronas española y lusitana en las Indias Occidentales, y de una buena parte (no todos) de los hombres que, nacidos en la cristiandad europea cruzaron el Océano, los pueblos amerindios y su cultura no hubieran sido «transfigurados» e incorporados a la civilización occidental cristiana.

Dicho de otro modo, el mestizaje racial y cultural no se hubiera dado, ni Iberoamérica hubiera nacido a la historia; hubiera ocurrido lo que en los territorios colonizados por Inglaterra donde los pueblos indígenas fueron totalmente marginados cuando no exterminados. “En el norte de América no se dio una síntesis porque las razas y las culturas aborígenes fueron metódica y cruelmente destruidas por los colonizadores ingleses. Los ingleses no se mezclaron nunca con ninguno de los pueblos … que por la fuerza fueron anexando a su Imperio: el calvinismo, el racismo y un implacable designio de expoliación económica les impidieron fraternizar con las diversas naciones de su Imperio”.[11]

Fundamentos básicos de la Cristiandad indiana

Al momento de que la Cristiandad europea supo de la existencia de unas tierras nuevas habitadas, empezó a formarse una corriente de pensamiento humanista que buscó incorporar a los naturales al seno de la Iglesia y de la Corona. Ya en 1504 el Codicilo del testamento de Isabel la Católica hace explícita esa corriente: “Por quanto al tiempo que nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las islas e tierra firme del mar Océano, descubiertas e por descubrir, nuestra principal intención fue, al tiempo que lo suplicamos al Papa Alejandro sexto de buena memoria, que nos fizo la dicha concession, de procurar inducir e traher los pueblos dellas e los convertir a nuestra Santa Fe católica.”[12]

Serán los teólogos de Salamanca encabezados por fray Francisco de Vitoria quienes, en la primera mitad del siglo XVI, desarrollen y den cuerpo a esa corriente iniciada con las Bulas Alejandrinas y asumida en el Testamento de la Reina Isabel y las Leyes de Burgos de 1512, y que será conocida como « Escuela de Salamanca», la cual guiará el desarrollo y consolidación de la cristiandad «indiana». Luciano Pereña explica que “La vocación universalista y solidaria del hombre, que Vitoria define, quiere ser la base «constitucional» de la Nueva América. Partiendo de la «hominidad» de los indios, de su reconocimiento como hombres, el teólogo va definiendo y desplegando una serie de derechos y deberes políticos y sociales, igualmente comunes a colonizadores y colonizados. Su tesis se articula sobre tres principios claves: el derecho fundamental de los indios a «ser» hombres y ser tratados como seres libres, el derecho fundamental de los pueblos indios a «tener» y defender su propia soberanía, y el derecho fundamental del orbe a «hacer» y colaborar en bien de la paz y solidaridad internacional. Y a partir de estas coordenadas determinó el teólogo de Salamanca el alcance político de los títulos justos e injustos de la conquista, y definió los derechos y deberes de la Corona española para intervenir y permanecer en las Indias.[13]

Principales frutos de la Cristiandad indiana

El fruto más evidente de la Cristiandad indiana fue el mestizaje en tres dimensiones: racial, cultural y religioso. El mestizaje racial surgió de las uniones de mujeres indígenas con varones españoles, dado que las mujeres españolas no viajaban a las Indias. El mestizaje bilógico-racial no se debió tanto a la fogosidad del temperamento de los españoles; el español amó a su compañera india, comenzó a vivir espiritualmente con ella, supo que había hecho de ella una cristiana, que sus hijos serían cristianos y súbditos del rey.

MESTIZAJE RACIAL

La gran mayoría de esas uniones mixtas fueron realizadas ya en una institución que trascendía el ámbito biológico: la familia cristiana, fomentada por la Iglesia y la Corona. Desde un principio los reyes señalaron que los matrimonios mixtos tenían la misma dignidad de los otros: “Es nuestra voluntad que los indios e indias tengan como deben, entera libertad para casarse con quien quisieren, así con los Indios, como con naturales de nuestros reinos, o españoles y que en esto no se les ponga impedimento”[14]

Fue la mujer india a quien primero dignificó la conquista conforme al sentido de unidad de la familia cristiana; cuando la india fue madre, se le dio nombre y hogar y éste fue además, una escuela donde se enseñó a leer y a rezar a los hijos. “España enseñó a los indios que no regalaran a sus hijas, que respetaran sus hogares. Forjó en ellos el sentido de la familia, en la que a la corta o a la larga se impone la mujer dignificada por su función de madre y de esposa. Si la formación de la familia hubiera fracasado, toda la labor culturizadora habría fracasado también”.[15]

