MAYAS. Evangelización de su mundo cultural. II

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
Ir a la navegaciónIr a la búsqueda

Congregación en pueblos y expansión misionera

Solución parcial a los problemas que significaban la escasez de misioneros y la dispersión de la población indígena, se intentó dar con la política de congregar a los nativos en pueblos, política ya ensayada en el centro de la Nueva España con el apoyo de los primeros virreyes Antonio de Mendoza (1535-1550) y Luis de Velasco (1550-1564).

En Yucatán esta política se implementó casi desde el principio de la evangelización, pero con mayor empeño a partir de 1552 gracias a la ayuda del visitador Tomás López, a quien se deben importantes reglamentos para la vida de los indios en estos pueblos.

Ya antes de esos años, los franciscanos habían tratado de establecer centros de evangelización en los antiguos asentamientos indígenas, o en importantes centros ceremoniales prehispánicos, como lo muestra la fundación de los primeros conventos de Mérida, Maní, Cunkal e Itzamal, todos ellos fundados antes de 1549 en centros ceremoniales mayas.

Al implementarse la política de congregación en pueblos del visitador Tomás López, estos primeros centros de evangelización jugaron un papel muy especial como modelos de esta política. Igual papel desempeñaron algunas fundaciones posteriores, como la de Sizal (1553), en la que los misioneros congregaron –al parecer sin mucho éxito al principio– a varias pequeñas aldeas alrededor del convento. En otro convento de esos años, el de Calkini (1561), hubo propósitos semejantes, así como en el de Tizimin, fundado probablemente en 1563.

Para finales de 1561, los franciscanos tenían cubiertas con conventos las provincias más importantes de los antiguos cacicazgos mayas. En una lista de ese año, en la que el virrey Luis de Velasco concede a los religiosos ayuda para construir sus conventos, se enumeran los siguientes pueblos: Campeche, Calkini, Mérida, Maní, Tikul, Homún, Hocaba, Sotuta, Izamal, Dzizantum, Sisal (Valladolid), Tizimin (Comalchen), Motul, Conkal y Sacalaka.[1]

Dos años después, en 1563, fray Diego de Landa afirmaba en unas declaraciones –evidentemente de una manera muy general– que para ese año los franciscanos atendían unos 200 pueblos, entre chicos y grandes. Por un recuento más preciso de 1580 sabemos que los religiosos, por medio de 13 conventos que entonces tenían, cuidaban de 107 pueblos con una población aproximada de 92 000 indígenas, que representaban cerca del 70% de la población indígena maya de ese período.

Mayores dificultades encontraron los intentos de evangelización de los grupos dispersos por el sur de la península, en las zonas semi-selváticas colindantes con las diócesis de Chiapas y Guatemala. De hecho, el dominio español apenas si tocó esporádicamente esas regiones. Lo belicoso de sus habitantes, lo impenetrable de su geografía, y las amenazas de los piratas ingleses, frustraron los esfuerzos de colonización y cristianización.

Los franciscanos intentaron varias entradas a esa zona, por el oriente, desde Bacalar, y por el poniente, desde la Laguna de Términos, a veces de una manera pacífica, como la entrada de 1618 de fray Juan de Orbita y fray Bartolomé de Fuensalida; otras, acompañando expediciones militares, como cuando fray Diego Delgado y fray Juan Fernández acompañaron al capitán Diego de Carmona que infructuosamente intentó conquistar a los itzaes en 1623. Hacia finales del siglo XVII, por 1690, un nuevo esfuerzo para evangelizar esta región, esta vez desde Guatemala, volvió a fracasar. Para finales del período colonial la región seguía sin conquistar y sin evangelizar.


Los conventos franciscanos de Yucatán

A estas antiguas tierras mayas llegaron los españoles a comienzos del siglo XVI. La acción evangelizadora comenzó a la par que la conquista, cuando ya la antigua civilización maya había prácticamente desaparecido desde el punto de vista de la organización política desde hacía siglos, y quedaban solo los restos culturales de aquella espléndida cultura.

Como en la mayoría de las regiones que conforman el continente hispanoamericano, la Iglesia desde sus comienzos empezó bajo un signo y con características conventuales, dado que sus primeros evangelizadores pertenecían a las antiguas órdenes religiosas conventuales.

En la evangelización de Yucatán los franciscanos ocupan sin duda alguna el primado. Nos han dejado una ruta de conventos a lo largo de Yucatán a través de los cuales se puede bien trazar el itinerario y la metodología de la evangelización franciscana en estas tierras mayas. Los franciscanos, como otros muchos misioneros evangelizadores, aprovecharon o tomaron muchos elementos de las culturas tradicionales, incorporándolos a sus manifestaciones y modos de evangelizar. Ello se ve sobre todo en la arquitectura religiosa y en otros elementos incluidos en la religiosidad popular cristiana de las nuevas comunidades.

En los conventos franciscanos se aprecia una unidad estilística típicamente franciscana en su sencillez elemental, pero al mismo tiempo con las características propias de un corredor de conventos levantados en los tiempos de la conquista, con sus fuertes y gruesos muros rematados con almenas, con sus contrafuertes y una única ornamentación exterior, con sus sencillas espadañas, simples o complejas como las de Tekit; dobles y ornamentadas como las de Ticul; sencillas como la capilla de Acanceh o grandes como la de Yotholín, sus capillas abiertas para la catequesis y culto del mundo indígena educado a vivir en amplios y abiertos espacios. Esta modalidad arquitectónica franciscana es peculiar en Yucatán, con añadidos mayas de crestería del estilo Puuc.

Entre otros aspectos de la evangelización entre los mayas, los franciscanos introdujeron en Yucatán desde Guatemala dos imágenes de la Inmaculada Concepción, una destinada al Convento de San Francisco en Mérida y otro al de San Bernardino de Siena en Valladolid. Sin embargo, debido a sucesos considerados milagrosos, decidieron dejar una en el convento franciscano de Izamal, uno de los espléndidos conventos franciscanos de toda la Nueva España.[2]

Izamal fue fundada a mediados del siglo XVI sobre los vestigios de una antigua ciudad maya. A este lugar se le conoce como «ciudad de los cerros», rememorando las pirámides cubiertas que se encontraban ahí a la llegada de los españoles, así como la «ciudad de las tres culturas», pues en ella se combinan rasgos de su pasado prehispánico, del período virreinal español y de la época actual.

Actualmente, toda pintada de amarillo y blanco, mantiene una imagen de encanto de épocas pasadas que la singularizan y definen con un aire señorial. El trazado de sus calles la convierten en una de las todavía encantadoras ciudades «mágicas» como la denominan los reclamos turísticos. De noche, la ciudad ofrece una experiencia singular, al contemplar una estrellada bóveda celeste recortada por los perfiles de sus pirámides, templos y casonas coloniales.

Izamal debe su nombre a un personaje de origen mítico, sacerdote maya, llamado Itzamná o Zamná que significa «rocío que desciende del cielo». Durante siglos fue lugar de peregrinación del pueblo maya que arribaba por los «sacbeoob» o caminos blancos de piedra, los cuales la unían a los principales poblados del mundo maya, y fue una de las ciudades-estado más importantes de los mayas durante los años 850 y 1,000 d.C.; también es considerada como una de las más antiguas, incluso más que Chichén Itzá y Uxmal. Sus primeros asentamientos se remontan al siglo III d.C.

En el período posclásico tuvo un gran auge como ciudad maya-tolteca, siendo abandonada al mismo tiempo que todas las ciudades de esta época, por lo que a la llegada de los españoles el lugar estaba prácticamente deshabitado y pertenecía al grupo indígena de los cocomes. Siendo un importante centro ceremonial de la región, en este lugar fueron erigidas siete pirámides, y aunque los españoles respetaron algunos templos, utilizaron piedras de los antiguos edificios para dar vida a las nuevas construcciones.

En Izamal se levanta el principal convento franciscano de San Antonio de Padua, una de las edificaciones más majestuosas de Mesoamérica, fundado en 1549 por el padre fray Diego de Landa y los misioneros franciscanos.

Está situado en la meseta del cerro mayor de la ciudad. Se sube a él por medio de tres rampas construidas en sus lados libres. La rampa principal es de un solo cuerpo y está rematada en lo alto por una hermosa y sencilla portada que da acceso al atrio, de planta rectangular, con 75 arcos, que ocupa una extensión de terreno de 7,806.43 m2, lo que lo convierte como el atrio cerrado más grande de América y el segundo atrio cerrado más grande del mundo después de la Plaza de San Pedro, en el Vaticano.