MESTIZAJE CULTURAL

El mestizaje no se quedó reducido al ámbito biológico; lo trascendió para dar frutos en los ámbitos cultural y espiritual. El Doctor Caturelli explica el mestizaje «cultural» a partir del lenguaje y la escritura: “Tanto Toribio de Benavente (Motolinía) como Francisco Javier Clavijero hacen referencia a los «libros» de los mexicanos, compuestos de «caracteres y figuras, que ésta era su escritura a causa de no tener letras, sino caracteres.» No otra cosa testimonia fray Bernardino de Sahagún cuando afirma que «esta gente no tenía letras ni caracteres algunos, ni sabían leer ni escribir, comunicábanse por imágenes y pinturas, y todas las antiguallas suyas y libros que tenían de ellas estaban pintados con figuras e imágenes».

Lo anterior explica por qué en el Calmécac, los aztecas enseñaran sus tradiciones «por medio del aprendizaje de memoria» por falta de escritura como la nuestra. Algunos han observado que la pictografía azteca «estaba llegando a la etapa de la fonética silábica, que es una parte importante de la escritura jeroglífica de Egipto». Sea como fuere, sin alfabeto, no había tomado aquella distancia crítica y abstracta con el objeto y tendía a expresar la unión simpática con el todo. El lenguaje temporal expresaba, pues, el estadio propio de la conciencia indígena y en él había de «encarnarse» el Verbo, «habitar» y hacerse indio. Solamente así había de desmitificar su mundo y, asumiéndolo, transfigurarlo en su nuevo ser cristiano.

El misionero, que se expresaba en un lenguaje temporal alfabético desde hacía milenios, tenía ante sí un doble cometido: debía aprender el lenguaje pre-alfabético del indio y, al mismo tiempo, con el propósito de fijar la doctrina, debía «encarnar», verter, traducir el mensaje en la propia lengua indígena. Sobre todo este último propósito produjo un fenómeno extraordinario e irreversible sobre el cual no se ha llamado suficientemente la atención: hizo ingresar casi de golpe la lengua indígena al estadio alfabético.

En realidad, una vez que los misioneros aprendieron las lenguas indígenas, como lo dice tan bien el Padre Juan Guillermo Durán, «las transportaron de inmediato -con maestría de verdaderos peritos- al conjunto de signos o caracteres fonéticos del alfabeto latino (fonemas), dando origen de este modo al fonetismo completo de las milenarias escrituras precolombinas.».”[16]

Como en la cristiandad europea, el fruto más alto del mestizaje cultural lo constituyó las universidades y los colegios mayores que funcionaron a lo largo del Continente: desde la Real y Pontificia Universidad de México hasta el Colegio Máximo de Córdoba. La Universidad de México no solo tuvo la cátedra de Latín; también tuvo cátedras de náhuatl y de otomí, que dimensionaron y le dieron estructura y gramática las lenguas indígenas, además de preservar lo valioso de sus culturas.

Obviamente el mestizaje «cultural» también se hizo presente en las bellas artes, como lo muestran los rasgos de fisonomía indígena en las caras las decenas de angelitos de los retablos recubiertos de oro laminado de la Iglesia de Santa María Tonanzintla, ejemplo del barroco indiano; y también se hace presente en las pinturas que incorporan la exuberancia de la flora tropical. Son especial manifestación de este mestizaje cultural los nombres cristianos con apellido indígena que llevan personas, instituciones y poblaciones.[17]

MESTIZAJE RELIGIOSO

Por lo que se refiere al mestizaje «religioso», este tendrá su mayor manifestación en el «Acontecimiento del Tepeyac». De él dirá San Juan Pablo II: “Los hombres y los pueblos del nuevo mestizaje americano, fueron engendrados también por la novedad de la fe cristiana. Y en el rostro de Nuestra Señora de Guadalupe está simbolizada la potencia y arraigo de esta primera evangelización”.[18]

No faltan quienes desde antiguo quieren ver en la Virgen de Guadalupe un « sincretismo» con la diosa Tonantzin, pues el nombre de esta deidad azteca significa «nuestra madre», y el lugar donde se le daba culto era el Tepeyac. Pero sincretismo y mestizaje no son sinónimos, pues mientras el « sincretismo» es un intento de conciliar doctrinas distintas a partir de algunos elementos «extrínsecos» (como este caso el atributo de madre y el cerro), el mestizaje es una realidad totalmente «nueva» que surge a partir de realidades anteriores.