En el interior del templo se encuentra un bello retablo de estilo barroco, cubierto con baño de oro. En la parte superior, se representa la Coronación de la Virgen como Reina del Cielo y abajo, la imagen de la Virgen de la Purísima Concepción –que es la patrona principal de Yucatán–, escultura que fue traída por fray Diego de Landa desde Guatemala. Aquí el papa san Juan Pablo II se encontró con una enorme multitud, sobre todo de indígenas mayas, durante su tercera visita a México el 11 de agosto de 1993.

En torno al muy antiguo lugar maya se encuentran tres pirámides: la primera es Kinich Kakmó, que significa «guacamaya de fuego con rostro solar». Se interpreta que los mayas creían que el dios Kinich bajaba en el ardor del sol del mediodía, para quemar y por tanto purificar los sacrificios o las ofrendas llevadas al panteón maya, usando para ello la forma de una guacamaya. Es la más grande en superficie de la Península de Yucatán y la tercera de México después de la del Sol en Teotihuacán y Cholula en Puebla.

La segunda es la pirámide Tu’Ul (el conejo), que consta de tres etapas constructivas, siendo la más temprana una pequeña plataforma rectangular de 3 metros de altura. En la segunda etapa se cubrió totalmente al edificio anterior y el nuevo basamento tenía dos cuerpos con sus muros en talud. En el tercer periodo constructivo la plataforma creció. Sus muros presentan un ligero talud y las piedras, de menor tamaño, presentan un mejor acabado.

La tercera es la pirámide Habuk. Su nombre significa «vestido de agua». Es una gran estructura en varias dimensiones, sobre la que se encuentra una plaza delimitada por cuatro edificios. Su primera etapa constructiva puede fecharse para el clásico temprano (250-600 años d.C.), y la segunda, durante el clásico terminal (800-1000 d.C.).

En cuanto a la pirámide Itzamatúl, es la segunda construcción más grande después de Kinich Kakmó. Su nombre significa «el que recibe o posee la gracia del cielo». Era un templo dedicado a Zamná. Tuvo tres periodos constructivos; el primero se caracteriza por ser un edificio de planta casi cuadrada, conformado por cuerpos escalonados con muros de talud, alcanzando una altura de poco más de 20 mts. sobre el nivel de la calle.

En el segundo periodo constructivo se realizaron importantes cambios, tanto estructurales como estilísticos, de tal manera que el primer edificio se encuentra cubierto por el segundo, y sus fachadas fueron modificadas totalmente. En la última modificación se le construyó una gran plataforma que cubrió las primeras edificaciones, cuyas dimensiones originales difícilmente se pueden precisar, pero probablemente fueron de aproximadamente 120 metros por lado con una altura promedio de 9 metros. Fue construida entre los años 300 y 600 de nuestra era. Mide 22 metros de altura.

Anotamos estos datos porque la historia del Yucatán maya y del Yucatán ya cristianizado, se encuentran profundamente entrelazadas en una simbiosis que ha dado lugar a un estilo de religiosidad popular cristiana claramente inculturizada a través de momentos de desencuentros y encuentros, resultando al final la brillante existencia de una experiencia de fe cristiana vivida de manera particularmente intensa por el pueblo yucateco.


La ruta de los conventos

La diócesis de Yucatán tiene su sede en la ciudad de Mérida y fue en sus comienzos una típica diócesis de carácter conventual debido a sus evangelizadores, como muchas otras de la América hispana. La ciudad fue fundada en 1542 sobre la antigua Ichcanzihó, y los conquistadores la bautizaron con el nombre de Mérida, en memoria de la homónima ciudad, en Extremadura de España, región de la que procedían muchos de ellos.

«La ciudad blanca», como se conoce a Mérida por su armoniosa belleza, posee un buen número de monumentos de carácter religioso y civil, entre los que destacan la catedral, construida por Juan Miguel Agüero, sobre el solar ocupado por la primera iglesia allí edificada; el convento de las monjas concepcionistas, incautado por los gobiernos de la Reforma liberal y convertido en bodega de henequén; el templo de Santiago del s. XVII es otro ejemplo típico de la arquitectura de aquel siglo. Entre los civiles destaca la Casa de Montejo con una portada plateresca.