La diosa Tonantzin, a la que los antiguos aztecas le atribuían la fertilidad, era “un ídolo de piedra, con la boca abierta y muy grande de la cual asoman unos dientes separados y en actitud de devorar; los atavíos con que esta mujer aparecía eran blancos, y los cabellos los tocaba de manera que tenía como unos cornezuelos cruzados sobre la frente.”[19]Algo muy distinto a la bellísima imagen plasmada en la tosca tilma de Juan Diego,

Por lo que se refiere al cerro del Tepeyac, ahí Tonántzin tenía un templo en un monte distante una legua de México al norte, y era allí venerada de los pueblos con un gran número de sacrificios. Hoy está al pie del mismo monte el más célebre santuario de toda la América, dedicado a la Madre de Dios, convirtiéndose en propiciatorio aquel lugar de abominación y derramando el Señor abundantemente sus gracias en beneficio de aquellos pueblos en aquel lugar bañado con tanta sangre de sus antepasados”[20]

PAZ Y TRANQUILIDAD

Otro fruto significativo de la Cristiandad indiana fue la ausencia de conflictos bélicos internos. La paz y tranquilidad en que, durante casi tres siglos vivieron los reinos iberoamericanos, solo era amenazada por las incursiones de piratas y corsarios; es decir, desde el exterior. Por eso solo en los puertos de Iberoamérica encontramos fortificaciones y murallas: el Castillo de El Morro en La Habana, el castillo de San Juan de Ulúa y el baluarte Santiago en Veracruz, los tres baluartes y las murallas en torno a la ciudad de Panamá, así como las murallas que rodean a las ciudades de Campeche y Cartagena de Indias, etc.

La ausencia de guerras internas no significa que no hubieran existido delincuentes que, de vez en vez, hubieran alterado el orden social por medios violentos. Para la seguridad de las poblaciones existió una cofradía llamada «La Santa Hermandad» cuyos miembros se ejercitaban en el manejo de las armas, y se congregaban cuando era necesario perseguir a los criminales, o en los puertos para acudir a los baluartes y murallas cuando barcos piratas merodeaban cerca. La Santa Hermandad era dirigida en cada región por un provincial, quien tenía derecho a un asiento en el Cabildo municipal respectivo, con voz y voto.[21]

Es importante resaltar que por esta situación de paz interna, en Hispanoamérica no hubo ejércitos propiamente dichos durante dos siglos, los cuales empezaron a ser formados hasta 1761, cuando la Cristiandad Indiana había iniciado ya su ocaso.

Ocaso de la Cristiandad Indiana

El ocaso de la Cristiandad indiana dio inicio con el arribo de la Casa de Borbón al Trono de España en los inicios del siglo XVIII. El regalismo de los borbones distorsionó seriamente el Real Patronato, pues dejaron de considerarlo una «concesión» de la Santa Sede para ser interpretado como un supuesto «derecho» inherente a la Corona. Por anteponer su miopia política a su responsabilidad cristiana, los borbones quisieron controlar toda la vida de la Iglesia hasta en sus mínimos detalles, y en lugar de la «distinción» entre la Iglesia y la Corona establecieron una «confusión» que apagó el espíritu evangelizador. La expulsión de la Compañía de Jesús de todos los territorios de la Corona decretada en 1767 por Carlos III y llevada a cabo por sus ministros ilustrados, aniquiló las misiones en las Californias, los Maynas, el Paraguay, etc. Las reformas de los ilustrados ministros Aranda, Campomanes, Abarca de Bolea, Floridablanca y otros más, inspirados en los enciclopedistas franceses, convirtieron en simples «colonias» a los otrora «reinos» de la América española.

Se pone mayor control por medio de funcionaros enviados desde la Metrópoli; se marginan a los criollos y se cercena la vitalidad de los cabildos municipales. Una burocracia «burguesa» controlará la vida de los reinos degradados a «colonias» a la cuales habrá de tratar conforme a los criterios del mercantilismo: explotarlas como «rentables», razón única del colonialismo. De la Cristiandad Indiana solo quedarán entonces las formas exteriores.

La España borbónica «abandonó» las Indias en el sentido que explica el Dr. Caturelli: “…las abandona en el estricto sentido del término (incorporado del germánico por vía francesa) que quiere decir «dejar» (en poder de otro) o, mejor aún, dejar alguna obra ya emprendida como misión. Paradójicamente, alguien que sólo observara las apariencias, podría sostener que ahora la España borbónica se ocupa mucho más de sus «dominios» que antes (…)

El intento «imposible» y heroico del imperio espiritual que somete el bienestar somático al dominio del espíritu, ha sido, poco a poco, abandonado; de ahí que sea posible «ocuparse» con aparente mayor empeño del pueblo español y de los pueblos de Indias habiéndolos abandonado. Pero semejante abandono enmascara un abandono aún mayor: el abandono de Sí misma.”[22]

Las abyectas abdicaciones de Carlos IV y Fernando VII en Bayona en 1808 en favor de Napoleón, desencadenarán los movimientos de independencia en todas las «colonias» hispanoamericanas; para 1821, salvo Cuba y Puerto Rico, prácticamente todas se habrán separado de la Corona española.

Derrumbe de la Cristiandad Indiana

Minada desde la cabeza, el derrumbe de esta Cristiandad era solo cuestión de tiempo; este ocurrió a lo largo del siglo XIX. A la unidad -no uniformidad- que Iberoamérica tuvo durante tres siglos siguió su fragmentación en 17 repúblicas, frecuentemente enfrentadas en guerras entre ellas, además de incontables guerras civiles a su interior. Sudamérica vio las guerras más sangrientas entre las «nuevas» naciones: la guerra de la «Triple alianza» que Argentina, Uruguay y Brasil realizaron contra Paraguay (1864-1870), al que le quitaron 150 mil kilómetros cuadrados de su territorio. Paraguay perdió además 280 mil personas, (la mitad de su población, y el 90% de los varones paraguayos); los vencedores tuvieron 120 mil bajas. Otro grave conflicto bélico entre naciones iberoamericanas fue la «guerra del pacífico» que tuvo lugar entre los años 1879 y 1884 donde Chile salió vencedor contra Bolivia y Perú. Además del resentimiento provocado en vencedores y vencidos porque ambos remataban a sus adversarios heridos, y llevaban a cabo saqueos, y otros crímenes, Bolivia perdió su salida al mar y Perú el litoral de Tarapacá y la provincia de Arica, así como valiosos recursos naturales. Por lo que se refiere a las innumerables guerras «civiles» al interior de las naciones ya independientes, las más sangrientas y frecuentes tuvieron lugar en México. Primero fueron entre los bandos de «centralistas» y «federalistas» (1824-1846), creados por las logias masónicas del rito Escocés los primeros, y del rito Yorkino los segundos. A esta guerra civil siguió la «Guerra de Reforma» (1857-1860). Tras la victoria del bando Yorkino-liberal, se estableció una separación hostil entre el Estado y la Iglesia, a la que además se le arrebataron todos sus bienes materiales.

Situación de la Iglesia al momento del derrumbe de la Cristiandad

Poco a poco el regalismo de los borbones adormeció a la Iglesia en España y en América: la mayoría de los obispos tenían más en cuenta al Rey que al Papa y les fue más cómodo descansar sus responsabilidades en las estructuras del Estado. El antiguo celo pastoral perdió ímpetu, la expulsión de los jesuitas también trajo consigo un retraso en la formación de muchos candidatos al sacerdocio. En esta «siesta» la Iglesia fue sorprendida por los movimientos de independencia.

Los nuevos gobiernos independientes se vieron herederos de los antiguos derechos de la Corona española, incluyendo el «derecho» de Patronato en versión regalista, y se apresuraron a establecer unilateralmente «neo-patronatos» republicanos. Hubo intentos de formalizar esos neo-patronatos con la Santa Sede, como la misión diplomática chilena encabezada por José Ignacio Cienfuegos en 1822, la misión colombiana de Ignacio Sánchez de Tejada en 1823, la mexicana de Francisco Pablo Vázquez de 1825, y la uruguaya de Pedro Alcántara Jiménez en 1828.[23]

El rey Fernando VII nunca se resignó el haber perdido las colonias y murió sin reconocer a las nuevas naciones. Regalista como su padre y su abuelo, amenazó a la Santa Sede con ir hasta el cisma si Roma nombraba para América obispos no propuestos por él; de haber aceptado el Papa sus propuestas esos obispos no hubieran podido poner un pie en América. Como España era también hija de la Iglesia, el Papa León XII se vio en una difícil situación y prudentemente se abstuvo de nombrar obispos para las diócesis hispanoamericanas. A los naturales decesos se sumaron obispos regalistas que abandonaron sus diócesis, como fue el caso del arzobispo de México, Pedro José de Fonte. El resultado fue que América se fue quedando sin obispos. Para 1826 en México sólo quedaron los de Puebla, Oaxaca y Yucatán, y para 1829 no quedó uno solo; en toda Centroamérica solo el de Guatemala que fue expulsado por el gobierno masónico a Cuba; en Venezuela sólo el de Mérida; en Colombia solo el de Popayán; en el Perú el de Cuzco; y ninguno en Ecuador, Argentina, Chile y Bolivia.