Entre la ruta de los conventos, además de los ya citados, destacan los de Mama, Oxcutzacab y Maní, lugar donde fray Diego de Landa al fundarlo destruyó los códices mayas que aquí se encontraban, por considerarlos como ocasión para revitalizar la antigua religión maya y sus expresiones idolátricas, que muchos de ellos continuaban practicando. Por ello, fray Diego de Landa, en 1562 mandó arrestar a varios caiques mayas (de Tekit, Tikunché, Hunacté, Maní, Tekax, Oxkutzcab y de otras zonas limítrofes), que fueron sometidos a un «auto de fe» en Maní, durante el cual fueron quemados los referidos antiguos códices y destruidos diversos simulacros y estatuas de divinidades antiguas en forma de terracota, altares para los sacrificios, etc... Como escribe el mismo Landa: “Encontramos todos los libros escritos en su lengua y dado que en ellos no se encontraba algo que no sea corrompido por la superstición y por la falsedad diabólica, los quemamos indistintamente”. Se perdía así un notable bagaje para poder conocer muchos aspectos de la antigua cultura maya tradicional. Sin embargo, aquellas acciones llegaron a oídos de Felipe II que ordenó la vuelta a España de fray Diego de Landa, que regresó en 1563, siendo sometido a un juicio de residencia.

Los misioneros y sus métodos

Los primeros grupos misioneros que llegaron a Yucatán, procedían en parte de la Provincia del Santo Evangelio de México y en parte de las Provincias de España, enviados directamente a Yucatán.

Esta última procedencia fue la que prevaleció durante el resto del siglo XVI, no obstante que, con el derecho de Provincia franciscana independiente, alcanzado muy pronto en 1565, la de San José de Yucatán tuvo su propio noviciado en el que tomaron el hábito religiosos notables, como fray Hernando de Sopuerta, hijo de conquistadores y uno de sus provinciales más distinguidos, o fray Juan de Mérida, antiguo conquistador y, una vez dentro de la Orden, reconocido arquitecto, constructor de varios conventos. Debido, sin embargo, a la escasa población española residente en la península yucateca, las vocaciones de la tierra durante el siglo XVI fueron pocas.

La evangelización

Los misioneros que llegaron de España –en número también reducido según consta por las continuas peticiones de más personal– provenían de un ambiente espiritual un tanto diferente del que habían procedido sus hermanos de las primeras décadas del siglo, fundadores de la Iglesia en el centro de México.

La España de la segunda mitad del siglo XVI, la de Felipe II, austera, severa, campeona del catolicismo, era muy distinta de la España universalista y renacentista de los primeros años de Carlos V. Resulta comprensible, por lo mismo, que la actitud de los franciscanos ante la realidad indígena de Yucatán parezca, a veces, menos idealista, más exigente y rígida que la de los primeros franciscanos de la Nueva España.

Tienen de común ambos grupos que –en general– fueron religiosos ejemplares y bien preparados, pese a las acusaciones en contrario que aparecen con frecuencia al calor de las disputas tan comunes entre religiosos y obispos.

Así, entre los primeros misioneros de Yucatán, fundadores de esta Iglesia, encontramos a fray Juan de la Puerta, reconocido misionero de la Nueva España, obispo electo de Yucatán; a fray Luis de Villalpando, licenciado en Teología por la universidad de Salamanca; a fray Lorenzo de Bienvenida, infatigable evangelizador de Centroamérica; al controvertido, pero no menos distinguido misionero, escritor y obispo, fray Diego de Landa; a fray Francisco de la Torre, maestro en Artes por la universidad de Salamanca, y otros más.

Como ya se ha mencionado, la pobreza de la tierra, la lejanía de la capital del virreinato, la escasez de misioneros, lo disperso de la población, dificultades a las que hay que añadir la ambición de los colonos, convirtieron la evangelización de Yucatán en un trabajo más arduo que el de la Nueva España.

Aligeraron un poco estas dificultades la experiencia general ganada en la parte central de México que, para estas fechas, se había extendido al resto del Continente que se estaba evangelizando. No sin sorpresa, vemos desde los primeros contactos de los misioneros con los pueblos mayas, las pláticas de aquellos con los caciques, las escuelas de los conventos para los hijos de estos, la enseñanza de la doctrina en los grandes patios, la construcción de amplias iglesias y la organización de pueblos en «cristiana policía»; es decir, en convivencia ordenada y en progreso.

De los pocos testimonios con que contamos sobre los métodos de evangelización en esta zona, tenemos las instrucciones del primer obispo efectivo de Yucatán, fray Francisco de Toral, experimentado misionero de la Nueva España. Lugar importante ocupan en ellas el cuidado que debía tener el doctrinero o sus ayudantes indígenas en que nadie muriera sin bautismo, y en que no se administrara este sin previa instrucción.

Tratándose de adultos, en buena parte ya mayores, pide que se les enseñe solo lo fundamental de la fe: creer en un solo Dios y abandonar a sus antiguos dioses. Con esto y “teniendo contrición de sus pecados, podrán recibir el santo bautismo, aunque no sepan memoriter [de memoria] la doctrina, porque, siendo gente vieja, nunca la podrán aprender”.[3]Para las demás personas, pequeñas y grandes, establecía que se enseñara la doctrina cristiana y oraciones básicas: padrenuestro, avemaría, credo y salve, y que se les examinara de ello. Después de saber la doctrina, quienes quisieran podían aprender a leer, cantar y tañer.

En cuanto a los sacramentos, el obispo pedía que se tuviera especial cuidado de administrar el de la confesión a los enfermos y moribundos. En caso de que no hubiera sacerdote a mano, da instrucciones para que el «aheambe-cah» [indio principal] fuese a exhortar al enfermo a una verdadera contrición y ayudarle a bien morir.

Se debería instruir a los indios para hacer bien sus testamentos, en forma que su mujer y sus hijos gozasen de sus bienes, y no otras personas. Al sacramento del matrimonio debía preceder la enseñanza sobre la libertad, indispensable para contraerlo, y las obligaciones que imponía. Se añaden algunos reglamentos sobre uso de cantos y bailes indígenas y práctica de diversas devociones a los misterios cristianos y los santos.

Nos faltan más detalles documentales sobre el desarrollo de estas actividades evangelizadoras, pero sí existen los vocabularios y gramáticas mayas, sermonarios y leccionarios en la misma lengua, escritos por los misioneros y, sobre todo, monumentos de arquitectura religiosa, las grandes construcciones conventuales por toda la península, que nos hablan del enorme trabajo de los franciscanos para organizar la nueva sociedad indígena.


Los misioneros y el problema de la idolatría

Todo parece indicar que, al menos en las zonas norte y central de la península, en las que se concentraba la mayor parte de la población indígena, los misioneros encontraron buena acogida a la predicación de la doctrina cristiana. Cosa distinta es conocer hasta qué punto fue profunda y sincera la conversión al cristianismo de esos pueblos y cómo entendieron estos la nueva religión que se les enseñaba.

Hay suficientes testimonios de prácticas religiosas mayas durante todo el período colonial –algunas de las cuales perduran hasta el presente– que hacen cuestionable la idea de una rápida y fácil conversión al cristianismo de estos pueblos. Ya los misioneros, desde los primeros años de la evangelización, tuvieron conocimiento de diversos casos de prácticas idolátricas que en ocasiones parecían desafiar la idea de una real conversión al cristianismo.

El caso más notable de este período inicial es, sin duda, el del pueblo de Maní, en donde en 1562, a escasos doce años de haberse establecido la Iglesia, se descubrió que un buen número de los indígenas supuestamente convertidos al cristianismo habían vuelto a las prácticas idolátricas, entre las que se incluían sacrificios humanos a sus antiguos dioses.

Los franciscanos –en particular fray Diego de Landa, su provincial en ese año– alarmados por lo que parecía un abierto rechazo de la fe que al menos parecía habían acogido, iniciaron con el apoyo de la autoridad civil un proceso de tipo inquisitorial contra los indios, no solo de Maní sino también de otros pueblos, como Sotuta, Kanchunup, Mopila, Sahcaba, Usil y Tibolón, que terminó con un auto solemne en el que se castigó a los culpables con azotes, sambenitos, penas pecuniarias y esclavitud. El asunto resultó más violento de lo que se pensaba, pues, además de los métodos de coacción que se usaron para hacerlos confesar, ocho de los acusados se suicidaron en la cárcel.