En 1984 el Papa san Juan Pablo II recordaba esta situación: “…la fe católica no fue desarraigada del corazón de los pueblos, a pesar del vacío pastoral creado en el periodo de la independencia o del hostigamiento y persecución posteriores.”[24]En efecto; al derrumbe de la Cristiandad indiana siguieron épocas de hostigamiento y persecución casi generalizados; su clímax se alcanzó en México en los inicios del siglo XX con la Revolución mexicana y la Cristiada.

Iglesia y Cristiandad no son sinónimos; la Iglesia puede subsistir sin la cristiandad. Así lo demuestran los largos veinte siglos de existencia de la Iglesia, de los cuales solo unos cinco en Europa y tres en Iberoamérica pudo gozar de la paz y tranquilidad que le proporcionó la Cristiandad.

NOTAS

  1. Vaticano II, Gaudium et spes, 25.
  2. Santiago Ramírez. Doctrina Política de Santo Tomás, p. 30.
  3. Pío XII, A vous messieurs, 1
  4. Pío XII, Con vivo compiacimento, 9
  5. Gutierrez García José Luis, La concepción cristiana del orden social. Centro de Estudios Sociales del Valle de Los Caídos. Madrid, 1972, pp.253-254
  6. Gaudium et Spes 74
  7. León XIII. Inmortale Dei 6.
  8. Alberto Caturelli. La Patria y el Orden Temporal. Ed. Gladius. Buenos Aires, 1993, p. 77
  9. Los que se han bautizado en Cristo se han revestido de Cristo” (Gal.3,27) “…despójense del hombre viejo … y revístanse del hombre nuevo…” (Ef.4,22-24)
  10. Cfr. Mt. 13, 33
  11. Carlos Corsi, José Manuel Crespo; Edgar González. El Estado Auténtico. Ed. Senado de la República. Colombia. Colección Nueva Imagen, Bogotá, 1997, p.30
  12. Testamento y Codicilo, 12 de octubre y 23 de noviembre, 1504 = Ed. facsímil, Madrid 1969. BAV RG Ripr. Fot. 11. 139.
  13. Luciano Pereña. CONQUISTA DE AMÉRICA; Vitoria y la Escuela de Salamanca. Cfr. Voz de este mismo Diccionario
  14. Leyes de Indias. Libro Sexto, título primero, Ley II
  15. Vicente D. Sierra. Así se hizo América. Ed. Cultura Hispanica, Madrid, 1950, p. 290.
  16. Alberto Caturelli, MESTIZAJE CULTURAL; Escritura pictográfica, jeroglífica y alfabética”. Voz en este mismo Diccionario
  17. Algunos ejemplos entre cientos más, solo en el centro de México: Fernando de Alba Ixtlilxóchitl; Templo de Santa María Tonantzintla; Colegio de Santiago Tlatelolco; ciudad de San Martín Texmelucan, etc.
  18. Discurso a los Obispos del CELAM en Santo Domingo, 12 Octubre de 1984
  19. Sahagún Bernardino de. Historia General de las cosas de la Nueva España. Libro I, Cap. VI. Ed. Porrúa, México, 1989, p. 33.
  20. Clavijero, Francisco Javier. Historia antigua de México. Porrúa, quinta edición, México, 1976, p.33
  21. José Bravo Ugarte. Instituciones políticas de la Nueva España. Ed. JUS, México, 1968
  22. CATURELLI, Alberto. El Nuevo Mundo. EDAMEX, México, 1991 p. 410
  23. Cfr. LETURIA, P. Relaciones entre la Santa Sede e Hispanoamérica, II: época de Bolívar (1800-1835). Caracas 1959 y III: Apéndices ¬Documentos e índices, Caracas 1960
  24. Discurso a los obispos del CELAM, Santo Domingo, 12 de octubre de 1984

BIBLIOGRAFÍA

BRAVO UGARTE José. Instituciones políticas de la Nueva España. Ed. JUS, México, 1968

CATURELLI, Alberto. El Nuevo Mundo. EDAMEX, México, 1991

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JUAN LOUVIER CALDERÓN

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