Aquellas duras actuaciones provocaron ya entonces severas reprobaciones de esta conducta de aquellos frailes misioneros; entre los varios críticos de aquella época se encuentra el mismo obispo de Yucatán, el también franciscano fray Francisco de Toral. Todo este modo de actuar ha sido desde entonces sujeto de continuos debates. Ya entonces se juzgó por algunos un modo de actuar injusto e innecesariamente estricto.

Este triste y doloroso aspecto no ha sido siempre tratado bajo una seria reflexión sobre el significado global de este suceso en el proceso de conversión de los mayas, a la luz de las concepciones más comunes de aquellos momentos en el campo del llamado derecho a la verdad de la religión verdadera, y del uso de la fuerza represiva para defenderla de manera tajante e incluso con el uso de la fuerza.

Desde luego, muy mal fundada parece la idea de tomar este caso como argumento para sostener que la conversión del indio al cristianismo se hizo con base en la violencia. Las penas impuestas a los culpables en este caso concreto fueron casi de inmediato anuladas por el obispo Toral. El padre Landa se vio obligado a renunciar al provincialato y marchar a España a dar cuenta de su actuación ante el Consejo de Indias. De todos modos, la violencia como método en todos los casos, y seguramente en este, no se compagina con el anuncio del Evangelio.

Los diferentes testimonios de este proceso evidencian, además de los choques de personalidades eclesiásticas e intereses colonizadores, los escasos recursos institucionales y humanos con los que contó en esta época el misionero de Yucatán y la excesiva confianza con la que tomó la conversión del indígena.

Sin suficiente número de frailes –para 1562 no habría en Yucatán quizá unos 20, cuando en la Nueva España habría ya entonces cerca de 400, contando los de las tres órdenes que allí trabajaban– y sin escuelas altamente organizadas como las del centro de México, el franciscano de Yucatán dependió mucho más de fiscales y de catequistas, quienes, tal como aparecen en los testimonios de ese proceso, fueron de los primeros en volver a la idolatría. Las rebeliones indígenas contra la nueva religión, o su mezcla con la antigua, parecen lo más normal en tales circunstancias.

Los métodos de evangelización fueron en general los mismos que se usaban en la Nueva España. Pero la situación de Yucatán, desde todos los aspectos, era bastante diferente: desde la historia cultural de los antiguos pueblos mayas, la historia de la conquista, el muy escaso número de misioneros, la también escasa presencia de colonizadores y de asentamientos correspondientes en un inicio, así como la de un encuentro sea antropológico, cultural y evangelizador más extenso, como ya se ha indicado. Además, el apoyo de una infraestructura eclesiástica y civil no fue el mismo que en otros lugares de la Nueva España, sobre todo en su epicentro de México, con los resultados y problemas que bien se conocen.


NOTAS

  1. Stella María González Cicero, Perspectiva Religiosa en Yucatán 1517-2571. Yucatán, los franciscanos y el primer obispo, fray Francisco de Toral (México: El Colegio de México, 1978), 106-107.
  2. Cf. La Ciudad de las Tres Culturas, Pueblo Mágico de México. Municipio Izamal: ttp://www.yucatan.gob.mx/?p=izamal
  3. González Cícero, Perspectiva religiosa en Yucatán, 171.

BIBLIOGRAFÍA

Barajas García, Jaime. “Gonzalo de Salazar, OSA (1559-1636), obispo de Mérida (Yucatán)”, Archivo Agustiniano, no. 191, vol. 73 (1989).

Benavente Motolinía, Toribio de. Historia de los indios de la Nueva España. Madrid: Castalia, 1991.

Blom, Frans. The Conquest of Yucatan. Cambridge: The Riverside Press, 1936.

Bretos, Miguel Ángel. “Yucatán: Franciscan Architecture and the spiritual Conquest”. En Franciscan Presence in the Americas, editado por Francisco Morales. Potomac: Academy of American Franciscan History, 1983.

Camargo Sosa, José F. Crescencio Carrillo y Ancona, el Obispo Patriota. Mérida, Yucatán: Ed. Área Maya, 2006.

Cárdenas Valencia, Francisco de. Relación historial eclesiástica de la provincia de Yucatán de la Nueva España, escrita el año de 1639. México: Robredo, 1937.

Carrillo y Ancona, Crescencio. El obispado de Yucatán. Historia de su fundación y de sus obispos. Mérida: Ricardo Caballero, 1895.

Casares G. Cantón, Raúl, Juan Duch Colell, Michel Antochiw Kolpa y Silvio Zavala Vallado. Yucatán en el tiempo. Mérida, Yucatán: Inversiones Cares, 1998.

Cervera, César. “El inquisidor español que salvó a los misteriosos Mayas tras intentar quemar su memoria”. ABC, 27 de febrero de 2018, acceso el 18 de agosto de 2020, https://www.abc.es/historia/abci-inquisidor-espanol-salvo-misteriosos-mayas-tras-intentar-quemar-memoria-201802270110_noticia.html

Ceballos, Manuel Jesús. “El primer sínodo de Yucatán. Espíritu y legislación del tercer concilio mexicano”. En Evangelización y teología en América (siglo XVI), editado por Josep-Ignasi Saranyana et al. Pamplona: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1990.

Chamberlain, Robert S. Conquista y colonización de Yucatán. México: Porrúa, 1974.

Chauvet, Fidel. “Fray Jacobo de Tasterà, misionero y civilizador del siglo XVI”, Estudios de Historia Novohispana, no. 3 (1970).

Clendinnen, Inga. Ambivalent Conquests: Maya and Spaniard in Yucatan, 1517-1570 (2nd edición), New York: Cambridge University Press (2003).

_________. “Disciplining the Indians: Franciscan Ideology and missionary Violence in sixteenth-Century Yucatan”, Past and Present, no. 94 (1982).

Enciclopedia Católica. “Arquidiócesis mexicanas”.

Eubel, Konrad. Hierarchia Catholica medii et recentioris aevi. Vol. III, Monasterii: Regensberg, 1923.

Farriss, Nancy. Maya Society under colonial Rule. Princeton: Princeton University Press, 1984.

García Bernal, Manuela Cristina. La visita de fray Luis de Cimentes, obispo de Yucatán. Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1972.

_________. Población y encomienda en Yucatán bajo los Austrias. Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, 1978.

García Icazbalceta, Joaquín. Colección de documentos para la historia de México. 2 vols. México: 1858, 1866.

Gerhard, Peter. The southeast Frontier of New Spain. Princeton: Princeton University, 1979.

Girard, Rafael. El Popol-Vuh, fuente histórica. Tomo I. Guatemala: Ministerio de Educación Pública, 1952.

Gómez Canedo, Lino. Evangelización y conquista: experiencia franciscana en Hispanoamérica. México: Porrúa, 1977.

_________. “Fray Lorenzo De Bienvenida, O.F.M., and the Origins of the Franciscan Order in Yucatan”. The Americas 8, no. 4 (1952): 493–510.

González Cicero, Stella María. Perspectiva Religiosa en Yucatán 1517-2571. Yucatán, los franciscanos y el primer obispo, fray Francisco de Toral. México: El Colegio de México, 1978.

González Dávila, Gil. Teatro eclesiástico de la primitiva Iglesia de las Indias Occidentales: vidas de sus arzobispos, obispos y cosas memorables de sus sedes… 2 tomos. Madrid: Diego Díaz de la Carrera, 1649-1655.

González Dorado, Antonio. Los religiosos en la historia de la evangelización de América Latina. Asunción: Ediciones ENM, 1987.

González Dávila, Gil. Teatro eclesiástico de la primitiva Iglesia de la Nueva España en las Indias Occidentales (1649-1655) 2. Madrid: Porrúa Turanzas, 1959.

Gutiérrez Casillas, José. Historia de la Iglesia en México. México: Porrúa, 1974.

Hernáez, Francisco Javier. Colección de bulas, breves y otros documentos relativos a la Iglesia de América y Filipinas. Bruselas: Imp. de Alfredo Vromant, 1879.

Híjar y Maro, José. “Apuntes para una biografía de fray Francisco de Toral”, Anales de la provincia del Santo Evangelio de México, tercera serie, 1 (1956).

Landa Calderón, Diego de. Relación de las cosas de Yucatán. México D.F.: Monclem Ediciones, 2003.

_________. Relación de las cosas de Yucatán. Biblioteca Digital Real Academia de la Historia. Disponible en https://bibliotecadigital.rah.es/es/consulta/registro.do?id=61962

Lizana, Bernardo de. Historia de Yucatán. Devocionario de Nuestra Señora de Izamal y conquista espiritual [1633]. México: Imprenta del Museo Nacional, 1893.

_________. Historia de Yucatán. Madrid: Historia 16, 1988.

Lopetegui, León y Félix Zubillaga. Historia de la Iglesia en la América Española desde el Descubrimiento hasta comienzos del siglo XIX. México, América Central. Antillas. Madrid: BAC, 1965.

López de Cogolludo, Diego. Historia de Yucatán. Madrid: Juan Garcia Infanzon, 1688.

Mantilla, Luis Carlos. Un franciscano colombiano, Fr. Mateo de Zamora y Penagos, obispo de Yucatán (1698-1744). Bogotá: Ed. Kelly, 1979.

Martínez Viana, Víctor. Breve historia de Fray Diego de Landa. Guadalajara: D.L., 2009.

McKillop, Heather. The ancient Maya: new perspectives. New York, N.Y.: W. W. Norton & Company, Inc., 2004.

Méndez Arceo, Sergio. “Documentos inéditos que ilustran los orígenes de los obispados Carolense (1519), Tierra Florida (1520) y Yucatán (1561)”. Revista de Historia de América, 9 (1940).

Metzler, Josef. America Pontificia, I. Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 1991.

Morales Valero, Francisco. “México: La Iglesia en Yucatán”. En Historia de la Iglesia en Hispanoamérica y Filipinas, I, editado por Pedro Borges. Madrid: BAC, 1992.

Oroza Díaz, Jaime. Historia de Yucatán. Mérida: Ediciones de la Universidad Autónoma de Yucatán, 1984.

Pinet Plasencia, Adela. La Península del Yucatán en el Archivo General de la Nación. San Cristóbal de las Casas, Chiapas: UNAM, 1998.

Real Academia de la Historia. “Diego de Landa”.

_________. “Luis de Villalpando”.

Ropero Regidor, Diego. “La Iglesia de Yucatán en tiempos del obispo Fr. Juan Izquierdo (1587-1602)”. En Actas del II congreso internacional sobre los franciscanos en el Nuevo Mundo. Madrid, 1988.

Roys, Ralph L. “The franciscan Contribution to Maya linguistic Research in Yucatan”, The Americas, no. 4 vol. 8 (1951-1952).

Sánchez de Aguilar, Pedro. Informe contra idolorum cultores. Tratado de las idolatrías, supersticiones, dioses [...] de las razas aborígenes de México [1613]. México: Ediciones Fuente Cultural: Distribuidores exclusivos, Librería Navarro, 1953.

Scholes, France. Documentos para la historia de Yucatán, primera serie. Mérida: Tip. Yucateca, 1936.

Scholes, France y Eleanor Adams. Documentos para la historia de Yucatán, vol. II. Mérida: 1938.

Schwaller, John Frederick. “Introduction: Franciscans in Colonial Latin America”, The Americas, no. 4, vol. 61 (2005).

Suñe Blanco, B. “Fray Lorenzo de Bienvenida: la labor de un franciscano extremeño para la integración indígena”. En Extremadura en la evangelización del Nuevo Mundo, editado por Sebastián García. Madrid: Turner, Junta de Extremadura, 1990.

Tozzer, Alfred M. “Review of Don Diego Quijada, Alcalde Mayor de Yucatan, 1551-1565”, The Hispanic American Historical Review, no. 4, Vol. 19 (noviembre 1939).

_________. Landa's Relación de las cosas de Yucatán. Cambridge: Massachusetts, the Museum, 1941.

FIDEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

Hemos seguido en varios puntos de cerca las referencias que se dan; de modo especial a: FRANCISCO MORALES VALERIO, México: La Iglesia en Yucatán, en P. Borges, Historia de la Iglesia en Hispanoamérica y Filipinas, II, BAC, Madrid 1992, pp. 199-213.